Si lo que queremos es un cambio real, tenemos que proponer algo distinto. No podemos continuar haciendo lo mismo que no ha funcionado una y otra vez y esperar que en esta ocasión si resulte como lo deseamos. Esa es la definición de locura.

Tendremos que hacer las preguntas correctas. Tenemos que escuchar a todas las voces, con las que coincidimos y con las que no. Armar en conjunto un proyecto centrado en una idea básica que tenga un propósito que compartamos comúnmente. La idea tiene que ser clara y atractiva. Después es imperativo trabajar juntos para lograr ese proyecto por encima de las filias y fobias de cada uno de nosotros, hay que superar los egos en búsqueda de un bien mayor.

Cuando hablo de juntos y de colectividad, es muy importante aclarar que no todos entran. Se tiene que buscar una masa crítica importante, pero eso no es excusa para incluir a personajes que en su momento traicionaron la confianza, se aprovecharon, se vendieron, se entregaron y propiciaron la situación en la que estamos ahora. No podemos aceptar a cualquiera. Trabajemos juntos en torno a una idea central, pero quienes lo hagamos debemos tener confianza en nosotros mismos, por eso no podemos incluir a quienes sabemos de antemano que se van a aprovechar de la situación para sacarle raja personal.

La desesperación está ocasionando que varias personas opten por buscar la salida fácil. Cambiar a un partido por lo opuesto, a un político por otro que en su discurso clame lo contrario. Pero en el fondo no podemos aspirar a que las cosas mejoren si repetimos la misma maniobra. Se tiene que trabajar en un proyecto unificador, después integrar a las personas que genuinamente compartan ese objetivo y esos valores fundamentales. A partir de eso habrá que elegir a los mejores equipos y perfiles que puedan llevar a cabo ese proyecto, siempre y cuando permitan ser evaluados y supervisados constantemente por diversos grupos de control ciudadano.

Pero por esa desesperación, falta de idea y desesperanza hay quienes lo quieren hacer al revés. Y así no funcionará. Hay quienes insisten en la búsqueda de un líder, un salvador, un héroe que venga y solucione todo por nosotros sin que nosotros tengamos que mover un dedo más allá de tachar su nombre en una boleta. Pero la vida nos ha enseñado que el poder absoluto corrompe absolutamente.

Sin una ciudadanía fuerte y participativa colaborando en torno a un propósito común, quien represente al poder tendrá un cheque en blanco para hacer lo que quiera. Si como ciudadanos no somos capaces de organizarnos y exigir con la fuerza y contundencia suficiente, quien esté al frente seguirá sirviéndose con la cuchara grande a costa de todos nosotros.

Lo más importante en este momento es enfocar nuestros esfuerzos en construir esa base social sólida, fuerte y organizada. Si nos distraemos con las elecciones y con la comodidad de esperar a que un candidato, un partido o un grupo lleguen a solucionarnos nuestros problemas, así seguiremos cayendo en la misma trampa una y otra vez.

Los partidos políticos tendrán que hacer lo propio. Usar sus vehículos electorales en favor de la ciudadanía, de ese proyecto común. Pero hoy en día no se aprecia eso. Siguen ostentándose como los dueños absolutos de estos. Utilizando los beneficios otorgados por la propia ciudadanía para intercambiarlos por cuotas de poder personal. Como si nos hicieran el favor de prestárnoslos.

Si la solución de los partidos políticos es hacer alianzas sin un objetivo común o un proyecto, por el simple hecho de sacar al adversario, causará mucha duda y sobre todo desconfianza en la ciudadanía. Los sinaloenses no encontraremos en ellos eso que estamos buscando.

Hacer lo mismo que no funcionó antes, traerá indudablemente el mismo resultado. Copiar las acciones y “estrategias” de los adversarios con el simple objetivo de ganar una contienda, traerá como consecuencia que nos perdamos a nosotros mismos en el camino. Convertirnos justamente en lo que buscamos derrotar. Y si eso sucede perderemos toda posibilidad de ofrecer algo mejor.

Tenemos enfrente dos caminos, ninguno es fácil, pero si uno es más complicado que el otro. O creamos una ciudadanía participativa, activa, exigente, firme y unida o esperamos que un héroe llegue a salvarnos. Si optamos por la primera, llegue quien llegue al poder no la tendrá fácil, tendrá que hacernos caso. Pero si elegimos la segunda, llegue quien llegue al poder podrá usarlo a su conveniencia y beneficio personal y de su propio grupo como lo han hecho una y otra vez y no habrá nada que lo detenga.

La ciudadanía y sus instituciones civiles tienen que jugar ese rol de contrapeso al abuso del poder. Es la única manera. ¿Participamos o vamos a ser meros espectadores?

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