Ya empezó la desbandada. Se llama “coordinación”, para no llamarle campaña anticipada. El fin de semana pasado, mientras el partido en el poder registraba a sus aspirantes en un hotel de la Ciudad de México, en Sinaloa seguíamos hablando de balaceras, personas asesinadas, familias desplazadas y una violencia que ya rebasa los 21 meses.

Dos conversaciones ocurren al mismo tiempo. La de los ciudadanos, que buscamos recuperar un estado. Y la de los 13 personajes que buscan gobernarlo. Ahí empieza el casting. Cada uno de ellos construye su personaje: el cercano. El que salió de abajo. El incorruptible. El que “ya tiene experiencia”. Armando la narrativa antes que la propuesta; ensayando los gestos “cercanos”, los discursos y frases repetitivas..

Y aquí, plebes, es donde debemos de tener bien abiertos los ojos, los oídos y todos los sentidos que se puedan. ¿Por qué? Porque las historias no se cuentan solas. Se diseñan. Se prueban en redes, se pulen en cada recorrido, se repiten hasta que dejan de sonar a venta y empiezan a sonar a verdad. Y uno, de tanto oírlas, termina creyéndoselas. ¡ES UNA TRAMPA! Y para poder detectarla, hay que tener en cuenta algunas señales antes de que nos coman el mandado.

1- La cifra que no se explica. El que presume “bajé la inseguridad tanto por ciento” o “generé tantos mil empleos” sin decir de dónde sacó el dato, con qué metodología, comparado contra qué año base. El dato suelto, sin fuente, es propaganda con forma de estadística. Y en la interna de los partidos pasa lo mismo con las encuestas: se presumen resultados sin metodología, sin muestra, sin casa encuestadora que firme con su nombre. Una cifra que nadie puede revisar no es un dato: es un eslogan con decimales.

2- La respuesta que no responde nada. Pregúntenle a un aspirante qué hizo con el poder que ya tuvo, y observen. No le pregunten qué piensa hacer; pregúntenle qué hizo cuando pudo hacerlo: resultados verificables: programas, iniciativas, presupuestos, indicadores y decisiones concretas. Puede explicar qué salió bien, qué salió mal y qué aprendió. Quien sólo ha construido una narrativa responde con adjetivos, cambia de tema, culpa a otros o se refugia en frases hechas. Y cuando la conversación se pone técnica o alguien realmente preparado le cuestiona, se vuelve evasivo. Gobernar no se demuestra con carisma; se demuestra con resultados.

3- El que convierte toda crítica en persecución. Cuando la respuesta a una pregunta incómoda es similar a “están orquestando una campaña en mi contra” o “ya se vendieron” o “me tienen miedo” en vez de una respuesta con hechos, ahí hay algo que no quiere que se revise. Deslegitimar al que pregunta es más fácil que responder la pregunta. Y entre más rápido llega el berrinche, más cerca está la verdad que se quería evitar.

4- El silencio selectivo. Fíjense en quién critica todo menos a los suyos. Hay candidatas que hicieron de la agenda feminista su bandera y su capital político, compartieron templete y curul con compañeros señalados por acoso sexual o abuso de poder, y cuando llegó el señalamiento no hubo condena: hubo silencio, o defensa de bancada. Ese cambio de tono no es prudencia. Es lealtad de grupo disfrazada de cautela, y dice más de sus valores reales que cualquier discurso antes, durante y después del 8 de marzo.

5- La pieza movida por otro tablero. No todo brinco es decisión propia. Hay quien no camina por convicción ni por oportunismo personal, sino porque alguien con poder real: un padrino, un grupo, una estructura familiar, etc. Lo mueve de puesto en puesto según le convenga a ese poder, no al que se deja mover. Esa persona no tiene proyecto propio: tiene disponibilidad. Aquí también está el brinco más común: el candidato que ya cambió de tres partidos y en su propio distrito nadie lo reconoce por su nombre ni por su trabajo legislativo, sólo por el color que trae puesto esa semana. Cuando alguien cambia de bandera, exíjanle que lo explique con ideas, no solamente con sus posibilidades de ganar Recuerden, plebes, una candidatura prestada casi siempre termina siendo un gobierno prestado.

6- La producción por encima del contenido. Cuando un video cuesta más que una propuesta, cuando el corte de edición es perfecto pero nadie explica el plan de seguridad o el presupuesto, ahí hay una campaña de mercadotecnia, no un proyecto de gobierno. Ya sabemos cómo se arma: la visita de temporada a la colonia que el resto del año no pisan, el café con empresarios, la selfie con comerciantes, la promesa recalentada de hace tres elecciones sin explicar por qué no se cumplió, el abrazo con la gente que nunca deja espacio a una pregunta espontánea. Baños de pueblo con guión aprobado. Las campañas cuentan historias. Los gobiernos escriben historia. Y no siempre son lo mismo.

7- El que mide criterio en alcance. Se rodea de creadores de contenido que replican el mensaje sin cuestionarlo una sola vez. No suman análisis, ni contexto, ni pregunta incómoda. Suman números. Y ahí está la trampa: entre más se repite un mensaje sin filtro, más se parece a una verdad, aunque nadie lo haya verificado. El algoritmo no vota, pero decide qué historia escuchamos primero.

8- La ausencia que nadie explica. Esta es más incómoda, pero hay que decirla. En Sinaloa ya sabemos qué significa cuando alguien que se daba por hecho, de pronto, deja de aparecer en la conversación. La cola larga de los señalamientos tiene varios orígenes: contrapartes, incluso del mismo partido, o carpetas que se abren del otro lado de la frontera. Todo eso también hace casting. Hay ojos que deciden quién se baja antes de que el ciudadano decida quién se queda.

El personaje por encima de la persona

 

Ninguna de estas señales, por sí sola, condena a nadie. Pero cuando aparecen juntas (la cifra sin fuente, el berrinche en lugar de la respuesta, el silencio ante los propios, la pieza movida desde otro lado, el brinco sin causa, la producción sin sustancia, la falta de autocrítica, pensando en los alcances, etc.) ya no es coincidencia. Nos están vendiendo un personaje, queriéndolo maquillar como persona real.

Informarnos, plebes, no es opcional. No es un lujo de los que “les gusta la política“. Es la única defensa que tenemos los ciudadanos frente a un aparato completo, diseñado con dinero y estrategia, para vendernos humo (incluso para desalentar el voto mismo). Quien vota y no se informa no vota mal por ignorante; vota mal porque alguien más decidió, con mucho presupuesto, qué historia le iba a creer.

La política moderna construye personajes. La democracia necesita personas. Sinaloa no necesita otro personaje bien actuado. No elijamos a quien mejor cuenta una historia. Informémonos y elijamos a quien ya tenga una historia que resista ser contada y que su trabajo y hoja de vida hablen por ella.

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