Pensemos en una empresa mediana. Ese tipo de negocio paga fácilmente cincuenta mil pesos al mes en cuotas al IMSS por sus colaboradores. Es un gasto fijo, mes con mes, sin excepción, le vaya bien o mal al negocio. Y, aun así, cuando alguno de esos trabajadores necesita una cita con el médico familiar, batalla semanas para conseguirla.

Las cuotas obrero-patronales se calculan sobre el salario base de cotización de cada trabajador, y la parte más grande la paga el patrón: entre 27% y 31% del salario, según la clase de riesgo de la empresa, contra el 2.3%-2.8% que se le descuenta al trabajador en su nómina. Ese porcentaje cubre enfermedades y maternidad, invalidez y vida, guarderías, riesgos de trabajo, y retiro-cesantía-vejez, este último ramo subiendo poco a poco desde la reforma de pensiones de 2020 y que va a seguir subiendo cada año hasta 2030. O sea que la cuota patronal ya es alta, y todavía le falta crecer.

Aclaro algo, porque no quiero meter a todas las empresas en el mismo costal: hablo de las que sí cumplen. Porque también existen las que no dan de alta a su gente, o las dan de alta con un sueldo muy por debajo del real para pagar menos cuota, dejando a sus colaboradores con derechos de baja calidad o prácticamente nulos el día que los necesitan. Esa es otra falla, distinta a la que quiero platicar hoy, y tan grave o más: ahí ni siquiera hay cuota que reclamar, porque el colaborador nunca tuvo acceso real desde un principio.

Del otro lado, los datos de calidad del servicio no acompañan ese esfuerzo. La Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) 2025 del INEGI encontró que apenas 43.3% de los usuarios del IMSS se dijo satisfecho con el servicio, cifra que cayó respecto a 2023, con la falta de medicamentos como una de las principales quejas. Las mediciones de tiempos de espera más citadas son de la Ensanut 2016, y ya desde entonces un derechohabiente del IMSS esperaba en promedio más de una hora para que lo atendieran en primer nivel. Por lo que cuentan colaboradores y colegas, esa cifra no anda muy lejos de lo que se vive hoy en muchas unidades del país.

Algunas empresas cumplen con la ley cuando pagan puntualmente sus cuotas al IMSS; ahí termina su responsabilidad legal. Que las clínicas funcionen, que haya médicos especialistas suficientes, que no falten medicamentos, que los tiempos de espera bajen, todo eso depende de decisiones presupuestales y administrativas que le tocan al Estado, no al patrón. El problema es que el colaborador no vive esa separación: para él, la empresa lo aseguró, y si el servicio falla, la que falló fue la empresa.

Esa distancia entre la responsabilidad legal y la responsabilidad que la gente percibe es, para mí, el fondo del asunto. Desde RSE hablamos mucho de corresponsabilidad entre gobierno, empresa y sociedad para el bienestar de las personas, pero casi siempre lo hablamos en abstracto. La cuota patronal al IMSS es corresponsabilidad de la forma más concreta y menos discutida: dinero real, mes con mes, que sale de la empresa hacia una institución pública cuyo desempeño la empresa no controla ni puede exigir directamente.

No tengo una solución fácil que ofrecer, y desconfío de quien diga que sí la tiene. Pero sí creo que las empresas —sobre todo las que hacemos de la responsabilidad social una función formal— tenemos que dejar de ver la cuota del IMSS como una línea más en la nómina y empezar a verla como lo que es: una inversión en bienestar cuyo resultado no depende solo de nosotros. Eso no significa que la empresa quede libre de responsabilidad frente a su gente, ni que la única salida sea sacar más dinero de la bolsa. No todas las empresas tienen el recurso para pagar convenios con clínicas privadas o un seguro de gastos médicos mayores a sus colaboradores; a muchas simplemente no les alcanza. Por eso también nos toca exigir, como sector, que las instituciones mejoren el servicio que ya estamos pagando: participar donde se pueda, alzar la voz en cámaras y organismos empresariales, no conformarnos con pagar y quedarnos callados. Y donde sí haya margen, complementar con seguros de gastos médicos, convenios con clínicas privadas, o al menos con la honestidad de explicarle a la gente qué cubre y qué no cubre esa cuota que ve descontada cada quincena.

Al final, las personas terminan pagando dos veces por el mismo derecho: una al IMSS, por ley, y otra a un médico particular, por necesidad. Esa es, quizás, la corresponsabilidad real que estamos ejerciendo hoy las empresas mexicanas: cumplir con el Estado y después suplirlo.

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