Hay decisiones que incomodan no por lo que son, sino por lo que nos hace cuestionar. La eutanasia y el aborto comparten algo más profundo que el debate legal o médico, ponen sobre la mesa una pregunta que mucha gente nomás no soporta
¿Qué pasa cuando las mujeres decidimos sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas sin pedir permiso, sin justificarlo y desde el dolor aceptable, sin tener que pasar por el filtro moral de otras personas?
Cada vez que se habla de eutanasia, los comentarios son los mismos. Lo vimos recientemente con el caso de Noelia, una joven española cuya decisión fue expuesta y discutida en medios, convertida en debate internacional y en escenario para que terceros (con dinero, prestigio y autoridad) intervinieran públicamente intentando revertirla, no desde el respeto, sino desde la corrección. Durante más de dos años se intentó impedirle ejercer ese derecho.
Quizá nos falta entender qué, criticar la decisión de Noelia nos hace reproducir violencias similares a la de sus agresores: Creer que pueden decidir sobre su vida y su cuerpo.
En estos temas aparecen primeramente el morbo; ya luego le sigue la compasión condicionada. La aparición de personas que rechazan la eutanasia, nos deja ver que su preocupación no es por la persona que decide morir, sino por el mensaje que se deja. Ahí es cuando la discusión se desplaza rápido, y entones ya no se habla de autonomía, sino de que, si el sistema empuja, de si hubo suficiente sufrimiento, de si se agotaron todas las alternativas…
Como si las decisiones solo fueran válidas cuando cumplen ciertos requisitos de tragedia.
Lo mismo pasa con el aborto. Cuando hay violación, riesgo de vida o extrema pobreza, el acompañamiento aparece con cierta indulgencia. Pero cuando una mujer dice simplemente “no quiero”, la empatía se evapora. De pronto todos quieren explicarle lo que siente, lo que debería sentir y lo que va a “lamentar” después. La autonomía vuelve a ponerse en duda y nos dejan claro que nuestro deseo propio no alcanza como argumento
Estos discursos son tramposos, por un lado, dicen que quieren ayudar, pero en realidad lo que buscan es corregir. Si, ofrecen apoyo, pero solo si la decisión final coincide con lo que otros consideran moralmente aceptable. Si no, entonces hay que insistir, persuadir, convencer, esperar un poco más. Como si dar a conocer nuestra decisión fuera más un trastorno y no una postura.
Nos preguntan si realmente estamos bien. Si pensamos con claridad. Si no estamos siendo “manipuladas” por el contexto, por la precariedad o el dolor. Y claro que el contexto importa. Pero esa preocupación es muy selectiva. Nadie se preocupa con la misma intensidad cuando el sistema empuja a la maternidad forzada, al dolor prolongado, a la vida vivida como castigo. Nadie cuestiona con la misma fuerza el mandato de aguantar.
¿¿De verdad les importa nuestra vida?? ¿¿O les importa que no rompamos su idea de cómo debe vivirse y terminarse??
Hablan del derecho a vivir, pero no del derecho a decidir cómo y cuándo morir. Hablan de proteger la vida, pero no de acompañar el deseo. Hablan de cuidado, pero solo si ese cuidado no pone en crisis sus certezas
Hay quienes buscan la eutanasia por motivos de salud física o mental, y apenas así logran que el tema se discuta. Pero ¿qué pasa con quienes simplemente queremos decidir a futuro? Decir: quiero organizar mi muerte, quiero tener el control mientras la vida sea aceptable en mis términos.
¿Por qué esa decisión resulta todavía más insoportable?
Porque aceptar esa libertad implica reconocer que la vida no es una obligación moral. Que no todo tiene que justificarse desde el sufrimiento extremo. Que elegir también puede ser un acto sereno, consciente y político
No necesitamos que nos entiendan para que nos respeten. No necesitamos pasar por el dolor “correcto”. Necesitamos que se reconozca algo básico: que nuestros cuerpos y nuestras vidas no son territorio público ni campo de corrección moral
Elegir no es rendirse ni despreciar la vida. Elegir es ejercer autonomía en un mundo que siempre insiste en quitárnosla
La única defensa real de la vida es reconocer que no tiene dueños. Por eso, si la autonomía no es total, deja de ser autonomía
Aborto sin limite de edad gestacional. Eutanasia sin causales. Porque nuestros cuerpos no son concesiones morales

Comentarios
Antes de dejar un comentario pregúntate si beneficia a alguien y debes estar consciente en que al hacer uso de esta función te adíeles a nuestros términos y condiciones de uso.