Cuando yo estudié la primaria -hace más de una década- era requisito que niñas y niños memorizaran las tablas de multiplicar.
El proceso de aprendizaje no es el mismo para todos. Había a quienes los ponían a trabajar horas extra en casa, porque no se las pudieron aprender en la escuela y si se equivocaban eran amenazados, regañados y hasta los agarraban con la chancla.
Todavía hay señoras y señores que orgullosos dicen que a ellos les pegaron en la escuela y lo agradecen.
Afortunadamente las cosas han ido mejorando.
Si bien aún hay escuelas que siguen bajo este modelo tradicional, del maestro que habla y el alumno que escucha, buena parte se interesa en que el estudiante analice la información y llegue a sus propias conclusiones.
Lo mismo ocurre con las dinámicas de familia, claro que existen adultos que se niegan a la terapia y pierden el control porque sus hijos no pueden decir cuánto es ocho por ocho, pero también hay padres comprensivos, con paciencia, que optan por la llamada ‘crianza respetuosa’.
En la maestría, el primer tema que abordamos para dar pie a la práctica docente fue ‘la epistemología’. Y el método como uno de los conceptos a su alrededor.
En la educación se requieren los métodos, porque dan orden y permiten ir desde lo general hasta lo complejo.
No hace falta ser un especialista para poder enseñar, pero es importante que la función pedagógica se ejerza con competencia.
Para enseñar literatura no hay que ser Rosario Castellanos o haber escrito una novela, pero sí debemos ser capaces de identificar hasta dónde el estudiante puede aprender los conocimientos teóricos y ponerlos en práctica.
No se puede forzar a que los estudiantes identifiquen las diferencias entre una novela, un cuento o un ensayo, si desconocen el significado de la literatura y su propósito.
La comunicación es un elemento clave en los procesos pedagógicos, es mediadora entre el conocimiento y el estudiante, además genera ambientes de aprendizaje efectivos, que interceden en beneficio de la mayoría.
Hay un estudio de 2025 que fue realizado en Sangolquí, Ecuador, llamado “Comunicación docente efectiva: clave para la innovación y el aprendizaje significativo en educación general básica”, que refiere que la comunicación del docente puede impactar en la motivación, el compromiso académico y la autorregulación de los estudiantes.
De no comunicarse con empatía, las brechas del conocimiento se perpetúan, privando de él a periferias y a los sectores más vulnerables.
Algunos académicos, que entienden que la divulgación científica debería ser para todos y no única y exclusivamente para la academia, han puesto sobre la mesa conceptos como la ‘democratización del conocimiento’, es decir, que el conocimiento sea para la mayoría.
Esto implica cuestionar las dinámicas de poder y el colonialismo incrustado en la educación, que dicta que sólo las élites deben tener acceso al capital cultural.
El conocimiento no puede ser ajeno a las circunstancias actuales y tampoco entendido desde una perspectiva individualista, somos seres sociales, vivimos en comunidad y como tal, el acceso al conocimiento debe ser para todos.

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