Urge un nuevo modelo agrícola. El actual ya no es sostenible. Se siembra con esperanza, pero se cosechan desgracias. Se trabaja, se arriesga y se suda todo un año para terminar perdiendo. El productor no recibe una remuneración por su trabajo y así es irrazonable continuar haciéndolo.
No hay una planeación estratégica que nos oriente e indique que cultivos sembrar, que variedades, en que fechas, para que clientes. Más bien se siembra por inercia. Con la mera esperanza de que algo, casi hasta milagroso, suceda y se obtenga una rentabilidad por cualquier razón que sea.
La gran mayoría de las veces la manera de obtener utilidades es a raíz de los desastres en otras zonas productivas. La lógica ya no aplica. Por más catastróficos que sean los escenarios que presentan los analistas, aun así, le fallan año con año, y el resultado termina siendo peor que el pronóstico. Prácticamente ningún agricultor está siendo compensado de manera justa por su trabajo. Se acumulan las deudas y se tiene que seguir sembrando y haciendo lo mismo, porque es la única forma que se nos ocurre para poder aspirar a pagarlas y se vuelve un círculo vicioso.
De repente hay ocasiones en las que parece que se alinean los astros y se obtienen buenas ganancias en algún cultivo o zona en específico, pero esto que antes era lo común, ahora cada vez es más escaso. Lo peor del caso es que esto no es continuo, ni sostenible. Pareciera que un año bueno es el inicio de una maldición de una serie de temporadas consecutivas devastadoras. Las utilidades de una buena temporada sirven solo para pagar las deudas de las anteriores o de la próxima. El caldo sale mas caro que las albóndigas.
Por eso tenemos que pasar de la inercia y de la queja a la acción. Ya no podemos continuar con un modelo que no se sostiene a si mismo. Hoy en día tenemos un sistema que degenera y degrada, un modelo que mina todos los recursos disponibles y succiona la vida del ecosistema y de las comunidades que lo habitan y que de él dependen. Estamos degradando y erosionando los suelos, alterando la naturaleza, contaminando y desperdiciando el agua, pero además lo estamos haciendo en vano porque ni siquiera obtenemos un beneficio económico por hacerlo.
Es momento de detenernos y planear bien lo que tenemos que hacer. Urge un cambio hacia un modelo redituable, sustentable y sostenible, que regenere los ecosistemas y las comunidades, que deje justicia, riqueza y abundancia a su paso. Recordemos que estamos hablando de la producción de alimentos, mismos con los que nos nutrimos a nosotros mismos y a nuestras familias. No podemos poner en riesgo eso. No podemos escatimar.
Para empezar, se necesitan identificar los problemas, clasificarlos y ordenarlos en importantes y urgentes. Que cada uno tome el lugar que le corresponda. Para esto es necesario conversar con quienes lo viven en carne propia. Hay gentes muy valiosas, con buenas intenciones y que cuentan con muchísima experiencia cada uno en su área, que son quienes tienen que construir este nuevo modelo de abajo hacia arriba.
No podemos esperar a que gobierno venga a inventar una nueva ocurrencia. Somos nosotros mismos quienes vivimos y sufrimos las consecuencias de la problemática los que tenemos que venir con la solución.
Debemos de buscar coincidencias y diferencias para iniciar a construir sobre ello. Abrir un debate serio y productivo. Escuchar empáticamente las limitantes y las razones de los demás. Explorar las distintas alternativas y plantear las necesidades que se requieren para poder llevarlas a cabo con éxito. Financiamiento, estudios, tecnología, capacitación, infraestructura, políticas públicas, etc.
La rentabilidad debe de ser el corazón del proyecto, el incentivo y motivante. Pero muy importante es no dejar de lado ni como segundo término lo más fundamental, que son los recursos naturales y humanos. La razón principal por la que estamos llevando a cabo esta actividad, debe de ser el bienestar personal, social y ambiental. Ninguna decisión que degrade aun más el ecosistema o las comunidades dependen de éste y de dicha actividad, puede ser tomada en cuenta como válida. La solución de hoy no se puede convertir en el problema de mañana. Esta debe de ser una condición innegociable. La naturaleza es resiliente y simbiótica, aprovechemos eso y aprendamos de ella.
Ya que tengamos nuestra carta de Santa Claus sigue medir su viabilidad. Explorar que se necesita para llevarlo a cabo. Inversión, voluntad, comunicación, sacrificio, legislación, presión, etc. sobre ello tenemos que presentar una propuesta seria, visionaria, aterrizada que nos muestre una nueva forma de hacer agricultura.
Construyamos juntos “El Campo que Queremos”. Pasemos de los dichos a los hechos. En los próximos días se estarán conformando grupos de trabajo para discutir estos temas y crear nuestra nueva realidad. No te quedes fuera, participa y se parte del cambio.

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