1. Nos educó el Internet
Recuerdo ser un adolescente que creció con el internet. Recuerdo las novedades que ingresaban en mi vida semi aislada de hijo único, en la que no se permitían entrar las agresiones de la vida cotidiana. Sin embargo, una cosa a la que sí se le permitió ingresar con relativa facilidad fue al mundo cibernético: aquel territorio indefinible e inexpugnable al cual se accedía desde una computadora y un servicio con línea telefónica.
A principios de los dosmiles el internet ya dejaba de ser un rumor, o un elemento que era solo visto en los programas de la televisión americana, para convertirse en una realidad al interior de la casa de algún compañero de la escuela, o en los cibercafés que fueron infectando todos los vecindarios de la ciudad. En el internet podía encontrarse mucha información para hacer tareas. Pero también material sobre aquellas películas y series que crecí mirando, e incluso comunidades que unían y acercaban a los fans de estos productos multimedia. El tiempo que gastábamos navegando se volvía un complemento a la vida, entonces para nosotros fue sencillo pensar en conectar la vida digital y la vida real; para nuestros padres, quizá, fue una preocupación. Yo tenía amigos de todo el mundo gracias a un foro en línea llamado TheDarkTower.Net, y en una ocasión me llegaron diversas postales. Mi madre me miró recibirlas, de reojo. Cuando encargué mi primer libro por Mercadolibre, recalcó que las transacciones en línea le daban desconfianza.
—Pienso mucho en el Messenger— me dice Juanes Cohelo, un amigo de Mérida, cuando le pregunto cómo se percibía el internet en aquella época. Hablar con Juanes y permitirle entrar al texto no es gratuito. Por cierto, ese no es su nombre pero es el seudónimo que eligió—. A los trece años salía a plazas comerciales y lo que hacíamos era conseguir el messenger de las chicas que te gustaban, esa era la meta, y llegabas a tu casa a agregarlas; también me acuerdo que existía esta función de mandar zumbido, el cual hacía que se mostrara tu conversación por sobre las otras, y podías mandar zumbidos infinitos hasta detener la pantalla de otra persona. También las computadoras se llenaban de virus súuper malvados que podían destruir el equipo de computación. Los virus formaban parte de cierta inseguridad del internet. Pero también era un lugar muy libre, existía un acceso casi irrestricto a una gran cantidad de contenidos, por ejemplo, podías descargar una cantidad de infinidad de música para cargarla en tu reproductor MP3, aunque en todos lados nos bombardeaban con anuncios de que advertían los importantes daños que la piratería generaba daños a la industria.
Recuerdo que cuando estaba en la preparatoria era apático ante la cultura que me rodeaba. Renegaba de la tambora y los corridos, y aunque aún lo hago, he aprendido a respetarlos; más como cualquier preparatoriano en el alba del nuevo milenio, las opiniones tenían que ser estrictas, rígidas, debían de demostrar mi valía como ser humano. Así que muy seguido estaba en conflicto con mis compañeros. Cuando estudiaba en la preparatoria había una un grupito de alumnos problemáticos, con todas las letras de la palabra, que siempre me estaban hostigaban constantemente: mientras esperaba el camión urbano afuera de mi preparatoria, me grabaron cuando uno de ellos se acercaba por atrás y me daba un santo zape. En ese momento me inundaron la vergüenza y el pesar. El video fue compartido a través de los jurásicos celulares que utilizábamos en aquel entonces, al día siguiente no sé cómo convencí a mi madre de que me sentía mal para que me permitiera faltar a no ir a la escuela. Quizás pretextando que me sentía mal. Lo cierto es que no quería acudir a ser señalado. No deseaba que me juzgaran por algo que me hicieron. lo que me hicieron.
—¿Has encontrado el video?— me pregunta Juanes cuando le cuento esto aquel recuerdo vergonzoso.
— No sé si esté todavía, no se me ha ocurrido buscarlo. Yo me imagino que no, porque otros videos muy viejos que hice con otra una cuenta distinta de youtube, ya no aparecen. Supongo que en una de esas se eliminó—, le respondí, aunque ambos sabíamos que la respuesta era que no me interesaba encontrarlo.
De entre todas las cosas que nos hemos confesado en nuestra amistad, una es que Juanes platicaba con un pedófilo cuando estaba en la secundaria.
