Ya salieron a decir que el deporte, la cultura y talleres de actividades recreativas van a salvar a los niños y adolescentes de la violencia.
La semana pasada, en su visita a Sinaloa, funcionarios federales anunciaron programas para alejar a los jóvenes de la delincuencia mediante espacios comunitarios, apoyo psicológico y campañas en escuelas para advertir los riesgos de involucrarse en actividades criminales
Aunque la agenda se lee positiva, también es limitante y hace ruido desde el momento que pone la responsabilidad en los adolescentes. Como si estos no supieran que ser “puntero” implica algún peligro. Como si nadie les hubiera avisado que pueden terminar asesinados, desaparecidos o en prisión.
Como si el problema fuera (¡vaya!) la falta de información….
La mayoría de los jóvenes sabe lo que implica. Lo que muchas veces no tienen es otra opción que les parezca posible.
El crimen organizado no escoge niños al azar. No pasa una camioneta y le ofrece “chamba” al primero que encuentra.
Observan. Identifican necesidades. Saben quién dejó la escuela, quién vive violencia, quién está solo, y quién está desesperado por encontrar una salida.
Conocen perfectamente dónde están las grietas. Por eso deberíamos preocuparnos, porque parece que los grupos criminales entienden mejor las vulnerabilidades de ciertas comunidades que las propias instituciones.
Por eso, las propuestas de “mantener la mente ocupada” o “concientizar” en las escuelas, resultan ser, en su mayoría, ingenuas. Empezando porque muchas de esas adolescencias, las más vulnerables, ya ni siquiera están en los espacios donde llegan estas dinámicas
Muchos de esos niños y adolescentes que mañana portarán un arma, hoy ya no están en la escuela. Muchos han sido desplazados por la violencia. Otros viven en colonias donde la presencia del crimen es mucho más constante que la presencia del Estado. No estamos hablando de muchachos que necesitan una cancha de fut y un taller de manualidades. Estamos hablando de jóvenes que crecieron viendo cómo faltan oportunidades, cómo la pobreza se hereda y cómo la violencia está impregnada en todos los espacios de su vida cotidiana
¿Cómo pretenden rescatar a un niño de las armas con un club de lectura, si ese niño tiene que resolver necesidades familiares urgentes?
¿Cómo instalar sueños en las infancias cuya vida cotidiana consiste en sobrevivir?
¿Cómo competir con un reclutador, que ofrece dinero hoy, usando un programa que promete oportunidades ‘algún día’?
Claro que hacen falta espacios deportivos y culturales, pero también hacen falta cosas mucho menos espectaculares, como escuelas que no expulsen estudiantes, transporte accesible, atención psicológica permanente, acceso gratuito a salud de calidad, oportunidades laborales para las familias, protección frente al reclutamiento forzado y una investigación seria de las redes que se benefician de explotar a menores.
El problema no empieza cuando el adolescente acepta ser puntero; sino mucho antes, cuando el Estado aparece únicamente para advertir sobre los riesgos, pero no para garantizar derechos humanos básicos.
Lejos de partirnos la cabeza por convencer a los jóvenes de que no entren al crimen organizado, deberíamos estarnos cuestionando por qué quienes reclutan parecen conocer mejor sus necesidades que quienes tienen la obligación de protegerlos.

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