Durante el Mundial de Futbol de 2026, México fue el territorio donde la Copa se vivió con mayor intensidad fuera de los estadios. Mientras en algunas ciudades estadounidenses el torneo podía transcurrir como un gran espectáculo deportivo encapsulado en recintos y transmisiones televisivas, en México desbordó rápidamente esos límites y se convirtió en una celebración callejera.
Las multitudes ocuparon plazas, avenidas, glorietas y centros históricos. Las tres sedes nacionales se transformaron durante varias semanas en escenarios de una fiesta casi permanente. Cientos de miles de personas que no podían pagar una entrada, o que ni siquiera intentaron conseguirla, encontraron en las calles una manera de participar en el acontecimiento.
Algunos reportes describieron concentraciones multitudinarias en las ciudades sede y una celebración organizada por los propios aficionados, en buena medida al margen de la experiencia exclusiva y costosa de los estadios.
Pero el fenómeno no quedó circunscrito a las ciudades que recibieron partidos. La celebración se extendió a lugares situados a cientos de kilómetros de cualquier estadio mundialista. Uno de los casos más reveladores fue Culiacán.
Después del triunfo de México sobre Ecuador, miles de personas acudieron a la glorieta Cuauhtémoc, conocida popularmente como La Canasta. La convocatoria circuló principalmente por redes sociales y reunió a familias, jóvenes y aficionados entre música, banderas, matracas y cierres viales. Para el siguiente partido se organizó incluso un encuentro ciudadano con pantallas y música.
Culiacán no había recibido ningún partido. No era sede, no tenía un estadio mundialista y estaba lejos de los principales corredores turísticos de la Copa. Sin embargo, celebró como si el Mundial estuviera ocurriendo físicamente en sus calles.
¿Por qué? La respuesta más inmediata sería que a los mexicanos les gusta el futbol. Pero esa explicación resulta insuficiente. El futbol puede explicar el motivo inicial de la reunión, pero no necesariamente la magnitud, el desbordamiento y la necesidad de permanecer juntos después de terminado el partido.
La pregunta relevante no es únicamente qué celebraban los mexicanos, sino por qué necesitaban celebrar juntos de esa manera precisamente ahora.
El futbol como pretexto y la comunidad como necesidad
Émile Durkheim utilizó el concepto de efervescencia colectiva para describir los momentos en los que una comunidad reunida experimenta una energía emocional superior a la que cada individuo podría sentir por separado.
Durante esos momentos, las personas dejan de percibirse como sujetos aislados. Los cuerpos se aproximan, las emociones se sincronizan y los símbolos compartidos adquieren una fuerza excepcional. Una bandera, una canción, una camiseta se convierten en representaciones de una comunidad que toma conciencia de sí misma.
Eso ocurrió durante el Mundial. Millones de personas gritaron al mismo tiempo, repitieron las mismas canciones, vistieron los mismos colores y abrazaron a desconocidos. La experiencia consistía en formar parte, aunque fuera momentáneamente, de un cuerpo colectivo. En una sociedad cada vez más fragmentada, esa experiencia tiene un valor extraordinario.
México ha perdido o debilitado buena parte de los mecanismos que durante el siglo XX producían integración social. Los sindicatos dejaron de organizar la vida colectiva de grandes sectores de trabajadores. Los partidos perdieron militancia y credibilidad. Las asociaciones vecinales se volvieron más frágiles. Las iglesias ya no articulan de la misma forma a toda la población. La televisión abierta dejó de producir audiencias nacionales homogéneas. Incluso las familias se encuentran atravesadas por la migración, las jornadas laborales prolongadas y la dispersión territorial.
A ello se suma el efecto individualizador de las plataformas digitales. Cada persona recibe noticias, entretenimiento y mensajes construidos a partir de su propio perfil. Habitamos la misma ciudad, pero no necesariamente el mismo mundo.
El Mundial interrumpió temporalmente esa fragmentación. Durante unas horas, personas separadas por la clase social, la edad, el barrio, la ideología o el nivel educativo volvieron a compartir una narración común. Todos sabían cuándo jugaba México. Todos comprendían lo que significaba un gol. Todos podían anticipar el lugar al que había que acudir para festejar. El futbol funcionó como un idioma nacional todavía disponible.