Nunca le pregunté pormenores y él no los detalló. Pero sí me dijo:
— Justo pensándolo hacia atrás veo que en Australia y en otros países invitan a esta nueva regulación de que los menores de edad no puedan estar en redes sociales; no recuerdo qué edades vulnerables ponían de referencia, pero aplicaba la edad que yo tenía entre 2003 y 2005. También he escuchado que va a ser difícil lograr implementar estas regulaciones, pero viéndolo en perspectiva hacia la impunidad con la que estos acosadores operaban, de alguna manera sí me hubiera protegido esa regulación, y no nada más una regulación que tenga que ver de parte del gobierno sino también de parte de nuestros padres, quienes no estaban preparados para que creciéramos con internet, y muchas veces no estaban tan al pendiente. En retrospectiva creo que el mundo va hacia un lugar más seguro para las infancias de lo que fue cuando yo tenía esa edad.
Ahora puede parecer absurdo pero en aquella época parecía que el internet se regía por regulaciones internas, casi un contrato social del mundo cibernético, en el que ni las empresas ni los gobiernos parecían tener mucha injerencia. Durante los principios de la década del 2010 diversos organismos intentaron aplicar algunas regulaciones sobre el ciberespacio en México, como la firma de ACTA (el Acuerdo Comercial Anti falsificación, por sus siglas en inglés), una regulación para proteger los derechos de autor en Norteamérica; o su homóloga mexicana, la Ley Döring, propuesta por un político panista, y enfocada en el mismo tema.
Ambas leyes levantaron revuelo, discusión y persecución a sus promoventes, lo que detuvo su avance en las cámaras legislativas.
Recuerdo que en esos años encontré el libro Cypherpunks, que reúne largas conversaciones entre Julian Assange, Jacob Appelbaum, Andy Müller y Jéremie Zimmerman, miembros del equipo de Wikileaks. Fue un libro muy importante para mí porque fue el único libro masivo que encontré en el cual se abordaban los alcances del internet y de su potencial de ser aprovechado, o limitado, por parte de intereses gubernamentales o privados; en este hay capítulo llamado “Censura”, en el cual hay un apartado que rescato sobre la importancia de no caer en histeria colectiva, tan similar al pánico satánico, sobre cómo funciona el internet. En él, los miembros de Wikileaks debaten si debe haber relevancia entre la información que circula en internet, o dicho en palabras de Müller: ¿existe una información que genera efectos negativos? Desde el punto de vista de la sociedad: ¿queremos una internet censurada porque es mejor para la sociedad, o no? Para esto presenta el tema de la pornografía infantil, un delito que es usualmente utilizado por ciertos grupos derechistas como un argumento chantajista para justificar la regulación del internet. Müller incluso llega a preguntar si esto no limita la capacidad de las personas para ver los problemas, y, por ende, gestionarlos de la manera correcta, afrontarlos y solucionarlos. A su punto responde Zimmerman diciendo que la solución, en estos casos, nunca es la censura porque cuando se habla de pornografía infantil no se debería emplear la palabra pornografía, “es –más bien– una representación de escenas delictivas de abuso infantil”. Señala que lo importante, ahí, sería detener a los distribuidores de la pornografía infantil. Antes de que se expanda la discusión Jacob Appelbaum comenta que no sirve de nada borrar toda esa información. Salvo para cerrar los casos. Pero el fenómeno legal continúa ahí: quizá lo que el Estado debería hacer es ayudar a las víctimas, y en lugar de hacer oídos sordos deberíamos afrontar el hecho de que la sociedad tiene este gran problema, como lo está manifestando en internet de una manera concreta. La respuesta no está en destruir el medio, o en custodiar policialmente ese medio: “La solución no consiste en debilitar el medio, no pasa por lisiar a la sociedad al completo por un asunto particular”. Porque, termina argumentando Appelbaum, el internet también se transforma en una herramienta que documenta los abusos policiacos; quizá más que distribuidores de pornografía infantil.
Para añadir a ese debate después descubrí que, en esa misma época, durante mi época universitaria, se había instaurado una ciber policía en mi estado natal, Sinaloa. Me lo comentó un amigo periodista. Eso me llama la atención porque en aquella época pensé que en mi rincón perdido del mundo a nadie le importaba tanto el internet; investigo un poco y encuentro que más bien, apenas está aprobándose una ley sobre el tema, pero que sí hubo un antecedente. Empiezo a indagar y doy con un nombre: Néstor Hayashi Llanes, que formaba parte de Fiscalía. Logro ponerme en contacto con él, esperando que tras tantos años sin trabajar en el tema me bateara.
