En toda ocasión estoy listo para un funeral.
Y en toda ocasión, de nuevo, es llamado un funeral.

Band of Horses

Me cuesta mucho escribir sobre Goran Petrović, en especial después de su muerte.

No sé si podremos vivir duelos por personas que no conocimos más allá de las obras artísticas que hicieron, y que marcaron momentos importantes de nuestra vida. Su pérdida significa varias cosas: de inicio, la imposibilidad de que haya una nueva creación que marque otro punto de nuestro proceso vital; pero también, que es ponerle un punto y final a una conexión que, podríamos sentir, ya no nos llevará a ningún otro nuevo territorio. Es una pérdida que afecta a nuestra capacidad imaginativa. A nuestras posibilidades de redefinir otros futuros.

Porque, además, ¿podemos acudir a su funeral para llorarlo y verlo ingresar en la tierra? ¿Hay un ritual que ponga un punto y aparte?

Cuando Goran Petrović murió recuerdo que me quedé perplejo. Apenas unos meses antes vino a promocionar Papel con sello de agua, el primer volumen de su novela delta, un gran proyecto literario, similar a La comedia humana de Balzac, que se proyectaba que iba a durar muchos años en publicación. Un proyecto terriblemente ambicioso. Y ahora éste se quedaba en sus primeras etapas.

La vida y muerte de un escritor forman una historia por sí mismas. Y Goran Petrović fue un autor que siempre se preocupó por entender por qué nos contamos relatos, una interrogante que viene desde tiempos muy antiguos. Quiero creer que Goran Petrović pensaba que las historias no son inocentes. Por ejemplo, un texto que marcó mucho su literatura, y que reflexiona sobre esta premisa, son Las mil y una noches. En medio de estos palacios inmensos entre las dunas, y rodeados por palmeras, una joven se da cuenta que en su reino está ocurriendo una atrocidad: el sultán desposa, todas las tardes, una mujer diferente, y a la mañana siguiente la asesina. Esta joven (llamada Scherezada) idea un plan para detener la masacre. Se desposa con el sultán y en la noche empieza a contarle una historia que interrumpe en el momento más sabroso, en aquel que hace que la curiosidad pueda más que la sed de sangre. El sultán decide darle otro día de vida. A la noche siguiente avanza la historia e incluye otra historia dentro de esa, que también deja al aire. Y poco a poco va haciendo que el sultán se olvide de matarla.

Posterior a la muerte de Goran Petrović, Sexto Piso publicó Iconostasio del mundo conocido, la segunda parte de la novela delta. Un libro precioso, quizá de mis favoritos de su obra. Y cuando esperaba que no hubiera más novedades, Sexto Piso publicó otro libro póstumo bajo el título de Cuentos completos. Este volumen reunió por primera vez en español todos sus relatos cortos, los cuales se incluyen en las antologías Consejos para una vida más fácil (novela para acompañar el café), La isla y los cuentos circundantes, Los prójimos, Diferencias y El buscador.

He llegado a pensar que su novelística me enamoraba porque no sabía qué pensar del hombre alto y caucásico que veía en las fotografías de las solapas de sus libros, y que en una ocasión conocí en persona. Sabía que Goran Petrović había viajado muchas veces a Sinaloa, a participar en actividades de la Universidad Autónoma de Sinaloa, la UAS; sabía que en su momento fue bibliotecario, y que la traductora de sus libros era Dubravka Sužnjevic; sabía que adoraba la literatura latinoamericana y que adoraba Terra nostra, de Carlos Fuentes. Creo, ahora a la distancia, que nunca me imaginé qué tipo de persona era, cómo era la rutina que vivía en su vida cotidiana, y que se filtraba en sus libros. Y ahora, a casi tres años de su pérdida, sus relatos me mostraron un Petrović menos fantástico y más realista, más dispuesto a hablar sobre las cosas que veía en la calle, los edificios de apartamentos donde vivió, y en cualquier lugar donde posara los ojos.

La isla y los cuentos circundantes, el primero de los libros reunidos, reitera en varios relatos una situación familiar similar a la de Atlas descrito por el cielo: un grupo de personas que viven juntas, en este caso una familia con niños, padres y abuelos, que residen en una granja en la que cultivan rayos de sol. Esta vida idílica sufre varias amenazas, y la familia defiende su modo de vida del progreso, de la gentrificación, y de todo aquello que toque a su puerta.

