En el momento en que se confirmó una secuela de «El Diablo viste a la Moda», un espectador más cínico esperaría encontrarse un refrito poco inspirado de la trama original con referencias forzadas al «suéter azúl cerúleo» en medio de un torbellino de descarados posicionamientos a marcas comerciales famosas.
Y si. Dichos elementos se encuentran en la película, listos para ser señalados con el mismo ahínco que el meme de Leonardo DiCaprio en «Érase una vez en Hollywood». Pero al mismo tiempo, la historia cuenta con un comentario sobre el estado actual de la labor periodística.
Tampoco nos encontramos ante un guion digno de Oliver Stone, pero resulta fascinante que exista un dialogo sobre las implicaciones de la IA en la edición, diseño y producción de modas sin que se refleje un tono irónico en su ejecución.
Todo esto oculto detrás de una campaña publicitaria que parecía prepararnos para una experiencia tan superficial como el vestuario de sus protagonistas, iniciando con una Andy Sachs (nuevamente interpretada por Anne Hathaway) siendo despedida de diario «New York Vanguard» tras veinte año de servicio mientras recibía un premio por sus labores periodísticas.
Sin ahondar demasiado en detalles, le convencen de regresar nuevamente a la revista de modas Runway para gestionar el control de daños tras la publicación de un artículo que favorecía a una marca que explotaba a sus empleados.
Andy descubre que, pese a sus mejores esfuerzos por redactar una serie de artículos de disculpa, estos no son leídos por nadie. Solo se pierden entre el caos cibernético del algoritmo alimentado por la negatividad y el consumo de inmediatez.
En el camino nos encontramos con caras conocidas como la implacable Miranda Prestly (Meryl Streep) el sensato director de moda Nigel (Stanley Tucci) y Emily (Emily Blunt, quién ahora forma parte de círculos comerciales repletos de multimillonarios tecnológicos (¿un guiño a Elon Musk y su tribu, quizás?)
Persiste en sus dos horas de duración la presencia de un horror existencial cercano a la realidad de cualquier persona de clase trabajadora, puesto que la inseguridad e inestabilidad laboral no se limita al mundo de los altos medios corporativos.
Incluso quienes no logren identificarse del todo en estos aspectos, encontrarán elementos que harán disfrutable su experiencia. Una grata sorpresa fue encontrar entre el elenco al actor británico Kenneth Branagh, quien se aleja de la intensidad teatral que le caracteriza en un rol cálido como el esposo de Miranda, cuyas interacciones nos permiten apreciar matices de fragilidad y humanidad en la dura «dama de hierro».
El mayor error en la mayoría de secuelas tardías producidas por Hollywood es no reflejar cambios lógicos o naturales en sus personajes. Andy ya no es la misma joven ingenua de antes, Nigel presenta menor severidad en sus observaciones oportunas y Emily cuenta con algunos de los diálogos más ácidos y mordaces de la cinta.
De la misma manera en que desfila una interminable cantidad de referencias que seguramente serán el deleite de los amantes de la moda, del modo en que desfilan los estilizados cortes de tela rente a la pantalla, «El Diablo viste a la Moda 2» cuenta con un delicado equilibrio entre su sentido mercantilista y su guion que desea ser recordado.

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