¿Y si uno de los monstruos más peligrosos de nuestro tiempo no estuviera escondido en una guerra, una crisis o una pantalla, sino dentro de nosotros?
Ahora que unos días estuvieron de moda otra vez los griegos, conviene recordar que ellos tenían un nombre para él: Erisictón.
Cuenta el mito que Erisictón, rey de Tesalia, decidió talar un árbol sagrado consagrado a Deméter. No importaron las advertencias. Quería la madera y estaba dispuesto a destruir lo que fuera necesario para obtenerla. Deméter, enfurecida, lo castigó con una maldición terrible: un hambre que jamás podría saciar.
Erisictón comía, pero seguía teniendo hambre. Comía más y volvía a tener hambre. Vendió sus bienes, después vendió a su propia hija y terminó consumiendo todo lo que tenía. Al final, aquella hambre terminó devorándolo a él mismo.
Qué extraño resulta que una historia de hace más de dos mil años pueda describir con tanta precisión al hombre moderno.
Solo hemos cambiado el objeto de nuestro apetito.
Ya no queremos talar el árbol sagrado para conseguir madera. Queremos el automóvil nuevo, el teléfono nuevo, la casa más grande, el viaje más exclusivo, la ropa que está de moda, la experiencia que todos están compartiendo. Y cuando finalmente lo conseguimos, ocurre algo desconcertante: durante un instante estamos satisfechos… y después volvemos a tener hambre.
¿No nos ha pasado?
Compramos algo que durante meses deseamos y, poco tiempo después, ya estamos mirando el siguiente producto. Alcanzamos una meta y enseguida aparece otra. Conseguimos aquello que pensábamos que nos haría felices y descubrimos que la felicidad tenía fecha de caducidad.
Entonces volvemos a comprar.
Quizá ese sea el gran triunfo del consumo moderno: no necesita que dejemos de desear. Necesita exactamente lo contrario. Necesita que nunca estemos satisfechos.
El problema no es consumir. Consumir es parte de la vida. El problema comienza cuando dejamos de utilizar las cosas y empezamos a utilizarlas para llenar vacíos.
¿De qué sirve tener más si cada vez necesitamos más para sentir que tenemos suficiente?
Erisictón es una metáfora incómoda porque su tragedia no consistió simplemente en comer demasiado. Su tragedia fue haber perdido la capacidad de decir: “basta”.
Y quizá esa palabra —basta— sea una de las más revolucionarias que podemos pronunciar hoy.
Basta de confundir comodidad con felicidad. Basta de pensar que nuestro valor depende de lo que podemos comprar. Basta de creer que cada deseo merece ser satisfecho inmediatamente.
Vivimos en una época en la que la publicidad conoce nuestros deseos, los algoritmos los observan y el mercado aprende a convertirlos en necesidades. Cada día alguien intenta convencernos de que todavía nos falta algo.
Y mientras tanto, nosotros corremos detrás de aquello que supuestamente nos hará sentir completos.
Pero ¿qué pasa si nunca llegamos?
Los griegos comprendieron algo que seguimos aprendiendo a golpes: una vida buena no consiste en satisfacer todos nuestros deseos, sino en aprender a gobernarlos.
Quizá por eso Erisictón sigue vivo.
Está en el teléfono que cambiamos aunque el anterior todavía funciona. En la compra que hacemos para sentirnos mejor. En la necesidad de aparentar que tenemos más. En esa carrera silenciosa en la que todos corremos, aunque nadie recuerde exactamente hacia dónde.
Y aquí está la pregunta que deberíamos hacernos antes de nuestra próxima compra:
¿Realmente lo necesito o simplemente tengo hambre?
Porque tal vez el peligro de nuestro tiempo no sea tener demasiado.
Tal vez sea no saber cuándo es suficiente.
Erisictón quiso consumirlo todo y terminó consumiéndose a sí mismo.
No permitamos que nuestra época nos haga exactamente lo mismo (aunque creo que vamos perdiendo).

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