A veces se nos olvida lo rápido que se puede desmoronar lo que dábamos por sentado. El 17 de mayo de 1990 (hace poco más de tres décadas, que en la historia de la humanidad es menos que un parpadeo) la Organización Mundial de la Salud borró la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales. Hasta ese día, si amabas a alguien de tu mismo sexo, para la ciencia oficial tenías un cable suelto en la cabeza. Algo que curar, preferiblemente con métodos que hoy calificaríamos de tortura.
Conmemoramos esa fecha como el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia. Y cada año, cuando llega el día, se repite el mismo ritual: las redes se llenan de lazos de colores, los políticos publican el tuit de rigor sobre el apoyo y las marcas tunean sus logotipos para dejar claro que están en el lado “correcto” de la historia. Capitalismo de armario, le llaman algunos. Pero cuando llega el 01 de julio, las banderas se guardan en el cajón y volvemos a la realidad. Y la realidad es bastante más gris y persistente que un filtro de Instagram.
Si uno mira las leyes de muchos de nuestros países, dan ganas de aplaudir. Matrimonio igualitario, leyes de identidad de género, protocolos… Sobre el papel, somos la envidia de la historia. Si un joven de los años ochenta viajara en el tiempo hasta hoy, pensaría que ha aterrizado en una utopía. Sin embargo, hay una brecha enorme entre el Boletín Oficial del Estado y la acera de enfrente.
Tengo la sensación de que nos hemos instalado en una falsa impresión de victoria. Nos creímos que el progreso era una línea recta que solo iba hacia arriba, y la historia no funciona así. La historia es un péndulo. Hoy en día, basta con darse una vuelta por internet o escuchar los discursos de ciertos sectores públicos para notar cómo ha cambiado el aire. La homofobia ya no es mayormente esa brutalidad rancia y obvia de hace cuarenta años; ahora es más sutil, más cínica y, por lo tanto, más peligrosa.
Hoy el rechazo se disfraza de “debate legítimo” o de “libertad de expresión“. Te dicen que “respetan lo que hagas en tu cama“, como si la dignidad de una persona se redujera a lo que hace entre las sábanas. Se quejan de la “ideología de género” y de que la diversidad está “en todas partes“. Se escandalizan si dos chicos o dos chicas se besan en una serie de televisión, pero miran para otro lado cuando las estadísticas de agresiones físicas siguen subiendo.
El miedo ha cambiado de forma, pero no se ha ido. Se nota en ese microsegundo de tensión en el que una pareja del mismo sexo decide si se suelta o no de la mano al entrar en un barrio que no conoce. Se nota en la o el adolescente que prefiere pasar el recreo solx antes de enfrentarse al enésimo “chiste” homófobo de sus compañeros, ese que las y los profesores a veces ignoran porque “son cosas de chicxs“. Se nota en la o el empleado que prefiere omitir qué hizo el fin de semana con su pareja por miedo a que su renovación de contrato se quede en el limbo.
Eso no es libertad plena. Eso es vivir bajo fianza. Es una tolerancia condicional: “Te permito existir, siempre y cuando no te dejes notar demasiado”.
La homofobia no es un problema exclusivo del colectivo LGBTIQ+. Es, fundamentalmente, un problema de la mayoría silenciosa. Las agresiones físicas no nacen de la nada. No hay un salto directo de la indiferencia a la violencia. El camino se pavimenta mucho antes: con el silencio cómplice en la cena familiar cuando un familiar suelta un comentario despectivo, con el clic en el meme denigrante que llega al grupo de WhatsApp, con la tibieza de las instituciones que equiparan al agresor con la víctima para no perder votos.
La homofobia es un termómetro social. Cuando un país empieza a tolerar el acoso hacia sus minorías, lo que está fallando no es solo la empatía; está fallando la estructura democrática misma.
Hoy son ellxs, mañana será cualquiera que no encaje en el molde de lo que los guardianes de la norma consideren “lo normal”.
No podemos permitirnos el lujo de estar cansadxs de esta lucha. Este día nos recuerda que los derechos no se heredan como una casa o una cuenta bancaria; se defienden cada mañana. Queda mucho por hacer en las aulas, en los juzgados y, sobre todo, en las mentalidades. Por las personas que abrieron el camino sufriendo lo indecible, y por las y los que vienen detrás esperando encontrarse un mundo más seguro y libre.

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