Por: Nuria González Elizalde, directora general de Mexicanos Primero Sinaloa
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En Sinaloa, como en muchas regiones del país, buena parte de la conversación pública sobre las mujeres suele concentrarse -con razón- en la violencia de género. Se trata de un problema urgente que debe atenderse. Pero la desigualdad entre mujeres y hombres también se construye de formas menos visibles y, muchas veces, desde la etapa de la infancia y en las oportunidades reales que tienen las niñas para estar en la escuela, aprender y desarrollar su potencial.

La desigualdad entre mujeres y hombres no comienza en la universidad, ni en el mercado laboral ni en la vida pública. Empieza mucho antes, en las condiciones que permiten o limitan, que las niñas puedan desarrollar su talento desde los primeros años de vida.

La evidencia internacional muestra que millones de niñas crecen en contextos que condicionan sus trayectorias educativas desde temprano. El informe Child Poverty: Global, Regional and Select National Trends del Banco Mundial y UNICEF señala que, aunque niñas y niños representan cerca del 30 % de la población mundial, más de la mitad de quienes viven en pobreza extrema son menores de edad. En estos contextos, las oportunidades educativas se vuelven especialmente decisivas para romper ciclos de desigualdad.

La educación es una de las herramientas más poderosas para lograrlo. Diversos estudios del Banco Mundial han mostrado que cada año adicional de escolaridad en las niñas puede aumentar sus ingresos futuros hasta en un 20 %, además de mejorar su salud, su autonomía y el bienestar de sus familias.

Los resultados del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA) 2022, -aplicada a jóvenes de 15 años para medir habilidades en lectura, matemáticas y ciencias– muestran también el enorme potencial académico de las niñas. En promedio obtienen mejores resultados que los niños en lectura, con una ventaja equivalente a casi un año escolar de aprendizaje.

Estas diferencias no deben interpretarse como resultado de capacidades naturales distintas. Diversos estudios han señalado que factores como las expectativas sociales, los estereotipos de género y las condiciones del entorno educativo puede influir en las brechas de desempeño entre niñas y niños.

En México, las trayectorias educativas de las niñas y adolescentes siguen estando atravesadas por desigualdades de género que no siempre se expresan en el abandono escolar, sino en las rutas que se abren o se cierran desde temprano. Una de las más visibles aparece en las áreas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, donde menos del 30% de quienes estudian estas carreras son mujeres. Estas diferencias no responden a falta de capacidad, sino de estereotipos, expectativas sociales y contextos educativos que todavía no impulsan por igual el potencial de las niñas.

Las desigualdades que enfrentan niñas y adolescentes también aparecen en los datos oficiales. El Módulo sobre Ciberacoso 2024 del INEGI muestra que alrededor del 21 % de las personas usuarias de internet de 12 años o más ha sufrido algún tipo de violencia digital. Entre quienes la experimentan, las mujeres reportan con mayor frecuencia agresiones de tipo sexual (como insinuaciones o mensajes sexuales no solicitados), formas de violencia que afectan especialmente a adolescentes y mujeres jóvenes. Estas experiencias también pueden afectar su bienestar emocional y su capacidad de concentrarse y aprender.

A ello se suma el embarazo adolescente. En Sinaloa, tan sólo en el último año se registraron más de mil ochocientos embarazos en niñas y adolescentes menores de 18 años, incluidos casos de niñas de entre 10 y 14 años. Cada uno de estos casos suele significar una trayectoria educativa que se vuelve más frágil y un futuro más difícil de reconstruir.

Cuando estas condiciones afectan las trayectorias educativas de las niñas, también se compromete su derecho a aprender y, con ello, su futuro. Desde Mexicanos Primero Sinaloa, hemos insistido en que el derecho a aprender no se reduce a que una escuela esté abierta, implica tres dimensiones inseparables: estar, aprender y participar, que hacen posible una trayectoria educativa plena.

Si queremos una sociedad más justa para las mujeres, la conversación sobre igualdad tiene que empezar mucho antes, en la infancia y en las oportunidades reales que tiene las niñas para aprender.

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