2. Un intento de proteger a las infancias en Sinaloa
A nivel federal, México ha tenido policía cibernética desde inicios del siglo XXI. En el año 2000, la Secretaría de Seguridad Pública, a través de la Policía Federal Preventiva (PFP), creó la Unidad Especial de Policía Cibernética y Delitos contra Menores, fue una de las primeras unidades especializadas en delitos informáticos en Latinoamérica. Yo pensé que se había replicado esta unidad en Sinaloa; Néstor Hayashi me clarificó la realidad sobre el periodo 2008-2013:
—Yo no era parte de la policía cibernética. Te seré honesto, desconozco si hay actualmente en Sinaloa. En mis tiempos sólo existía la unidad federal. Yo más bien pertenecía al área de prevención del delito, una dirección emanada de la SSP, de la Subsecretaría de estudios, proyectos y desarrollo. Me recluté sólo, hice mi servicio social ahí y con el tiempo me quedé. Éramos tres compañeros y yo. Los tres entramos juntos. En esos tiempos salíamos a dar cursos, conferencias y obras de teatro en varios temas relacionados con el internet; uno de ellos eran los delitos cibernéticos. Con el tiempo me hicieron encargado de ese programa.
—Entonces, eran campañas de prevención sin una institución policiaca que los respaldara— puntualicé antes de ahondar más en el tema—. ¿Cuáles fueron los retos? ¿Cómo era el acercamiento a las personas? ¿Lo tomaban aún como si la inmersión digital fuera algo que nunca iba a llegar?
—En caso de que supiéramos de un delito enlazábamos el caso con la Policía Cibernética Federal. Ya en tema de delitos cibernéticos creamos un plan de prevención enfocado en los niños pero también en los padres,. Aa estos les decíamos cómo bloquear páginas no deseadas o marcadas como foco rojo, a identificar qué hacían sus hijos en internet; a los niños les hablábamos de no dejarse engañar por el ingeniero social que te quita la información no por medio de hacks, sino de engaños. El reto en esa época era lo limitado de la tecnología. No podías mandar mensajes masivos por Whatsapp o hacer grupos, como ahora, pocos tenían Facebook en su celular. Todo era más por computadoras portátiles o de escritorio. Ahora ya todos los niños traen un teléfono en la mano. A pesar de las limitantes teníamos una página de Facebook hecha por nosotros, no por el gobierno, y llegamos a escuelas de todo el estado, al punto de que uno de los años recorrimos 350 escuelas, es decir, una al día.
Un término que me llama la atención salta y me da curiosidad es el de ingeniero social. De inicio no lo entiendo y le pregunto por él.
—Ese concepto me lo traje de Querétaro, de una conferencia a la que fui. Me mandaron de gobierno, y de ahí lo tomé y lo adapté. Antes la estrategia de prevención en línea era no entres a ese lugar, no hagas esto otro. Eso funcionaba mejor con adolescentes. Pero la ingeniería social es otro asunto. Así que hacíamos énfasis de que en casos de hackeos, no era que atacaran a la empresa sino que alguien habría un correo con virus pensando que era una factura. O un empleado enojado se iba con las contraseñas. Les enseñábamos a los niños a no mandar imágenes de ellos, evitar el sexting porque esas fotografías podían ser usadas por otras personas. Los temas eran muchos. Y para los padres era el no ser estafados por páginas web.
Pienso, con lo que me dijo, que el ingeniero social es el facilitador de que se genere un delito. Bueno, se me salió el estudiante de leyes. En palabras más simples: el ingeniero social el que mueve las tuercas para que la víctima de un delito caiga por sí sola en él. Sean delitos de fraudes, o delitos de la corrupción de menores.
—En temas de piratería en línea, ¿tenían algún discurso?
—No nos interesaba mucho cuidar el copyright. Nos interesaba más bien el autocuidado de los jóvenes y que los padres pusieran atención a la actividad de sus hijos en línea. Por ejemplo, nos tocó que apenas iban iniciando los envíos SPEI, y nos enfocábamos al hablar con los padres de que aprendieran a reconocer una página de internet segura. Ahora todo es por aplicación.
—Y cada vez hay más maneras de hacer aplicaciones falsas, páginas de engaño—le señaló recordando una publicidad de una página que se hacía pasar por Mercadolibre, que me salió en el teléfono—. En ese aspecto, ¿cuándo te llegaba un caso que ameritaba contactar a la policía cibernética, ¿qué procedimiento tenías?
—Cuando íbamos a una escuela y un niño se ponía a llorar de volada lo detectábamos. Otras veces los papás me llamaban directo a la oficina, y ya les pasaba el contacto de la policía cibernética federal, y les pedía que si no les daban seguimiento me llamaran. Nunca tuve una queja de ellos, pero tampoco interactué con ellos por completo. Mi idea era que la gente no necesitara a la policía cibernética. El plan era prevenir antes de que pasaran los delitos.
