8:30 de la noche. Estacionamiento de un KFC en Tres Ríos, a unos metros de la Fiscalía General del Estado. En esa misma zona donde, desde el 9 de septiembre de 2024, la guerra entre las facciones del Cártel de Sinaloa ha dejado algunos de sus episodios más violentos. Un creador de contenido transmitía en vivo junto a dos compañeros. Pasó una motocicleta. Alguien alcanzó a decir: “la moto, la moto”. Segundos después llegaron los disparos. Miles de personas presenciaron una ejecución en tiempo real. Lo que siguió ya lo conocemos demasiado bien: el video recorrió redes sociales, grupos de WhatsApp y medios digitales mucho antes de que existiera información oficial.
No es normal, y lo sigo repitiendo aunque ya empiece a sonar a mantra: 3,648 muertes violentas y 4,275 personas privadas de la libertad acumulados en Sinaloa desde que empezó la disputa entre las facciones del cartel de Sinaloa. Más de cinco asesinatos al día, en promedio. 53 feminicidios nada más en lo que va de este año. Una economía que perdió 3.9 puntos de PIB, con más de 44,000 personas ocupadas menos que antes. Y ahora, encima de todo eso, tampoco es normal esto: que la muerte se transmita en vivo y la recibamos como una notificación más.
No fue el primer asesinato en Sinaloa. Por desgracia, y acorde a las tendencias y proyecciones, no será el último. Pero algo cambió de lugar: la violencia ocurrió frente a los que estaban ahí y frente a todos los que estaban mirando la pantalla.
El mismo show, más pantallas
No es la primera vez que el crimen organizado en México entiende el valor de la comunicación. Primero fueron los mantas. Después los videos. Luego los blogs. Más tarde WhatsApp. Ahora las transmisiones en vivo. No sé si esta vez la intención haya sido que la muerte se transmitiera en vivo. Pero les salió. Y ese resultado, quisieran o no, ya es parte del mensaje. Cambian las plataformas; la lógica permanece: demostrar control, poder y ocupar también el espacio digital para, incluso, en estos momentos de guerra, sembrar miedo.
Las redes sociales premian aquello que produce emociones intensas. El algoritmo no distingue entre admiración, miedo, morbo o indignación. Premia el tiempo de atención, la permanencia, la interacción, la repetición.
Durante años, en Sinaloa terminamos construyendo un ecosistema donde el crimen organizado dejó de ser solamente violencia. Se convirtió en narcocultura. Música. Lenguaje. Moda. Humor. Aspiración. Identidad. No hablo de una persona en particular. Hablo de un fenómeno que normalizamos durante demasiado tiempo y que encontró en las plataformas digitales un amplificador perfecto. La narcocultura dejó de expresarse únicamente en los corridos o en ciertos espacios. También se coló en el lenguaje, el humor, la forma de vestir e incluso de consumir todos los días. Alrededor de ella crecieron páginas de entretenimiento, personajes, creadores de contenido, memes, influencers, músicos y personajes digitales de perfiles muy distintos y con formas de comunicación que, sin necesariamente formar parte del crimen organizado, dialogaban con ese imaginario y ayudaban a normalizarlo. La cercanía simbólica con ese poder, ya sea real, actuada o simplemente representada, creó una narrativa que genera atención, y en redes sociales, la atención también se monetiza: el estilo buchón, la estética narco, los guiños a “los grupos”, el humor sobre punteros o “alucines”, los personajes, los automóviles y el lujo se convirtieron en un producto rentable. Existe un mercado para esa narrativa. Y todo mercado termina produciendo aquello que más se consume.
El algoritmo no creó la narcocultura. Tampoco creó esta guerra. Pero encontró en ambas un contenido extraordinariamente rentable y hoy amplifica una violencia que ya existía.
Antes una ejecución aterrorizaba a quienes estaban presentes. Hoy alcanza a cientos de miles de personas que jamás estuvieron ahí. El mensaje era local. Hoy es potencialmente global. Y las plataformas ganan dinero mientras la gente permanece mirando. Hoy la audiencia forma parte. El asesinato deja de ser únicamente un crimen para convertirse también en un acontecimiento digital que se replica, se comparte y permanece circulando mucho después de que termina la transmisión.
Recordemos el asesinato de la influencer Valeria Márquez, en mayo de 2025, mientras transmitía en vivo desde un salón de belleza en Zapopan, Jalisco. Un caso que se investiga como feminicidio. Distinto en circunstancia, pero con el mismo patrón de fondo: la muerte ya no solo ocurre, se retransmite, y una audiencia conectada la recibe antes de que exista siquiera un boletín oficial. El video se viralizó a nivel internacional.
¿Qué responsabilidad tenemos como audiencia cuando premiamos con vistas, compartidos y dinero aquello que reproduce la misma cultura que después decimos lamentar?
Lo que esto le hace a quien mira
El video llegó a mí sin pedirlo. Lo quité antes de que saliera el hecho violento. ¿Cómo llegó? Por el mismo algoritmo de noticias que ya venía consumiendo. Fragmentado, sin verificar, repetido por cuentas que no confirman nada antes de subirlo, mezclado con la desinformación de siempre. Eso también es parte del daño. No solo la muerte en sí. La exposición de miles de personas, muchas de ellas menores, a un asesinato real, sin filtro, sin advertencia, sin que nadie se detenga a preguntar si debía circular así. Quitamos el video, cerramos la aplicación, apagamos el celular o la pantalla, pero ahí no se queda el impacto, éste continua. Afecta la psique.
Aun sin verlo, tuve pesadillas de balaceras; desperté pensando en mi familia, preocupada; pensé en mi familia que tiene años que no vive aquí, sentí alivio por ellos. Mi hijo supo de la noticia, le preguntamos cómo se siente respecto al hecho: miedo de transitar por la ciudad y por los riesgos de compartir o transmitir cualquier tema por internet. Por primera vez en mucho tiempo, pensé en irnos también.
Plebes, la violencia no sólo hiere a quien la sufre directamente. También transforma la vida de quienes la observamos. Cambia nuestras conversaciones, los lugares por donde circulamos, las escuelas que elegimos para nuestros hijos, las horas en que regresamos a casa y, poco a poco, hasta el lugar donde imaginamos nuestro futuro.
No es normal, plebes
No es normal que no sepamos distinguir entre entretenimiento, propaganda y violencia; cuando aceptamos que el algoritmo puede convivir con la muerte sin cuestionarlo demasiado. Anoche no sólo asesinaron a un joven. También quedó expuesta la sociedad que llevamos años construyendo frente a una pantalla.
Durante años vimos crecer un mercado que convirtió esa estética en un producto rentable y que nos estaba vaciando. Como sociedad, contribuimos a darles vistas, seguidores, mercado y rentabilidad a un imaginario construido sobre la misma violencia que nos está quitando a la generación que debía construir y fortalecer un mejor Sinaloa.
La muerte no apareció de pronto en nuestras pantallas. Lleva años entrando poco a poco, disfrazada de música, humor, estilo de vida, memes, corridos, lujo, automóviles y personajes. Anoche se materializó en un live.
No es normal ver morir a alguien mientras haces scroll o ves una transmisión en vivo. No es normal que la misma lógica que antes usaba el crimen organizado para aterrorizar (difundir, exhibir, advertir) hoy la operan las mismas plataformas que monetizan nuestra cercanía con esa estética. Y no es normal que una ciudad entera aprenda a procesar un asesinato en vivo con la misma velocidad con la que pasa al siguiente video.
No es normal. No es normal ni la muerte, ni el silencio con la que la administran, ni el engagement digital con que ahora la recibimos. Culiacán, repite conmigo, otra vez, hasta que deje de hacer falta repetirlo: no es normal.

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