La violencia también sigue tendencias. Se adapta, se actualiza, cambia de formato cuando deja de causar impacto. No es solo matar, hay que venderse posicionarse, imponerse.
Los grupos criminales entendieron hace tiempo que la violencia no funciona únicamente como castigo, sino como mensaje, y que todo mensaje necesita audiencia e impacto sostenido.
Por eso la violencia opera como marketing.
Durante años, encontrar un cuerpo tirado fue suficiente.
Después vinieron las bolsas negras. Luego las hieleras de unicel con restos humanos acomodados con precisión. En Sinaloa aprendimos (sin haberlo pedido) que un hombre puede caber en dos hieleras si se sabe cortar bien. Aprendimos a distinguir entre una nota y otra, a reconocer el patrón, a seguir con el día.
Las hieleras se volvieron paisaje. Se normalizaron. Ya pasaron de moda. Y cuando algo deja de impactar, deja de servir.
La violencia, como cualquier estrategia de posicionamiento, necesita reinventarse para no desaparecer del radar. No se trata de un aumento espontáneo de crueldad, sino de una actualización de la publicidad. Hoy el mensaje es otro: cuerpos tirados en espacios de alto tránsito, con luz de día, con mutilación específica…
El cuerpo hallado la semana pasada en Plaza 4 ríos no fue solo un asesinato. Fue una decisión comunicativa. Un lugar concurrido, reconocible, cotidiano. Un cuerpo sin cara y un mensaje dirigido no a una persona en particular, sino a todos: “Aquí mandamos. Aquí podemos. Aquí no hay refugio”
Arrancar el rostro -acto que repitieron en otro cuerpo al día siguiente- convierte al desdichado en una advertencia anónima; replica que el cuerpo puede ser de cualquiera, que cualquiera podemos acabar así. El mensaje no necesita firma
Lo inquietante es que, el segundo hallazgo confirma la tendencia. No fue un “hecho aislado”. Fue la prueba de que el formato funciona. Que impacta, que circula, que se recuerda.
Como en cualquier campaña, si una estrategia logra atención, se replica.
La violencia como marketing necesita visibilidad. Por eso elige plazas comerciales, avenidas o malecones. No busca esconderse; busca interrumpir, insertarse en la rutina… Obliga a mirar, aunque sea de reojo. Obliga a saber y a recordarnos quienes tienen el control. Y nosotros, como audiencia forzada, aprendemos rápido. Nos horrorizamos, ajá, pero también incorporamos ese horror en nuestro día a día. Lo comentamos, lo compartimos, lo archivamos mentalmente y luego seguimos. No por insensibilidad, sino porque el terror también educa. Nos enseña hasta donde mirar sin quebrarnos del todo y a sobrevivir reduciendo la capacidad de asombro.
Esa normalización no es un efecto colateral, es parte del objetivo.
Una sociedad que se acostumbra al horror, es una sociedad más fácil de controlar. Menos propensa a organizarse, a exigir, a nombrar responsables. Cuando la violencia se vuelve paisaje, el miedo deja de ser explosivo y se vuelve constante y funcional.
Hablar de “escalada de violencia” se queda corto. Lo que hay es una escalada simbólica. Un refinamiento del mensaje. No son criminales improvisando atrocidades, son actores que entienden el valor del cuerpo como soporte publicitario y del espacio público como escenario.
El problema ya no es nomás ver cuántos cuerpos aparecen, sino qué es lo que nos están diciendo con ellos. Y lo que dicen es: el poder no necesita ocultarse, puede exhibirse. Puede despellejarte la cara afuera del centro comercial y seguir operando al día siguiente.
Tal vez la pregunta urgente no sea qué tan cruel puede volverse la violencia, sino cuanto más puede reinventarse antes de que dejemos de verla. Porque cuando el mensaje ya no es la muerte, sino la costumbre, el terror ya no necesita gritar: basta con estar
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