El “avance económico” siempre llega avisando que no hay de qué preocuparse. Viene en PowerPoint, con casco blanco y palabras que suenan a futuro bonito: “innovación, desarrollo, competitividad”. Y nunca pregunta si lo necesitamos. Llega así nomás, imponiendo. Si dudas, te mira como si fueras un cavernícola que no entiende cómo funciona el mundo.

Dentro de nuestra economía tradicional, estamos acostumbrados a que se llama progreso a todo aquello que genera inversión y empleo, aunque al mismo tiempo deteriore la vida cotidiana de la gente común. Creemos que el desarrollo es una línea recta que consiste en avanzar para producir más (¿producir para quienes?); y que todo lo que no vaya en esa dirección es atraso. Que la vida comunitaria, el cuidado de los recursos y la calma son obstáculos. Cosas que estorban y que hay que quitar.

Pero toda esa innovación siempre nos la cuentan desde lejos. No nace en los territorios, sino que se impone sobre ellos. Llega con la idea de que aquí no hay nada valioso todavía, que todo puede ser mejorado, explotado y transformado. Como si la gente no estuviera ya viviendo y resolviendo la vida todos los días sin pedir permiso… como si quienes habitamos un lugar no valiéramos nada.

Por eso los megaproyectos casi nunca se instalan donde vive la gente que decide. Se instalan donde viven quienes pueden ser convencidos, cansados o ignorados. Donde la consulta se resume en procesos donde NO todos pueden participar y donde el daño siempre resulta ser “colateral”.

El progreso necesita desigualdad para funcionar. Necesita territorios disponibles y cuerpos acostumbrados a perder

Eso sí, nunca hablan de quien paga la factura. Nadie quiere poner en las gráficas lo que se rompe cuando llega su tan preciado “desarrollo”. No entran en sus estadísticas el miedo cotidiano, la enfermedad lenta, la pérdida del alimento ni la ruptura del tejido comunitario. No aparecen el cansancio ni el duelo. Los daños NO económicos no se miden ni se compensan. Ni siquiera se reconocen.

Siempre llegan igual: prometen empleo, pero al final solo hay vacantes temporales y precarias. Prometen bienestar, pero dejan contaminación. Prometen futuro a expensas del presente; y cuando las consecuencias llegan, el conflicto no señala a quienes tomaron las decisiones, sino que se queda del lado del territorio. Se nos enfrenta entre nosotros, mientras los de arriba permanecen intactos, lejos del daño que provocaron.

Los sacrificados resultan ser en su mayoría comunidades enteras obligadas a elegir entre salud o ingreso. Son familias que reorganizan su vida alrededor del riesgo; personas que aprenden a vivir en alerta permanente. Esto también es violencia, aunque no siempre aparezca armada…

Entendamos que la violencia no comienza con las balas. Empieza cuando se normaliza que algunas vidas valen menos. Cuando se acepta que unos territorios pueden protegerse y otros dañarse. Cuando se asume que el costo del desarrollo es algo que otros deben pagar. Esa violencia estructural va deshaciendo los vínculos y dejando espacios donde la vida se vuelve frágil. Por eso, no es casualidad que muchos de los territorios intervenidos por megaproyectos estén marcados por altos niveles de violencia. Basta mirar las regiones mineras de Guerrero, la Sierra Tarahumara o las zonas energéticas del sureste. Ahí donde el desarrollo llega sin comunidad, también llegan la militarización, la fragmentación social y la disputa violenta por el control del territorio. Ahí, donde el Estado llega solo a autorizar proyectos y no a garantizar derechos, otras fuerzas aprovechan para ocupar el espacio.

Creemos que la violencia es un problema aislado, desconectado de la economía. Pero la violencia se gesta cuando se rompe la posibilidad de una vida digna.

Cuestionar estos proyectos no es oponerse a la modernidad o al avance económico. Es negarse a seguir pagando con cuerpos y miedo un progreso que nunca llega completo.

No nos preguntemos cuanta inversión atraen, mejor cuestionemonos cuanta vida erosionan. Porque si su modernización económica necesita sacrificios constantes o  requiere de territorios rotos y comunidades precarizadas para sostenerse, entonces no es progreso. Tienen nombre y se llama DESPOJO.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO