Llevo meses viendo al mismo joven parado en la esquina del Padel Arena, justo frente a la Facultad de Estudios Internacionales y Políticas Públicas, en Ciudad Universitaria. Lo primero que noté fue una cartulina escrita a mano, una mesita y baguettes. Nada más. Después de algunas semanas la cartulina se convirtió en lona. Luego llegó algo parecido a un toldo.
No lo conozco. No sé qué lo llevó ahí ni qué había antes de esa cartulina. Pero lo que sí puedo leer, porque llevo meses mirándolo sin que él lo sepa, es que en cada regreso hay una decisión. No una declaración, no un discurso. Solo la decisión de volver.
Desde mi formación en Relaciones Internacionales y en Responsabilidad Social Empresarial, he estudiado con cierto detalle los marcos del desarrollo sostenible, los ecosistemas de oportunidad, la cohesión social como variable de bienestar. Son herramientas útiles para leer la realidad, pero ninguna captura del todo lo que representa ese toldo armado a pulso, semana a semana, en un crucero de Culiacán.
El toldo no es un logro de política pública. Es lo que queda cuando la política pública no llega.
La historia del chico de la cartulina no es solo una historia de esfuerzo individual. Es también el retrato de un sistema que con demasiada frecuencia obliga a sus ciudadanos a inventarse la vida desde cero, sin red, sin acceso real a crédito, sin reconocimiento formal como trabajadores con derechos. El empleo informal en México no es una elección de vida para la mayoría; es una respuesta de supervivencia. Y romantizarla sin señalar eso sería una omisión que no me puedo permitir.
Lo que encuentro más revelador es que esta escena ocurre justo frente a una facultad que forma a quienes deberían diseñar las condiciones para que historias como esta no dependan únicamente de la voluntad de quien las protagoniza.
Hay algo en esa geografía que merece atención: a unos metros de donde se discuten las políticas públicas del futuro, alguien está resolviendo el presente con lo que tiene.
Esa distancia, que en el mapa es casi ninguna, en la práctica puede ser enorme. Y cerrarla es, en buena medida, el trabajo pendiente. No solo el de las instituciones, sino el del tejido social que las rodea, que en Culiacán lleva años mostrando señales de fractura. La violencia que recrudeció en 2024 no surgió de la nada; fue, entre otras cosas, la expresión de una comunidad que perdió algunos de los hilos que la mantenían unida. Las campañas de paz que vinieron después reconocen el daño, pero el daño no se repara con campañas. Se repara con acuerdos sostenidos, con presencia, con la decisión colectiva de volver, que es exactamente lo que ese joven hace cada mañana desde su esquina.
Hay momentos en que esa capacidad de volver juntos aparece de manera espontánea. Cuando México juega en un Mundial, algo ocurre en las calles que no ocurre casi ningún otro día: la gente se reconoce como parte del mismo proyecto sin que nadie tenga que explicar por qué importa. No hay convocatoria, no hay estructura, no hay campaña. Solo el reconocimiento de que se comparte algo. Si alguna vez lográramos sostener eso más allá del partido, si canalizáramos, aunque sea una fracción de esa energía hacia reconstruir lo que se ha roto, los que saldrían ganando no serían las instituciones ni los discursos. Serían los que llevan meses apostándole a algo con una cartulina y una mesa.
Reconstruir el tejido social se materializa en las decisiones pequeñas y cotidianas: a quién le compramos, a quién le abrimos paso, a quién le dedicamos un minuto de atención. Ese joven pasa sus días en un crucero por el que circula buena parte de la ciudad, sin más argumento que su producto y su constancia.
Apoyar lo que queremos ver crecer no requiere más que eso: detenerse un momento.

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