—Para finalizar y creo que ésta sería la pregunta más compleja, ¿cómo ves el trabajo que hiciste comparando a cómo es la vida en el internet ahora?
—Nosotros lo explotamos al máximo, aprovechando esa brecha. Ahora a los chavos no les impacta nada, pero en nuestras conferencias algunos morros se acercaban a platicarnos historias de cosas que les pasaban. Tuvimos mucho éxito a mi parecer. Tuvimos mucha difusión en medios. No es por echarle, pero ahora el gobierno está desaprovechando los medios masivos de información. Antes íbamos entregando volantes en las calles y los negocios; ahora, eso no se necesita, ahora hay un Youtube. ¿Cuándo has visto un video de ciberseguridad en Youtube, o un video de ingeniería social del gobierno?
La idea, en una nueva acepción, me confunde.
—Si yo hubiera tenido eso hubiera despegado el programa a lo más alto—continúa Néstor—. En una ocasión la SEP nos invitó a una capacitación a nivel estado, fueron dos semanas de trabajo. Salíamos sin voz. Hoy con un video viral llegaríamos a millones, pero no hay esa intención. Siguen dando pláticas con títeres. Ahora la estafa es comprar por Facebook, como el chavo atacado en la Ley Tres Ríos.
Busco la nota. El titular: Un hombre es atacado a balazos en el rostro: intentaba vender un celular a las afueras de la Ley Tres Ríos.
—El chavo iba a vender un iPhone, a través de Facebook. Lo citaron en la Ley, el cliente se lo quiso robar y lo mató. Para concluir, las redes ya nos alcanzaron a todos, padres e hijos, son vida cotidiana y al menos a esta generación sí le hace falta concientizarse de todos los peligros y las nuevas formas de estafas y engaños; a diferencia, la próxima generación va a necesitar de temas más avanzados para reconocer si un contenido es generado por Inteligencia Artificial, o no.
Me despido de Néstor y continuamos hablando de cabos sueltos. Pero no me saco de la cabeza la nueva noción acepción de ingeniería social. Investigo un poco y resulta que dicho concepto se refiere a la práctica ilegítima, en la seguridad informática, de obtener información a partir de la manipulación de usuarios legítimos. Seguro Néstor utilizó el concepto para hablar de influenciar a los demás, a través de campañas de marketing o de redes. Campañas de prevención. Pero parece que, muchas veces, prevenir no evitará que las nuevas generaciones vivan sus propios “eventos canónicos” en el internet.
Últimamente me escucho con cada vez más frecuencia común escuchar a personas jóvenes quejarse del internet. Argumentan que la vida en línea es pesada y muy manipuladora, que siempre busca obtener ganancias de los usuarios, reprochan los intereses monetarios y de manipulación de los algoritmos al tiempo que señalan la toxicidad de los influencers, tanto con su acercamiento con generaciones más jóvenes, como en su reto de que por conseguir el próximo video viral son capaces de todo. Quisiera darles la razón de inmediato. Pero de repente un velo me cae sobre los ojos y me impide ver al internet de la manera en que me lo describen: supongo que igual que los que lucharon por la libertad de discurso en los setenta, o los que formaron parte de los movimientos estudiantiles en su juventud, continúo viendo al mundo digital de la misma manera que lo viví hace quince años. Pero hace mucho cambió. De inicio, antes la vida cotidiana y la vida cibernética eran dos realidades que en pocas ocasiones se tocaban. Eso daba espacio a muchísimas cosas. Por ejemplo, la piratería desmedida. O los ataques de odio. Y bueno, también los delitos. La filtración de fotografías íntimas, sin consentimiento. Las estafas salvajes.
Pero en lugar de que las instituciones estatales encontraran formas de convivir con la vida en línea, las corporaciones se apoderaron de los espacios de este terreno baldío en el que jugaban todos los usuarios del mundo: pusieron promociones como que podíamos ver todas las películas que quisiéramos por trescientos pesos al mes, o que toda la música del mundo se encontraba un clic de distancia, al costo de que ahora nuestra información, las migajas que vamos dejando en el ciberespacio, puedan ser medidas, cuantificadas y utilizadas para generar más sistemas de ventas. Ni siquiera se necesitó legislar. Es decir que de ser un territorio digital sin ley, Internet se transformó en un parque de diversiones privado en el que hasta mirar, a veces, cuesta dinero.

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