Le llamamos política a aquello que tiene que ver con los partidos políticos o los gobiernos. Sin embargo, la definición más amplia de política es el conjunto de actividades, decisiones y normas que adopta un grupo de personas para organizar la convivencia en sociedad, resolver conflictos y repartir el poder o los recursos.
En cada acción o actividad que realizamos en sociedad, por la sociedad o en contra de ella, estamos haciendo política. Si cada ciudadano es un ser político, entonces no solo existen dos polos —izquierda o derecha— ni un puñado de ideas que los partidos dicen representar, sino millones de ideales distintos. Cada cabeza es un mundo.
Durante muchos años nos han adoctrinado para que pensemos que solo los partidos políticos poseen el monopolio de los ideales. Cualquiera que sea tu manera de pensar, nunca falta quien rápidamente te quiera clasificar como azul, rojo, guinda, verde, etcétera. No aceptamos que cada persona tenga libertad y autonomía de pensamiento y de ideales. Pero la realidad es que solo el 4.5 % de los mexicanos está afiliado a un partido político.
El 95.5 % de quienes no nos sentimos identificados ni representados por las ideas que plantean los partidos tenemos derecho a pensar como queramos: a estar de acuerdo o en desacuerdo con los planteamientos de unos y otros. No tenemos la obligación de seguir una línea, un dogma o reglas específicas para encajar en cierto grupo al cual ni siquiera pertenecemos.
Esto puede hacer mucho más complejo convencer a las masas de adoptar o seguir un mismo pensamiento, creer en la misma solución o aceptar la misma idea. Pero, al mismo tiempo, visto desde otra perspectiva, es muy simple: en vez de tratar de imponer las ideas, busquemos las coincidencias entre las mayorías. Esto puede llegar a ser un trabajo complicado si tratamos de ser muy precisos en la descripción de cada concepto, pero, de manera general, como sociedad debemos coincidir prácticamente en las mismas cosas.
Queremos seguridad, libertad y oportunidades para vivir una vida plena. Empecemos por ahí. Para ello, tenemos que organizarnos como sociedad para que exista un orden y, por lo tanto, se requiere una serie de reglamentos o normas de conducta que permitan la búsqueda de esa plenitud.
Con el paso del tiempo, esas mismas reglas se han convertido en los barrotes de una prisión que nos aleja cada vez más del objetivo deseado. En lugar de que los gobiernos desempeñen el papel de árbitros imparciales y administradores del bien colectivo, funcionarios y gobernantes se han engrandecido a raíz de lucrar con el poder y abusar de la confianza que les otorgó la propia ciudadanía.
El mayor culpable siempre será quien abuse de los poderes otorgados, traicione la confianza y engañe. Pero nada de esto podría suceder de no ser por una sociedad pasiva, permisiva e indolente que lo tolera.
Es por ello que debemos redoblar esfuerzos para desarrollar una sociedad civil organizada, participativa, exigente y demandante. A partir de ella podríamos aspirar a tener el gobierno que deseamos. De otra manera, es imposible pensar que cualquier persona o grupo de personas militantes de algún partido político pueda, por pura convicción, llegar a solucionar los problemas del país si no existe una ciudadanía crítica y unida que se lo exija.
Ya probamos esa fórmula muchas veces y siempre hemos obtenido el mismo resultado: gobiernos cada vez más opacos, más autoritarios y más corruptos. Pero, por alguna razón, preferimos creer que esta vez será diferente y que Fulano o Fulana, de un color u otro, tiene el poder para cambiar el mundo por sí solo, según nuestros deseos y conveniencias, mientras nosotros no movemos un dedo, no cambiamos ni invertimos. Lo único que estamos dispuestos a hacer —y solamente el 60 % de nosotros— es salir un día cada seis años a poner una X en un papel. No más.
Parece más fácil creer que la misma mentira que nos han contado millones de veces, por alguna razón, esta vez sí será verdad, en lugar de aceptar la realidad y ponernos a hacer lo que nos corresponde.
No le encuentro falla alguna a la frase que dice que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. La pregunta sería: ¿cuándo haremos lo necesario para merecer algo mejor?

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