Celebrar como suspensión del miedo
En Culiacán, la interpretación adquiere una profundidad particular. La ciudad ha vivido prolongados periodos de violencia, incertidumbre y repliegue de la vida pública. Sus habitantes han aprendido a modificar horarios, cancelar actividades, evitar ciertos recorridos y refugiarse en los espacios privados cuando circulan rumores o se producen enfrentamientos.
La violencia reorganizó la vida cotidiana. Cambió la relación con la noche, con las calles y con los desconocidos. Debilitó la confianza y transformó el espacio público en un territorio que debe recorrerse con precaución.
Por eso resulta especialmente significativo que miles de personas salieran a celebrar a La Canasta. Un artículo publicado en esos días resumió el sentimiento mediante una frase expresada por los propios participantes: “Necesitábamos un respiro de la violencia”.
La frase permite comprender que el verdadero objeto de la celebración no era solamente el resultado deportivo.
Celebrar significaba demostrar que todavía era posible reunirse sin miedo. Permanecer en la calle. Llevar a los niños. Encontrarse con desconocidos sin percibirlos como amenazas. Hacer ruido sin que el estruendo proviniera de las armas. Tomar simbólicamente una zona de la ciudad y convertirla, por unas horas, en un espacio de alegría. La celebración fue, en ese sentido, una suspensión provisional del orden impuesto por la violencia.
No fue una protesta contra el gobierno ni una manifestación explícita contra los grupos criminales. Nadie acudió necesariamente con una consigna política. Sin embargo, ocupar colectivamente el espacio público en una ciudad marcada por el miedo posee inevitablemente una dimensión política. Creo que la multitud dijo algo sin formularlo expresamente: queremos volver a vivir juntos.
Una comunidad momentánea entre desconocidos
El antropólogo Victor Turner llamó communitas a la experiencia que se produce cuando, durante una celebración o un ritual, las jerarquías ordinarias parecen suspenderse y las personas se reconocen provisionalmente como iguales.
En la vida cotidiana sabemos quién tiene más dinero, quién ocupa un cargo, quién vive en determinada colonia y quién posee mayores privilegios. En la multitud mundialista esas diferencias no desaparecen, pero pierden temporalmente parte de su relevancia. Todos portan la misma camiseta. Todos esperan el mismo resultado. Todos pueden abrazarse después de un gol.
La communitas no elimina las desigualdades. Tampoco transforma automáticamente las instituciones. Pero produce la experiencia emocional de una igualdad posible. Eso ayuda a explicar el carácter desbordado de los festejos. Las personas buscaban experimentar la cercanía física con otros, la sincronización de las emociones y la posibilidad de pertenecer a algo más grande que ellas mismas.
En las sociedades contemporáneas, esas experiencias son cada vez menos frecuentes. Tenemos miles de contactos digitales, pero pocos espacios de convivencia intensa. Podemos comunicarnos permanentemente, pero rara vez compartimos la misma experiencia con personas distintas a nuestro círculo inmediato. Podemos expresar opiniones en las redes, pero eso no equivale a sentir el cuerpo de una multitud reunida. El Mundial devolvió temporalmente esa experiencia.
¿Celebración o válvula de escape?
Existe, desde luego, otra interpretación. Las celebraciones deportivas pueden funcionar como mecanismos de evasión. Durante unas horas se olvidan la inseguridad, el desempleo, las desigualdades, la precariedad de la vivienda y la insatisfacción con las instituciones. La energía social encuentra una salida emocional que no amenaza al orden político.
Desde esta perspectiva, la fiesta sería una válvula de escape. Permitiría liberar tensiones sin modificar sus causas. La industria deportiva, los gobiernos, las televisoras y las marcas comerciales conocen perfectamente esa capacidad. Los grandes acontecimientos producen audiencias, consumo, legitimidad e imágenes de unidad nacional. La efervescencia popular puede ser canalizada, patrocinada y convertida en espectáculo.
Sin embargo, reducir la celebración a manipulación o evasión sería igualmente equivocado. Las personas no son recipientes pasivos de propaganda. Se apropian de los acontecimientos, les otorgan significados propios y muchas veces desbordan los espacios que las instituciones diseñaron para contenerlas.
En México, una parte importante de la celebración ocurrió fuera de los estadios y más allá de las zonas oficiales. La multitud tomó glorietas, avenidas y plazas porque reconoció esos lugares como escenarios legítimos de reunión. El acontecimiento comercial fue transformado en una experiencia popular. El Mundial fue un enorme negocio global y, al mismo tiempo, produjo experiencias reales de comunidad.
