No se puede consolar a quien habita en la desesperanza.
Julia Navarro
Desde que inició nuestra crisis humanitaria espero -no deseo- amargas sorpresas. Los culiacanazos son parte de ellas, como lo es ahora el triste momento que vive el municipio de Concordia, en particular ese rincón donde terminó sus días el general Domingo Rubí y que le llaman El Verde. Y registrar esos instantes que nos han marcado y que impondrán un sello y consecuencias en al menos la próxima generación de sinaloenses, no sólo debe significar un ejercicio de memoria, es acumular datos y hechos que alimenten los obligados análisis en el presente, en esa búsqueda ineludible para encontrar las coordenadas exactas de nuestra ubicación en el entorno de violencia en que vivimos.
Nos hemos llenado de presencia militar y policial, sobre todo en las ciudades y puntos más críticos en materia de seguridad en Sinaloa. Y con los resultados obtenidos no podemos concluir que las medidas tomadas fueron las que el tiempo y la gravedad de la crisis demandaban. Allí están los números que no nos dejan mentir y una percepción de la ciudadanía que sigue manifestando mucha mortificación porque no hemos ido más allá de tímidos avances en el terreno de la seguridad. No estamos diciendo que no haya esfuerzos en este campo, pero reconociendo la presencia cotidiana policial sin precedentes, los múltiples riesgos que los agentes de policía y miembros de las fuerzas armadas corren en los retenes, en las medidas de restricción de movilidad vehicular, en las acciones de rescate de personas privadas de la libertad y contra el tráfico de enervantes, la expresión del delito no desmaya.
En todo ello hay que ver con respeto la pérdida de vidas de al menos 81 policías y miembros de las fuerzas armadas en el cumplimiento del deber o por su actividad en favor de nuestra seguridad, pero en honor de su memoria y del derecho de la ciudadanía a una vida sin violencia y con oportunidades de acceso a la educación, salud, trabajo y vivienda, también reconozcamos que los límites de lo que se ha hecho hasta ahora es muy modesto.
Pero no dejamos de preguntarnos, por qué con la presencia de la Federación en tropas que suman por momentos más de 12 mil elementos los hechos violentos no paran y los saldos que cobran en vidas y en pérdida de patrimonios siguen siendo muy preocupantes. Y por momentos regresan acontecimientos que reviven nuestra capacidad de asombro.
El Verde, Concordia, nos lo prueba de manera fehaciente. Lo reiteramos porque Concordia ha sido noticia permanente en hechos de violencia desde 2009, sólo para hablar de este siglo, pero El Verde, habiendo sido santuario de desplazados en años anteriores, mantuvo una imagen pacífica.
Las riquezas de la biósfera concordense resultan en una maldición para sus habitantes en lugar de representar la esperanza y posibilidades del desarrollo de la población sureña. La plata, la madera, su agricultura, su clima y su potencial turístico, encuentran una triste realidad como la que describe Ramón López Velarde en su Suave Patria cuando canta con una lágrima en su mejilla: El Niño Dios te escrituró un establo y los veneros del petróleo el diablo. Pánuco y El Verde llaman fuertemente la atención por la tragedia regional que encierran: mineros en calidad de desplazados, luego de abandonar sus muertos y trabajadores del subsuelo desaparecidos, sin más. La desaparición de 10 técnicos de alta calificación de la mina canadiense Vizsla, en un entorno ya difícil, movió el accidentado terreno que pisa la sociedad sinaloense.
Sí llama la atención el actuar de la autoridad federal y local en las actividades alrededor de las fosas clandestinas. Los colectivos de familiares con desaparecidos se quejan de un trato inadecuado de parte de las autoridades, de la ausencia de información pronta y veraz, y de que no les permitieron estar en un punto de observación sobre los trabajos realizados en las fosas clandestinas, para observar de primera mano el cumplimiento del protocolo en la exhumación de los cuerpos humanos y en la cadena de custodia de los restos extraídos. Dicen y, con razón, que esas inexplicables medidas lejos de acercar a familiares de víctimas y a la autoridad imponen distancias que enrarecen las relaciones mutuas. Las fosas de El Verde alimentaron las esperanzas de encontrar a familiares no sólo de Sinaloa, por ello han llegado familiares de Durango, Zacatecas y Coahuila.
Las consecuencias de no tener sensibilidad en el trato con familiares y de que fluya la información con pasmosa lentitud, llevó a reclamos públicos a través de manifestación en las calles de varias ciudades y de un documento dirigido a las autoridades en el que exigen apertura en la información general, respeto a su labor de búsqueda y facilidades para familiares que buscan información concreta en el esfuerzo de identificar a sus seres desaparecidos. Y es lo que menos debe llevarse a cabo, pues una de las conclusiones a que invita El Verde, Concordia, es que estos hechos son un punto de inflexión.
Digámoslo claramente: El verde es un antes y un después en nuestra historia local. Muchas cosas han pasado en otras coordenadas del estado, pero la conjunción de desplazamientos, de desaparición forzada de personas, de homicidios y si todo ello se liga a incendios intencionados de bosques, de actividades que inhiben el abasto de alimentos, de afectaciones directas a las actividades económicas, incluidas las de inversión extranjera, nos aportan elementos suficientes para reconocer la gravedad de la situación.
Todo lo que El Verde significa debe llevarnos a la reflexión y a la toma de medidas inmediatas. La indiferencia abrirá las puertas de par en par a la profundización de la crisis, no entender a tiempo la gran necesidad de encontrar puntos que acerquen las iniciativas y fuerzas de la sociedad y de la autoridad, complicará a futuro los esfuerzos para superar este mal momento que ya lleva 17 meses haciendo daño y no llevar a cabo los cambios necesarios en las políticas públicas de atención de la emergencia, especialmente las que convergen en materia de seguridad, es tomar el camino más largo para llegar a la postcrisis. Alcanzar la postcrisis es posible, pero pasa por el aprendizaje de experiencias del pasado y de una visión crítica de lo hecho hasta ahora y de la disposición a cambiar estrategias y de aprender a marchar junto a la sociedad. La sociedad espera más de la autoridad, ofreciendo sus reservas morales y los recursos culturales que pueden construir los atajos que urgen y necesita esta desesperante coyuntura. Vale.
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