Cuando era muy joven asistía a eventos en lugares oscuros y sucios. Típicamente no había mas que luces indirectas o a veces prácticamente sin luces. La gente vestía toda de negro así que muchas veces no sabías junto a quien estabas parado aunque fuesemos un puñado de personas tan reducido y tan recurrente que prácticamente nos conocíamos los nombres y apodos de cada asistente y podríamos saludarnos o mentarnos la madre, dependiendo del caso y del caos.

En esos espacios empecé a escuchar punk, leído fonéticamente como si fuera en español, con la u sonando como en la palabra unísono, punk. Usaba unos audífonos baratos, que eran los que podía conseguir, y escuchaba la música al mayor volumen posible.

Con el paso de los años me hice menos aficionado al punk, no me visitaba ni yo a él. Las bandas que me gustaban ya no tenía grabaciones en las plataformas que ahora usamos y mi disco duro con mp3 se dañó. El punk se quedó como un concepto pero se esfumó como sonido.

Luis, un amigo muy presente en mi relación con la música, quien también participa en muchas de mis crónicas de conciertos, nos mandó un mensaje con solo un video. “Pues ya hay plam” con la letra m, como usamos en Yucatán, contestó Valentina, la pareja de Luis.

No me siento bien y no hay nada que hacer

 

Asistimos temprano a un lugar que se ha vuelto un foco de las opciones alternativas de música en vivo en Mérida, Disonante patio sónico. Hay poca afluencia, mucha luz y cerveza fría, nada de eso recuerda a las tocadas punk que visitaba hace dos décadas. Pero hay caras conocidas, mucha merch y llego con un grupo variopinto de amistades, eso si se parece al pasado.

Los primeros en subir a tarima son unos viejos conocidos en Mérida, Yucatán de la escena underground, Brigada Esperanza lleva más de 25 años tocando en lugares así. Con ellos siempre llegan personas que se reconocen como amistades, se saludan y se abrazan antes de agitar la cabeza.

El tiempo se ve pasar en los cuerpos de las personas, a veces creemos que es una cosa de kilos, pero en realidad es una cuestión de movimiento y de postura además de acumulación de agua en la piel. Los ahora señores hardcorepunk de brigada Esperanza no vuelan sobre la tarima, mas bien se sacuden, pero la energía no ceja de estallar por las bocinas.

Me reconozco en sus canciones y me pierdo en el pasado, hace más de 15 años que no los escuchaba en vivo. No me siento bien y aunque no hay nada que hacer, el paso del tiempo en mi propio cuerpo me da la posibilidad de sacudirme, aunque yo tampoco vuele, y sentir cómo se va descargando, de a poquito, la energía que me engullirá a lo largo de la semana.

Foto: Jason Bourne (Drissdel Alvarado)/ @drissdelparte1

Una voz desgastada es la herramienta perfecta

 

Cuando se bajó Brigada Esperanza vi subirse rápidamente a la primera banda que conocería hoy. Usualmente hay muchos preparativos pero en este cambio de bandas fue casi que una bajó y la otra brincó hacia la tarima, ni tiempo de comprar una cerveza.

A lo largo de la semana había intentado escuchar algo de Perroflecha, pero no encontraba la conexión. Un sonido rústico, más bien triste, y desgarrador no era exactamente la energía que buscaba en los momentos que quería escuchar música en una semana especialmente difícil.

Sayón, el vocalista y guitarrista de Perroflecha, se subió al escenario y tenía una voz como la de tu tío que ha ido a un montón de fiestas navideñas una tras otra y cantado en todos los karaokes: totalmente destrozada y la garganta notoriamente fría. Nos pidió disculpas, y dijo que daría todo de sí para hacer el show pero que sabía que iba a ser complicado.

El sonido que se había construido en mi mente se transformó, solamente se quedó lo triste pero se me olvidaba ese pequeño plot twist de felicidad: el desamor también se puede disfrutar. El sonido de Perroflecha es totalmente descarnado, y curiosamente, se nota que lo disfrutan a pesar del dolor que atraviesa la lírica ¿cómo se las ingenian para tocar con una sonrisa esas canciones tan tristes? El secreto está, probablemente, en la obstinación.

Su voz se fue deshaciendo a lo largo del show, la voz se abraza a sí misma para terminar el concierto.

Disculpas aceptadas Sayón, diste un showsazo.

Foto: Jason Bourne (Drissdel Alvarado)/ @drissdelparte1

 

Una tensión que nunca quiero olvidar

 

El público estaba integrado por personas de más de 30 años y hasta quienes alcanzan casi los 50. Algunos de esos rostros los he visto envejecer por más de dos décadas. Yo ya no soy el mismo, y esas personas tampoco pero la vestimenta mas o menos si: el color negro, pantalones de mezclilla o bermudas cargo, tennis de diversas marcas y, para quien tiene aún la pisada sana, botas de trabajo.

Los Hipogrifos nos hicieron esperar un poco más que las dos bandas anteriores, mientras se conectan ahora si alcanzamos a comprar cerveza y como alguien que ha hecho sonido para eventos me generó desconcierto que Luigi, el vocalista, está abajo del escenario.

Una ola de energía nos cae encima desde la primera canción. El pequeño escenario no solo no puede contener a una banda de cinco, tampoco puede contener toda la furia. Las bocinas a todo lo que dan y cada uno de los músicos parece que va a salir desbordado por el efecto de su propia energía.

Inclusive antes del primer guitarrazo se avisaba la tormenta: Hipogrifos es una banda antifascista, antiespecista y antisionista. Con una bandera antifacista ondeando en el público y con la gente moviéndose desde el primer tamborazo noto como hasta los neófitos como yo, estábamos disfrutando y conectados por completo.

La solemnidad de los mensajes es atravesada por la necesidad de moverse, esa extraña reacción humana que en este contexto cultural hace pensar que todo baile es una celebración. En este caso, esa necesidad humana de moverse es una consigna, un reclamo y un anhelo mientras las guitarras rasgan la tierra, hasta encontrarles.

Tito, el baterista de Hipogrifos, presenta muchas de las canciones y parece que maneja un coche a toda velocidad: está sentado al borde de su banco persiguiendo el sonido cada vez que arranca una canción. Me parece una imagen profundamente significativa para un ávido ser humano que escribió “Sistema Educativo Primitivo” una canción que escribió cuando lo corrieron de la escuela, donde no pudieron saciar su curiosidad.

Podría empezar una lista de no hay nada mas punk y recuperar cosas que dijeron las tres bandas sobre el escenario, pero creo que en el mundo que habitamos lo punk está muchas veces en sostener lo que no nos rompe, abrazar el dolor y construir comunidad con otros seres. Por ello, cuando se declaran que son personas que militan en la ternura y nada más, me hizo creer que el punk dio un giro de tuerca inesperado en el cual si quiero habitar.

Y es ahí, justo en el momento en el que el cuerpo ya me duele, el cansancio se apodera de mí y que siento el peso de la semana que me empieza a picar un músculo que solamente siento espacios con música.

Se me tensa el rostro crispándome una sonrisa que no puedo moderar. Esa tensión es algo que siempre me sorprende, la sonrisa a ultranza que mi propio cuerpo hace sin preguntarme cuando me hundo en unos acordes que se entretejen con mensaje.

Foto: Jason Bourne (Drissdel Alvarado)/ @drissdelparte1

Encore. Se acaba la rebelión sin sentido del humor

 

Hipogrifos está por cerrar su show, el mosh pit, slam, pogo, como le llamen en tu terruño, a ese grupo de personas que giran, corren y bailan en círculo al ritmo de la música se llena de prácticamente todas las personas presentes, entre quienes bailan y quienes contienen.

Las sonrisas son más grandes y más intensas que los codazos, la música me llena el pecho y los gritos colectivos nos atraviesan. Cuando presentan sus últimas canciones, nos dicen que ellos no tienen ni Dios ni Manager, ¿quién lo tendría? ¿para qué? Si esta música es un ritual colectivo donde habitamos fingiendo que es efímero pero asumiendo que nos acompaña todos los días.

Para llevarnos la mejor de las energías, nos vamos con un último aviso en el bloque final de las canciones de Hipogrifos, a pesar de todos los temas complicados y solemnes, se acabaría la rebelión sin sentido del humor.

Me duele el cuello, las piernas y la espalda, es lunes y corro para irme a dar clases. Francamente, en este momento nada me parece más gracioso que un señor de mi edad, con sus achaques aún en ciernes, pensando en cómo hacerle para sobrevivir a otra semana.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO