Debes cerrar tus ojos. De otra manera no verás nada.
Jan Švankmajer
Escribir sobre muchas personas roza lo desquiciado. Edgar Allan Poe mencionó, en el inicio de El entierro prematuro, que la desgracia siempre es particular, nunca general; es decir, que las grandes tragedias de la humanidad son particulares como una historia individual, de alguien que la padece, pero es difícil cuadrarlas como un hecho que vive toda una población o un grupo. Sin embargo, David Toscana tomó una anécdota, una nota al pie histórica, y la transformó en una novela que apuesta por la importancia de la imaginación.
El ejército ciego es el trabajo más reciente del autor regiomontano, con la que ganó el Premio Alfaguara de Novela 2025. La novela abre con un narrador que recupera una pregunta que muchas veces le han hecho en la cantina en la cual monologa: ¿por qué quince mil hombres se dejaron arrancar los ojos? Aunque más que una pregunta, advierte, es un reproche. Así, empieza a contar a sus interlocutores, y a los lectores, el hecho atroz ocurrido hace diez siglos, en el cual el Imperio Bizantino, tras la victoria contra los búlgaros, hace que los quince mil soldados derrotados hagan fila para que un grupo de hombres les arranque los ojos; después el ejército regresa caminando al Imperio Búlgaro, guiados por algunos soldados que fueron dejados tuertos, hasta que el emperador Basilio los ve llegar y de la impresión sufre un desmayo del que no se recupera y que lo lleva hasta la muerte.
Hasta ahí llega la anécdota histórica de la cual bebe Toscana. Pero es tarea del novelista contar no lo que pasó, sino lo que pudo haber pasado: por ejemplo, que una vez que los órganos estuvieran extirpados, unos pescadores se encargaran de quitarles los nervios y cualquier otro tejido, antes de colocarlos en frascos de salmuera que los soldados se llevaran a sus casas. O que al regresar a Bulgaria, los ojos fueron insertados en una cripta que decía “En tu luz veremos la luz”, una frase de San Cirilo. O que esto dejó a un país con toda una generación de hombres adultos, en el mejor de los casos, y de jóvenes, en el peor, discapacitados para vivir una vida social. Que los soldados ciegos fueron desdeñados, ultrajados y llenados de burla; al tiempo que tuvieron que acostumbrarse a vivir una nueva vida en la que ellos no podían ver al mundo, sino que tuvieron que imaginarlo. “Voy a narrar lo que no vi para que lo vea quien me escuche”, dice el narrador ante sus escuchas en la taberna.
Un crimen de guerra de esta magnitud altera a todo un país, hace que los ciudadanos que regresan sin ojos se transformen en otras personas. Es ahí donde la novela de Toscana se vuelve luminosa: en el hecho de imaginar qué tipo de vidas se viven una vez que se han perdido los ojos. Los que más sufren una discapacidad son los que pierden la función ya con mucha edad, no quienes crecieron con ella: un amigo con una discapacidad me contó el caso de un hombre que había perdido la movilidad de cadera hacia abajo, quien quería bajar las escaleras de su edificio, y se arrastró por los escalones, lastimándose las rodillas y la piel, de manera que cumplió su objetivo a cambio de hacerse daño. Al hablar del ejército ciego, David Toscana aprovecha para hablar sobre la capacidad de inventar nuestra propia realidad para no vernos agraviados por las limitaciones externas.
Por eso, si de la vista se dicen muchas cosas, como que no vemos todo el espectro total de los colores que nos rodean, que comer zanahorias mejora la capacidad de ver a la distancia, que si miras al excremento de un perro o directo al sol te saldrán pústulas en los ojos, esos mitos surgen de un miedo primordial: descender a la oscuridad, perder un sentido del cuerpo y tener que acostumbrarse a una vida sin imágenes. A las personas no nos gusta pensar mucho en la probabilidad de perder la vista, mucho menos de una manera dolorosa, y de repente mejor desdeñamos a los discapacitados porque no quisiéramos vernos en la misma situación; algunos de nosotros llegamos a pensar en ellos como personas defectuosas, hasta el punto de volverlos grotescos al perpetuar la narrativa de que son campeones de la vida que han luchado contra las mayores adversidades. Pero los discapacitados tienen sus propios anhelos: ya saben que la imaginación es un músculo que debe ser ejercitado.
Este tema no es nuevo en la obra de Toscana. Sus novelas siempre se centran en esa disociación del mundo y el cómo desean sus personajes que sea: ya sea en Santa María del Circo o en El último lector. De esa manera, Toscana recupera el tema principal de la que es considerada la primera novela moderna: lo importante no es cómo es el mundo el cual recorre Don Quijote, lo importante es encontrar una manera para vivirlo de acuerdo a sus ideales. He ahí su tragedia.
Para potenciar esto El ejército ciego está narrado desde una persona plural, es decir, una primera persona que se diluye en muchos personajes. Este elemento funciona en historias en las que se difuminan las identidades entre personajes que vivieron una experiencia similar. Edgar Allan Poe postula que las grandes atrocidades de la historia se postulan desde lo individual.
Pero Toscana entiende que incluso en un hecho colectivo los extremos de agonía se sufren en lo particular: en la vida de Kozaro, el escriba; en la de Aleksi; en la de Bronimir; en la del judío Moskono; y en la de Zósimo, el maestro sacaojos. Sin olvidar al joven Apóstol que sin ojos es inservible y que le encargan volverse el espantapájaros del pueblo.
Todo parte de un hecho atroz. Que todo un ejército quede ciego es una atrocidad estatal que busca nulificar a los pobladores de un estado enemigo, lo que ahora llamaríamos un crimen de lesa humanidad. Si te arrancan la vista, sólo queda la imaginación. “Mientras estuve dormido pude ver tantas cosas que ahora se apagaron”, declama el narrador.
Un escriba ciego reflexiona: “¿Acaso no había atroz martirio y santidad…?”. La atrocidad está ahí venga de los dioses o de los líderes, señala Toscana. Pero igual que los miembros del ejército ciego utilizan las palabras para imaginar el mundo que ya no pueden ver, David Toscana las utiliza para recrear un mundo en el que un grupo de ciegos tuvo que imaginar nuevas maneras de vivir y no ser olvidados.

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