El calendario avanza implacable y, casi sin darnos cuenta, junio llega a su fin. Durante cuatro semanas, las principales avenidas del mundo se tiñeron de arcoíris. Vimos marcas multinacionales cambiar sus logotipos, gobiernos colgar banderas en sus fachadas, camiones alegóricos llenos de música y a miles de personas tomando las calles en una celebración y protesta vibrante de la diversidad. Ha sido, como cada año, un despliegue de visibilidad necesaria y revitalizante.
Pero la siguiente semana ya es julio. Las banderas comienzan a ser guardadas en cajas, las carrozas se desmontan, los avatares corporativos regresan a sus colores sobrios tradicionales y la euforia colectiva empieza a diluirse en la rutina diaria. Ante este escenario, surge una pregunta incómoda pero inevitable: ¿Se termina el Orgullo? ¿Qué pasa ahora con la diversidad?
La respuesta corta es que NO, el Orgullo no se termina, porque la existencia no es estacional. Sin embargo, la respuesta larga nos obliga a una profunda reflexión sobre la diferencia entre la celebración de la diversidad sexogenérica y la práctica de la inclusión.
El peligro más grande de encasillar el movimiento LGBTQ+ en un solo mes es la comodidad social. Existe el riesgo latente de que la sociedad civil y las instituciones sientan que ya “cumplieron con su cuota” anual de empatía. Es lo que en la teoría social se ha denominado popularmente como “pinkwashing” o lavado rosa: el fenómeno por el cual empresas y figuras públicas se visten de aliades durante treinta días para generar simpatía (y ganancias), pero mantienen un silencio sepulcral el resto del año frente a las desigualdades estructurales.
El verdadero reto empieza justamente ahora. Lo que sigue no es el silencio, sino la transición de la visibilidad a la acción legislativa, educativa y cultural cotidiana.
La diversidad no es una temática de temporada; es una realidad humana constante. Una persona trans no deja de enfrentar barreras para acceder a un trabajo digno el 1 de julio. Una pareja del mismo sexo no deja de buscar entornos seguros para criar a sus hijes cuando se acaba junio. Les jóvenes que sufren acoso escolar por su orientación sexual o identidad de género necesitan aulas seguras durante todo el ciclo escolar, no solo cuando entra junio, o bueno desde el 17 de mayo.
Por lo tanto, el fin del mes del Orgullo debería entenderse no como un cierre, sino como una rendición de cuentas. Es el momento de auditar lo prometido. Es hora de preguntar a las empresas que marcharon: ¿Cuántas personas de la comunidad ocupan puestos directivos en su organigrama? Es el momento de exigir a les políticos que sonrieron en las fotos: ¿Cuándo se van a debatir las propuestas de trabajo que ya se entregaron o los presupuestos para la salud mental de las minorías?
Lo que sigue es la construcción de una empatía de baja intensidad, pero de alta resistencia. Ya no necesitamos la espectacularidad de las marchas (que tiene su propio valor político e histórico y muy necesarias), sino el compromiso silencioso y firme en los espacios cotidianos. Sigue la cena familiar donde se frena un chiste homofóbico, lesbofóbico o transfóbico; sigue la junta de recursos humanos donde se revisan los sesgos inconscientes al contratar; sigue la escuela donde se educa en el respeto a la diferencia.
La diversidad sexogenérica, al final del día, no es un destino al que se llega una vez al año para tomarse una fotografía. Se debe visibilizar y reconocer diariamente. Si el Pride nos sirve para recordar de dónde venimos -de las revueltas de Stonewall, de la resistencia frente a la persecución y el estigma-, el resto del año nos debe servir para decidir hacia dónde vamos.
Pasado junio, la bandera del arcoíris se desvanece de los escaparates comerciales, y quizá sea lo mejor. Así nos quitamos el filtro comercial y nos quedamos con lo esencial: las personas. El Orgullo no se termina porque no es un evento en una agenda; es la dignidad reclamando su derecho a existir en tiempo presente, los 365 días del año.

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