Agosto terminó convertido en el mes con más feminicidios de lo que va del año en Sinaloa. La propia Fiscalía reconoció el repunte y la entidad volvió a aparecer en el primer lugar nacional. Ajá, otra vez. Como si hasta para asesinar mujeres tuviéramos vocación de podio.
La diferencia en esta ocasión es que, ya ni siquiera alcanzamos a recordar las identidades. Las colectivas feministas actualizan sus listas y cuando apenas colocan un punto en el mapa, ya están anunciando una nueva víctima.
Esta ciudad de moños negros, que más bien aplica a todo centro y sur del estado, nos ha moldeado una capacidad cada vez más sofisticada para impregnarnos el luto como algo cotidiano. Un ejemplo de esta normalización fue lo ocurrido durante el fin de semana, en víspera del Día Internacional de las Victimas de Desaparición Forzada. No es necesario explicar por qué en Sinaloa una fecha así tendría que sacudirnos.
El sábado 29 hubo concentraciones en Los Mochis, Culiacán y Mazatlán. Evento convocado a través de diversos colectivos con el fin de visibilizar la violencia, abandono estatal e inseguridad; así como los problemas de la creciente militarización. En la capital sinaloense el espacio se compartió con la vigilia que realizan las madres buscadoras; aún así, la asistencia fue pequeña. En Mazatlán y Los Mochis el número de asistentes fue de 13 y 7 personas respectivamente.
Al mismo tiempo, en Culiacán, pasaba también la VaqueRun, una actividad organizada desde las instituciones del estado que reunió a cientos de personas a disfrutar de música, caminata y baile al ritmo de la tambora. Al igual que los pasados festejos por el mundial, esta actividad contó con bastante aglomeración.
Si, ya sé que la gente también tiene derecho a divertirse. No todo puede ser lágrimas y desgracia. Pero también hay que recordar constantemente que divertirse y exigir justicia pueden coexistir.
No vamos a apuntar con desapruebo a los asistentes de la VaqueRun, tampoco se trata de hacer una competencia sobre quien tiene mas conciencia social. Más bien, lo que busca este texto es preguntarnos qué estamos haciendo con nuestra capacidad de indignarnos.
Vale la pena considerar qué, más que -apatía- estamos cansados.
Vivir en alerta, leer noticias, acompañar dolores de las familias sí provoca un desgaste tanto físico como mental. Pero el problema con el cansancio es que sino lo vigilamos de cerca evoluciona a costumbre. Y la costumbre además de peligrosa es bien traicionera, porque mientras vamos suavizando el panorama, una madre buscadora fue atacada a balazos junto a su hija. Alma Rosa Rojo sobrevivió a un atentado que, además de intentar callarla, vuelve a recordarnos que en Sinaloa buscar desaparecidos también te vuelve objetivo de ataques, y aún así, la gente prefiere no involucrarse. Como si el dolor fuera algo muy ajeno.
Incluso pareciera que últimamente hay más quejas por el calor que por las cifras de asesinatos y desapariciones. Pudiéramos pensar que quizá, la mayoría de la gente ya ignora lo que sucede, que ya no leen noticias, que ya no se enteran de que mataron a alguien incluso a la vuelta de su casa. Lo gracioso es que, aunque uno bloquee los canales de noticias, y solo tratemos de divertirnos en redes sociales, más de un contacto comparte un epitafio, una foto en blanco y negro y una leyenda de “no dejaremos de pedir justicia”. Lo gracioso es que, aunque la rutina de uno se limite a ir al gimnasio, al trabajo y esperar otra VaqueRun, el camino está lleno de casas y negocios con moños negros, locales quemados, negocios cerrados, calles con cinta amarilla o el vehículo de la SEMEFO estacionado en una esquina al azar.
Realmente no importa tanto cuantas personas fueron a la manifestación del fin de semana. Importa más que todavía podamos llenar una calle para celebrar en medio de todo este contexto…
Una cosa es seguir viviendo, y otra, muy distinta, es conformarnos con sobrevivir.
Yo no quiero una ciudad de moños negros, quiero una ciudad que todavía sepa quitárselos…

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