Una manifestación política todavía sin demanda
Las manifestaciones políticas tradicionales presentan demandas identificables. Casi siempre buscan consignas que exigen aumento salarial, justicia, seguridad, derechos o renuncia de una autoridad.
Las celebraciones mundialistas no tenían un pliego petitorio. Pero eso no significa que carecieran de contenido político. Quizá expresaron una demanda anterior a las demandas, me refiero a la necesidad de recuperar la capacidad de estar juntos.
Antes de exigir algo al Estado, una sociedad necesita reconocerse como colectividad. Necesita comprobar que existen otros que comparten sus emociones, sus malestares o sus esperanzas. Necesita encontrarse físicamente y experimentar su propia fuerza numérica.
Las multitudes del Mundial todavía no constituyeron un sujeto político. Fueron heterogéneas, pasajeras y organizadas alrededor de una emoción deportiva. Al terminar la celebración, cada participante regresó a su vida ordinaria. No obstante, dejaron ver un potencial.
Demostraron que una sociedad aparentemente encerrada en el individualismo, el miedo y la comunicación digital conserva una enorme capacidad de movilización presencial. Evidenciaron que el espacio público no ha perdido completamente su función integradora. Mostraron que, cuando aparece un símbolo suficientemente poderoso, miles de personas todavía están dispuestas a salir de sus casas, convivir con desconocidos y formar parte de una experiencia colectiva.
No sabemos si esa disponibilidad emocional se trasladará en el futuro hacia otras causas. No existe una línea directa entre celebrar un gol y organizar una movilización social. Sería un error anunciar, a partir de la fiesta mundialista, la proximidad de una rebelión política.
Pero también sería un error considerar esas concentraciones como simples episodios de entretenimiento.
La celebración como indicio
Robert Darnton enseñó que los acontecimientos extraños, excesivos o aparentemente triviales pueden revelar aspectos profundos de una sociedad. En La gran matanza de gatos, el historiador no se limitó a describir la crueldad de unos trabajadores parisinos. Se preguntó por qué aquel episodio les había resultado tan divertido y qué decía su risa acerca de las relaciones entre aprendices y patrones en la Francia del siglo XVIII.
Podríamos formular una pregunta semejante frente al Mundial de 2026 ¿Por qué una victoria deportiva provocó que millones de mexicanos necesitaran salir a las calles?
La respuesta quizá no se encuentra únicamente en el futbol. Se encuentra en todo aquello que la sociedad mexicana no está recibiendo de sus instituciones: comunidad, confianza, seguridad, pertenencia, esperanza y experiencias compartidas.
Las celebraciones expresaron el deseo de una vida pública diferente. Una vida en la que las calles no pertenezcan al miedo, los espacios comunes no sean solamente lugares de tránsito y los desconocidos puedan reconocerse momentáneamente como integrantes de una misma comunidad.
La dimensión política de los festejos radica en que hicieron visible una necesidad colectiva que todavía no encuentra traducción institucional. Las multitudes no dijeron qué política pública querían. Pero expresaron algo más elemental, la necesidad de ocupar la ciudad, sentir que se pertenece a una colectividad y experimentar otras formas de convivencia.
Después de la fiesta
El desafío consiste en saber qué ocurre cuando termina el partido. La efervescencia colectiva puede agotarse sin dejar consecuencias. La multitud se dispersa, las calles se vacían y las personas regresan a una vida dominada por las mismas inseguridades y desigualdades. En ese caso, el Mundial habrá funcionado como una tregua emocional.
Pero también puede quedar una memoria. La memoria de que fue posible reunirse. De que el miedo pudo retroceder. De que la calle pudo ser ocupada por familias. De que la ciudad pudo producir alegría en lugar de amenaza.
Esa memoria puede convertirse en un recurso cultural para futuras formas de acción colectiva. Las sociedades también se movilizan cuando han aprendido a compartir emociones, símbolos y espacios.
Tal vez eso fue lo que hizo singular la celebración mexicana del Mundial de 2026. México utilizó el torneo para reencontrarse consigo mismo. Y Culiacán, sin haber recibido un solo encuentro, se convirtió en uno de los ejemplos más claros de esa necesidad.
En una ciudad donde la violencia había obligado repetidamente a vaciar las calles, miles de personas salieron para llenarlas de nuevo. Quizá todavía no sabemos qué consecuencias tendrá esa experiencia. Probablemente no produzca ninguna transformación inmediata. Pero reveló algo que la política mexicana debería aprender a escuchar.

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