Hace rato que les platique que este espacio, nuestro PRETIL, mi calumnia, más allá de ser la cuerda donde les exhibo mis inmundicias, pretende ser un espacio donde otra gente se anime a escribir y publicar. Quizá solo un texto y luego su propia calumnia. Nadie sabe, quizá demos el plumazo de oro y de acá nazca el próximo Novel de literatura.

Aunque la invitación sí las he hecho particularmente a lxs compas TRANS, no ha estado limitado a eso, es por eso que…

Acomódense; sírvanse un traguito, acérquense un taquito y porque no, hasta un humito y pasen a leer la pluma de “Un compa Iluminado”:

Las pequeñas impunidades

 

Hace algún tiempo, un maestro de la maestría se refería a ciertas conductas cotidianas de los sinaloenses con un nombre preciso: las pequeñas impunidades.

Faltas administrativas mínimas, repetidas hasta volverse costumbre. Pararte en doble o triple fila en cualquier lugar —del colegio a la carreta de tacos—, como si el espacio público fuera una extensión privada.

No hablo de la masa amorfa e ingobernable que a veces parece lapidar la ciudad. Hablo de ciudadanos —o de lo que se supone  que debería ser uno—. Como dice Serrat en Nada personal: “hijos de buenas personas”. Conductas que no escalan porque nunca pasa nada, pero que explican casi todo lo demás. Te los topas a diario, haciendo todavía más ardua la odisea que ya es circular por la ciudad de la metralla.

Hoy fui a un súper de mayoreo. Para evitar el caos habitual, entré por el bulevar Pedro Infante, me escabullí por un costado de lo que antes eran campos deportivos y logré incorporarme a la fila interminable de quienes esperan cargar gasolina. Evité entrar por el Malova y rogar que me cedieran el paso; preferí cederlo yo. Ahí apareció la primera escena: un conductor detrás de mí, tocando el claxon de forma desaforada. Al avanzar, bloqueó la salida de la gasolinería y colapsó el tráfico. Nadie entraba ni salía. Fueron los empleados quienes lograron que el de atrás cediera el paso. Fin del episodio. Aparentemente.

Al salir, ahora sí por el Malova, otra escena: una señora activó las intermitentes y decidió esperar —en plena entrada/salida— a que alguien desocupara un cajón. Detrás de mí, de nuevo, el claxon como si la vida dependiera de ello. Lo absurdo: había espacios disponibles por todos lados.

La cortesía, la paciencia y el orden no imperan. Y no por falta de espacio, sino por falta de disposición.

Contrario a la canción de Caifanes Aquí no es así, un grupo local cantaba hace años: Ni modo, así es aquí. Tal vez ahí esté el problema: en aceptar como identidad lo que en realidad es renuncia.

Un amigo, analista político, suele preguntar: ¿qué clase de sociedad vamos a ser cuando pase el temblor?

No lo sé. Pero lo que ya somos se revela todos los días en estas pequeñas impunidades.

Un compa iluminado.

 

Como seguro coincidirán conmigo y con mi compa, la gente tendemos a ser mierditas. Quizá nos sintamos las divinas envueltas en huevo cuando se trata de actos “grandes”; señalamos no con el dedo, con toda la mano a quienes los cometen. Pero, si se trata de “Las pequeñas Impunidades”, allí si, vamos por la vida impunemente.

Se lo lavan.

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