Durante siglos, cuando una desgracia azotaba a una comunidad, la humanidad levantaba los ojos al cielo y preguntaba: ¿por qué Dios permitió esto?

Hoy sigue haciéndolo, aunque quizá con menos intensidad o seguridad, pero lo que sí es que deberíamos empezar a mirar hacia otro lado.

Hacia nosotros mismos.

La mayoría de las tragedias humanas no son voluntad divina. Son consecuencia de decisiones humanas. De gobiernos que deciden mal. De instituciones que dejan de funcionar. De sociedades que toleran la corrupción, la violencia, la impunidad o la desigualdad.

Y después, cuando llegan las consecuencias, tal vez hay quienes se preguntan: ¿por qué Dios permite que esto suceda?

¿Y si la pregunta correcta fuera otra?

¿Por qué nosotros permitimos que suceda?

Dios, para quien cree, puede haber concedido la vida, la inteligencia, la voluntad y determinados talentos. Pero difícilmente puede responsabilizársele de cada decisión que tomamos con ellos.

Si un gobierno no garantiza seguridad, ¿es Dios quien decidió no perseguir al delincuente?

Si una administración destruye las condiciones para generar empleos, ¿es Dios quien cerró la empresa?

Si un sistema educativo fracasa durante décadas, ¿es Dios quien diseñó el presupuesto?

Si una institución se corrompe, ¿es Dios quien recibió el soborno?

Si una familia pierde a uno de sus integrantes por la violencia, ¿debemos mirar al cielo o preguntarnos qué decisiones humanas permitieron que esa violencia llegara hasta su puerta?

Hay una diferencia enorme entre tener fe y abdicar de nuestra responsabilidad.

Quizá uno de los grandes problemas de nuestra época sea precisamente ese: queremos libertad para decidir, pero no siempre queremos cargar con las consecuencias de nuestras decisiones.

Y entonces aparece una paradoja.

Nos hemos alejado de muchos dogmas religiosos, pero seguimos buscando explicaciones que nos permitan sentir que no somos responsables. Antes podíamos decir “Dios quiso que así fuera”. Hoy podemos decir “así es la vida”, “así funciona el sistema” o “no se puede hacer nada”.

¿No son, en el fondo, formas distintas de la misma renuncia?

Los antiguos griegos comprendieron algo que seguimos olvidando: el destino podía ser inevitable en los mitos, pero la tragedia también nacía de las decisiones de los hombres.

Edipo no podía escapar de la profecía, pero caminó con sus propios pies hacia ella.

Nosotros tampoco controlamos todas las circunstancias de nuestra existencia. No elegimos dónde nacemos, ni todas las crisis económicas, ni todas las enfermedades, ni todos los acontecimientos que nos golpean. Pero sí participamos —como ciudadanos, gobernantes, empresarios, padres, profesores o simplemente seres humanos— en la construcción del mundo que dejamos detrás.

Por eso quizá debemos recuperar una palabra que no está de moda: responsabilidad.

No para culparnos de todo, sino para reconocer aquello que sí está en nuestras manos.

Porque Dios puede darte el talento; pero alguien decide si tendrás una escuela donde desarrollarlo.

Dios puede darte vida; pero una sociedad decide si podrás vivirla con seguridad.

Dios puede darte inteligencia; pero un gobierno puede crear las condiciones para que esa inteligencia encuentre oportunidades, o puede desperdiciar generaciones enteras.

Dios puede darte libertad; pero son los hombres quienes escriben las leyes, gobiernan las instituciones y toman las decisiones que determinan buena parte de nuestra vida colectiva.

Entonces, antes de preguntarnos por qué Dios permite que nuestra sociedad esté así, quizá deberíamos preguntarnos qué hemos hecho nosotros para llevarla hasta aquí.

Y esta reflexión no es contra ese ente superior, llámenle como le llamen.

Es, paradójicamente, una defensa de nuestra responsabilidad como seres humanos.

Porque culpar al cielo puede ser muy cómodo. No protesta, no vota, no rinde cuentas y no comparece ante un tribunal.

Pero los gobernantes sí.

Las instituciones sí.

Los ciudadanos también.

Los empresarios poco éticos también.

Quizá nuestra época no necesite menos fe, sino más responsabilidad. No necesitamos dejar de mirar al cielo; necesitamos dejar de mirar únicamente hacia él cuando algo sale mal.

Hay problemas que no requieren una explicación divina.

Requieren mejores decisiones.

Tal vez la pregunta más urgente de nuestro tiempo no sea:

“¿Por qué Dios permite esto?”

Sino:

“¿Por qué nosotros lo estamos permitiendo?”

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO