“Es un partido de fútbol. Punto. No es más que eso”, respondió en seco Lionel Scaloni, técnico de la selección argentina, al ser cuestionado por un periodista, el día previo al juego entre Argentina e Inglaterra por el pase a la final de la Copa del Mundo. Era una clara alusión a la rivalidad histórica y política entre ambas naciones, dentro y fuera de la cancha, por parte del reportero. Scaloni, en cambio, quería ubicar el partido sin trascender ese rectángulo verde en el que veintidós jugadores disputan un balón.

Sin embargo, después de ver el juego semifinal en el que Argentina le dio la vuelta al marcador contra Inglaterra, viniendo de atrás, perdiendo uno a cero en el segundo tiempo, logrando remontar con un golazo de Enzo Fernández y otro más Lautaro Martínez, y sin ninguna ayuda del VAR, en definitiva, no podemos insistir que esto es sólo un partido de fútbol. Es imposible. No hay manera de sostener esa teoría. Sencillamente, tal como lo dice la canción Muchachos ahora nos volvimos a ilusionar, de La Mosca: “No te lo puedo explicar porque no vas a entender”.

Para este torneo, por cierto, el tema que identifica a esa selección, es No me arrepiento de este amor, de Gilda, convertida ahora en canción de cancha, y que, sobre su melodía, hinchas y jugadores argentinos corean una y otra vez en una estrofa: “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo, Argentina quiero verte bicampeón”.

Por supuesto que es mucho más que fútbol. Por eso se encienden las redes con las intervenciones del Video Assistant Referee (VAR) en un partido que termina ganando Argentina.

Hace 40 años, en el mundial de México 86, durante un juego de cuartos de final contra Inglaterra, cinco minutos después del gol con “la mano de Dios”, Maradona anotó el “gol del siglo”, en una mágica y extraordinaria jugada individual que la celeste y blanca todavía sigue festejando, y no precisamente sólo por ganar un partido de fútbol. Dos a uno terminó el marcador, favor Argentina. Era una revancha por la guerra de Malvinas. De ahí la metáfora de la canción de Calle 13, Latinoamérica, que dice en un verso: “soy Maradona contra Inglaterra anotándote dos goles”.

Cuatro décadas después, en el Mundial 2026, en la fase de eliminatorias, previo a la semifinal, la selección argentina había ganado dramáticamente tres partidos a muerte, dos ellos en tiempos extras, primero contra la increíble Cabo Verde, en dieciseisavos; luego contra el duro Egipto en octavos, y después contra la organizada Suiza en cuartos de final. Todo ellos con épicos desenlaces, en los que Argentina ganó dejando el alma en la cancha.

En cada uno de esos tres partidos, hay que reconocerlo sin gambetas, futbolísticamente hablando, se dió algún tipo de intervención del VAR: goles anulados, tarjetas revertidas, faltas que terminaron en penaltis. Internet se convirtió en el centro de la discusión (como si no fuera suficiente la política, ahora también el fútbol), entre quienes aseguran que la FIFA tiene preferencia por la albiceleste y quienes simplemente disfrutamos de esta hermosa pasión.

Entonces tocó el turno del duelo semifinal, y sencillamente Argentina demostró, otra vez contra Inglaterra (no existen las coincidencias), su auténtica grandeza futbolera, en un partido en el que, hay que reconocerlo también sin regateos, no existió ninguna intervención del VAR.

Tenían que ganar así. Sin ningún lugar a dudas, con una épica remontada. Con garra, con talento, con carácter y con mucho amor por la pelota.

Por eso enamora tanto el fútbol, al grado tal que ni siquiera la tecnología más avanzada puede perfeccionarlo. Al contrario, termina por estropearlo. Se pierde su más pura esencia. Incluso se corre el riesgo de convertirlo en otra cosa. En los 102 partidos disputados hasta ahora, los árbitros centrales han comunicado por el sonido del estadio al menos 38 decisiones surgidas de revisiones formales del VAR, de acuerdo con un conteo preliminar del Network Science Institute de la Northeastern University. Esta cifra ya supera las 30 intervenciones registradas en Qatar 2022 y duplica prácticamente las 20 de Rusia 2018, el primer Mundial en el que se utilizó esta tecnología, según la agencia Reuters. A este paso, pareciera que estamos inventando otro deporte.

Porque lo que para unos es justicia, para otros es favoritismo. Y, porque a pesar de que hay cien cámaras captando la misma jugada desde todos los ángulos posibles, y la repetición se transmite en vivo para el mundo entero, a final de cuentas, luego de una exhaustiva revisión con otros árbitros de cabina, y al conocer la decisión final del árbitro central, todavía nos quedan dudas.

Algo similar ocurre en México, donde destinamos cantidades millonarias de dinero a financiar con recursos públicos la organización de las elecciones, y de cualquier manera, dada la terrible desconfianza, para evitar fraudes, los funcionarios de casilla tienen que contar en presencia de todos los partidos políticos, uno por uno, y a mano, los votos de los ciudadanos. Y al final, luego de resolver cualquier cantidad de impugnaciones, el resultado lo valida un tribunal de justicia electoral.

Por suerte aún nos queda el fútbol. Se viene la final entre España y Argentina. Comienzan a brotar los datos curiosos, las estadísticas, las coincidencias. Es la primera vez que ambos equipos se enfrentan en una final. Ninguno de los dos pudo ganarle en tiempo reglamentario a Cabo Verde, equipo africano revelación de este mundial. Las dos naciones hablan español. Las dos han ganado el campeonato del mundo. Argentina tres veces, en 1978, 1986 y 2022, y España una sola vez, en 2010. Las dos selecciones llegan invictas al último partido, España recibiendo un solo gol. Europa contra América. Los dos continentes donde más se practica el fútbol. ¿Quién ganará? Hagan sus apuestas. La suerte está echada, dijo Julio César, el emperador romano que desafió al Senado al cruzar El Rubicón. Nos vemos el domingo. A disfrutar de esta gran pasión.

Édgar Francisco Hernández Cervantes, “Borre Hernández”.

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