De los 500 diputados federales que conforman la cámara baja del Poder Legislativo mexicano, ¿Cuántos realmente serán útiles? Y de los 128 senadores de la República que completan la representación legislativa en nuestro país ¿Cuántos valdrán la pena? A menudo solemos repetir frases como: “los diputados no sirven para nada”, “los senadores son una bola de huevones”, muchas veces con justificada razón.

Esta columna no busca que cambie usted la respetable opinión -seguramente bien ganada- de sus representantes populares, no se trata de hablar bien de regidores, diputados locales, federales o senadores. Pretendo ir más allá, más allá de los datos de improductividad que todos conocemos, más allá de la falta de oficio político y los valores democráticos que deben privilegiarse en los congresos.

No pretendo defender legisladores y legisladoras indefendibles, sino el papel que idealmente tienen  estos espacios de representación política en la construcción y consolidación de las democracias emergentes como la nuestra. Las soluciones sencillas a los problemas complejos, no siempre son las mejores. Decir, “quiten a los diputados y comiencen con los plurinominales”, es un balazo en el pie para una democracia inmadura como la nuestra.

Por muchos años nos enseñaron que la democracia era un juego de alcanzar mayorías. De pronto cada cierto tiempo hay proceso electoral, se hace una campaña, los candidatos se pasean y hacen mítines, ponen horribles comerciales en la radio, televisión y redes sociales, prometen de todo y regalan alguno que otro cachivache como llaveros, mandiles y paraguas. Pasada la elección nos reunimos un domingo a votar en la urna y ahí los números fríos dictan quién gana y quién pierde.

La democracia participativa y pluralista apuesta por algo más que eso, otorga una representación proporcional a los que pierden, un espacio para aquellos que idealmente no son afines a la mayoría. No es lo mismo perder por 1 voto que por 100, o por un millón. Las proporciones importan porque en ese sentido se deben conformar los espacios deliberativos, los espacios en donde se deben escuchar las voces de todas y de todos.

Ya sé que me van a decir -y con justa razón- que hace muchos años que los congresos mexicanos (locales y federales) dejaron de ser espacios deliberativos, y que los que están ahí parecieran ser sordos ante la crítica, ciegos ante la injusticia y mudos frente a la desigualdad. Pero el error y la falta de los que están haciéndolo mal, no debe ser motivo para cancelar el espacio para que puedan llegar otros para hacerlo mejor.

Me refiero en particular a la reducción de espacios en los congresos, en particular en la pretendida idea de “eliminar” las diputaciones plurinominales. Esta idea es una verdadera trampa, se escucha formidable, inteligente y moderna, pero en realidad oculta tras de sí un proceso de regresión política y un riesgo al unipartidismo o al centralismo absoluto del poder. Y en los absolutismos hasta el más santo peca.

La propuesta de eliminar diputados plurinominales suena tentadora porque los mismos representantes de partido o también llamados legisladores de lista, no han sabido transmitir la importancia de sus quehaceres. Por el contrario, desde la comodidad de sus espacios ganados por otros en la urna, los plurinominales se ufanan de ser de una “clase privilegiada” en las cúpulas del poder de sus instituciones políticas. Aquí está el primer gran error.

Soy un férreo defensor de la figura de la representación proporcional, la inclusión de minorías y las candidaturas plurinominales, por lo que estos espacios de contrapeso al poder, idealmente, deben representar. No comparto la idea de que deban ser reducidos, eliminados o desaparecidos del sistema electoral mexicano, pero coincido plenamente en que debe existir una reforma profunda, respecto al acceso de las minorías al Poder Legislativo.

Coincido con académicos y líderes sociales que hablan de entregar espacios de representación en las cámaras y cabildos a la oposición, en medida de sus resultados en la urna como segundo o terceros lugares, pero eso sí, todos trabajando en territorio, haciendo la labor en la calle, buscando el voto y empapándose de la realidad de sus representados al recorrer los distritos y territorios.

Tanto me apasiona el tema que actualmente estoy trabajando una tesis doctoral sobre ello, sobre la representación política de las minorías en los cabildos de los Ayuntamientos, en la posibilidad de generar nuevos modelos de liderazgo territorial y de verdaderos representantes populares que finquen su fortaleza en una representación política que venga desde abajo. Estoy convencido de que: “para que la política sirva, tiene que representarnos desde su primigenia esencia”. El espacio de representación plurinominal sí sirve, los que no sirven son los “pluris” que tenemos agusto!!!. Luego le seguimos….

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO