Las recesiones no solo afectan a nuestra economía, también reeducan nuestra imaginación. Nos acostumbran poco a poquito a creer que vivir peor es normal y que los derechos son lujos que solo se pueden dar los países cuando la economía anda de buenas.

La historia nos muestra un patrón: resulta que cada que llega una crisis económica, aparte de que todo encarece también empezamos a creer que sacrificar derechos es preferible si eso nos permite una mejor economía.

Cada vez es más común escuchar que la jornada de 40 horas ahorita no es un tema urgente. “No con esta economía”. Que las pensiones van a quebrar al país. Que las licencias por maternidad afectan a las empresas o que los programas sociales vuelven floja a la gente. Que si las mujeres quieren abortar no sea con “nuestros impuestos”.

Nos cambian la conversación.

En lugar de preguntarnos por qué trabajamos más y vivimos peor, terminamos peleándonos entre nosotros para ver quien merece menos…

La recesión no solo pega en la cartera, pues. Se nos mete en la cabeza. Empieza a convencernos de que tener una casa es un privilegio y descansar es un lujo. Entonces nos resignamos a sobrevivir y luego le ponemos nombres bonitos a eso: austeridad, resiliencia, echarle ganas.

Pasa con las mujeres, con las personas trabajadoras, con las juventudes que ya asumieron que nunca van a comprar una vivienda. Pasa con cualquiera que un día dejó de exigir una vida digna y empezó a conformarse con “tener trabajo”.

Entonces aparecen las nostalgias y toda esa basura que nos evoca recuerdos de “tiempos mejores”. Nos gusta recordar cuando las familias podían vivir con el ingreso de una sola persona. Que las mujeres se miraban menos cansadas en sus casas y que la educación de los hijos era mejor porque no estaban pegados a una pantalla. Que antes las cosas eran más sencillas y sí “funcionaban”. Pero al nombrar todo eso nunca volteamos a ver qué fue lo que realmente cambió

Spoiler: no fueron los derechos ni el feminismo los que encarecieron la vida

Rara vez cuestionamos el modelo económico que lleva décadas concentrando la riqueza mientras reparte la precariedad. Eso tiene consecuencias muy convenientes para quienes están arriba, mientras aquí abajo discutimos si alguien tiene “demasiados derechos”

Las crisis tienen el talento de que aceptemos como inevitable lo que en realidad es consecuencia de decisiones políticas. Porque ninguna recesión llega y, por arte de magia, se vuelven caras las vacaciones o la salud pública. Lo que cambia es el relato. De pronto nos dicen que el problema no es que unas cuantas personas acumulen una riqueza obscena, sino que las y los trabajadores estamos pidiendo demasiado. Que el Estado gasta mucho en la gente y muy poco se habla de cuánto deja de recaudar por privilegios fiscales o cuánto poder económico se concentra en unas cuantas manos.

Es plan con maña, porque si logran convencernos de que el problema son los derechos, dejamos de cuestionarnos las causas de la desigualdad. En vez de discutir por qué producir más riqueza no se traduce en mejores condiciones de vida, terminamos discutiendo quién debería trabajar más, quién debería recibir menos apoyos o quién de plano ya no merece ni descansar.

Son esas ideas las que acaban filtrándose hasta en las conversaciones más comunes; son frases que uno escucha cuando alguien dice que tener dos empleos “es lo normal“, cuando se presume no tomar vacaciones como si fuera una medalla o cuando descansar produce culpa. Como si una vida digna fuera un premio reservado para quienes sobreviven a la precariedad y no un piso mínimo al que todas las personas deberíamos aspirar.

Nos quieren convencer de que el pastel ya no alcanza… pero casualmente, siempre nos piden a los mismos conformarnos con las migajas

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