Un helicóptero volando entre dos yates. Ese fue el gesto que, hace unas semanas, indignó a medio Marbella: Nancy Walton Laurie, heredera de Walmart, anclada frente a la costa española con su megayate, Kaos, y su embarcación de apoyo Kalm, con un helicóptero yendo y viniendo entre ambas. El video se volvió viral por lo que simboliza: dos mundos, uno para el equipaje y otro para vivirlo.

Walmart lleva años construyendo, uno de los aparatos de responsabilidad social más ambiciosos del retail mundial: su Índice de Sostenibilidad revisa a miles de proveedores en más de 125 categorías de producto, y su Project Gigaton promete quitarle mil millones de toneladas de emisiones a la cadena de suministro antes de 2030. Incluso Target terminó copiando varios de esos estándares. Pero ese aparato entero se detiene justo donde empieza la fortuna familiar. Nadie audita a la heredera. A nadie se le ocurrió meter en el cuestionario una pregunta sobre cuántas veces al día despega su helicóptero.

La responsabilidad corporativa, tal como está diseñada, gestiona riesgo de reputación, no acumulación de riqueza. Audita al proveedor en Bangladesh porque ahí es donde puede estallar el escándalo —trabajo infantil, deforestación, agua contaminada—, pero nunca voltea hacia arriba, hacia quien es dueño de las acciones. Yo no lo llamaría hipocresía, al menos no del tipo que implica mentir a propósito. Se parece más a lo que en psicología social llaman licencia moral: portarte bien en un terreno te da, sin que lo pidas, el permiso interno para excederte en otro.

Pongamos los números uno al lado del otro. Forbes calcula la fortuna conjunta de la familia Walton en 520 mil millones de dólares este año —creció 253 mil millones en apenas dos años—, la familia más rica de Estados. Mientras tanto, un asociado de piso en las tiendas de ese país gana en promedio 17.50 dólares la hora, insuficiente para que miles dejen de depender de cupones de alimentos y Medicaid. Cruzando a México la comparación se vuelve casi grotesca. Data México, plataforma oficial del gobierno, reporta que el salario promedio mensual en el comercio al por menor de abarrotes y alimentos —el giro exacto de un Walmart— fue de 5,310 pesos en el primer trimestre de este año. Convertido, son menos de dos dólares la hora. Nueve veces menos que su contraparte gringa, dentro de la misma empresa.

La sostenibilidad corporativa y el despliegue de un yate juegan en canchas distintas, con árbitros distintos. Una genera capital simbólico hacia afuera: consumidores, inversionistas, reguladores. La otra es puro capital de distinción, un gesto que solo existe si alguien lo ve —si alguien lo graba desde la playa, como pasó en Marbella—. Se puede jugar impecable en una cancha y ser un despropósito en la otra, porque a nadie se le ocurrió que ambas debieran responder a las mismas reglas. Esto no es un defecto de diseño casual, es quizás, la función misma del sistema.

Lo que de verdad está en juego no es cuánto vuela cada quien, sino cuánta riqueza puede acumular una sola familia mientras miles de personas que sostienen esa misma riqueza —cajeras en Culiacán, reponedores en Arkansas— no logran salir de la precariedad. Ningún índice de sostenibilidad está diseñado para hacerse esa pregunta, porque hacérsela implicaría cuestionar el modelo de acumulación mismo, no solo su huella de carbono. Se puede auditar a un proveedor hasta el último gramo de plástico y dejar intacta la pregunta más importante, qué tan concentrada debe estar la riqueza para seguir llamándola éxito, y no un fracaso de distribución con muy buena relación pública.

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