Curiosamente Los prójimos, el segundo libro, se centra más en la manera en que Goran Petrović veía a sus semejantes. Para un autor en cuyas novelas un grupo de monjes hacen elevarse a una iglesia con rezos para protegerla de una invasión, en que un grupo de iconos religiosos cobran vida e inician una peregrinación de regreso a su hogar, Los prójimos reúne una serie de relatos más cotidianos y casi podríamos decir insulsos si no fuera porque no pierden la magia con la que Petrović narraba. En “Tres otoños y el comienzo mismo del invierno”, un narrador que parece ser Petrović mismo cuenta su relación con un hombre que ingresa a trabajar en el Partido dominante de su país, hasta que el trabajo lo absorbe y lo orilla al suicidio. Al funeral no va ninguno de sus compañeros del partido. Sólo Petrović y otros conocidos que lo trataban fuera del trabajo.

El libro también rescata Diferencias, que ya había sido publicado anteriormente en español. En el inicio de esta antología hay un cuento que es una suerte de autobiografía narrada a través de fotografías de la infancia de Goran Petrović. Un texto que muestra a una persona que va creciendo, que vive en diversos departamentos, que se enamora del cine y de la fotografía y hasta de la batería. Una experiencia vital que hace que Petrović desconfíe de todos los escritores que no hubieran querido tener otro oficio antes del de la palabra.

En este cuento se revela que el primer cuento que jamás publicó fue “La sal”. Éste se encuentra incluido en El buscador, la antología de sus columnas que cierra el volumen de los Cuentos completos, en la que conocemos al Petrović que va reflexionando sobre el mundo que lo rodea y sobre todo aquello que ve en su país y en sus viajes, siempre enarbolando pequeños relatos de dos o tres páginas. En “La sal” rememora a una anciana que vivía sola en su barrio, quizá otro relato con tintes autobiográficos, quien siempre estaba al pendiente de ser visitada por sus hijos y sus amigos, quienes nunca llegaban. Petrović encuentra a la mujer un día subiendo un gran costal de sal, y tras ayudarla, le pregunta para qué necesitaba tanta sal, a lo que la mujer le responde: “ay hijo mío, si tú antaño, durante la guerra pasada, hubieras caminado horas hasta Vrnjačka Banja para conseguir solo un puñado de sal, harías lo mismo que yo. Aun sí resulta demasiada para mí, habrá suficiente para los míos, cuando por fin vengan, cuando por fin regresen”.

Este libro me mostró a un Goran Petrović que hasta entonces no había conocido. Cuando uno escucha una historia a medias, tiene la tentación de creer que no hay nada que le falte. Y por eso, quizá, se eligió iniciar la antología de relatos con uno más nuevo, uno llamado “El cuento sobre el contar”: esta historia habla sobre un rey que quiere contabilizar y medir todo en su reino, ya sean los caballos que posee, los cortesanos que le atienden, hasta que se da cuenta de que quiere medir también el peso de la historia que ha generado. Su legado o su leyenda, por así decir. Pero entonces uno se pregunta: ¿cómo se mide, pesa y se sopesa el valor de una historia? ¿La vida de Goran Petrović, ahora que ha finalizado, tiene su propio peso que puede ser medido y comparado con el de los demás?

La solución que encuentra el rey del relato es subirse en un sube y baja, en el que se colocará, del otro lado, a un hombre similar a él en historia y en complexión. Al contarle el relato de su vida, el otro hombre debería tener una diferencia de peso porque ha recibido la historia. Pero el rey cuenta y cuenta, y no hay variación. Entonces, se indigna. Y es su interlocutor el que le dice que sus mediciones están fallidas: cuanto más se libera de peso el rey al contar su historia, también se libera de peso su interlocutor al sentir alivio al escucharla: “Por eso, aunque en tu historia sucedieron muchas cosas, entre nosotros nada ha cambiado. Si tomas en cuenta que los dos pesamos un cuento menos, lo cual no es nada despreciable, diría que es justo lo suficiente”.

Entonces quizá Goran Petrović pasó toda su vida construyendo una obra que nos hiciera sentir aliviados al descubrir que no somos los únicos, ni en este país ni del otro lado del globo, que vemos sufrir a nuestra gente y a nuestras ciudades. Una obra que hasta hace poco no podíamos ver en su amplitud. Que sólo escuchando el relato de la vida de otra persona nos damos cuenta de qué tipo de hombre fue, y eso nos alivia de nuestros propios pesares.

Porque parece que leer historias es escuchar con los ojos a los ausentes.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO