Esta es una adaptación del texto leído en la presentación del libro Nuestra gloria los escombros (Sexto Piso, 2025) presentado en el aniversario de la cafetería y librería Sempere en Julio del 2025.
En mi vida he tenido una experiencia diversa en los efectos de la lectura sobre mi autopercepción. Hay libros que me mantienen enganchado y me hacen sentirme algo totalmente diferente a mí mismo. Recuerdo aquel que me hizo sentir una lengua de vaca en una maceta, a cuentagotas me regaba y el sol no era suficiente, también está el que me hizo sentir caracolito porque recorrí lentamente sus páginas, tanto que aún no llego al final y uno más me volvió cámara de seguridad, siempre vigilante al movimiento de quien protagonizaba la historia sin saber que la estaba mirando.
Escribo este texto para hablar de otra forma de sentirme con un libro. Este libro me hizo sentir desde las primeras páginas como un móvil, esos juguetes colgantes que se mecen sobre las cunas de los bebés. Imagínese esos juguetes que casi se ven mucho en las películas, ahora está colgado en una ciudad como Mérida donde gobiernan las ventanas abiertas, y las hojas del libro de Lucía son el viento que mueve, gira, sopla y sangolotea este móvil que inquieto se siente ir de acá para allá.
El móvil tiene forma de cuerpo humano, el cual baila, se desliza o tiene intensos estertores con las emociones generadas por el soplo del texto. Algunos de los soplos se alojan en partes específicas del móvil y al girarse mueven a otras que indómitas tratan de resistirse a la inercia, hasta que, por fin, se tuercen al ritmo de la lectura. Está es la historia de algunos de esos soplos, de los que descubrí en el texto de Lucía Calderas.
Para hacer el mapa de mis propios sentires ubiqué el norte en el cielo y el sur en el suelo. Mis hombros se empezaron a llenar de musgo por un viento que entraba por la ventana de mi cuarto que mira en dirección al mar. El musgo que crecía en mis hombros profundizaba su verdor con el paso del tiempo y el texto me lo hizo notar. Las puntas de esa planta se elevan hacia mis orejas susurrándome que el peso de los años no hace más que crecer. Cuando la autora habla del cuidado familiar, la pena y el dolor, me encojo, pero el musgo sigue su camino hacia mi oreja y metiéndose en ella haciéndome sentir incómodo hasta de las palabras que yo mismo me digo.
El segundo soplo en la lectura bajó a mi ombligo, ese que perdí antes de aprender a recordar, no se sembró en ninguna tierra y envidié el ombligo de Lucía que se hizo humus en una tierra que tal vez nunca la vuelva a acoger. Se sintió como punzada, pero también como beber un té caliente, cuidarse el cuerpo es a veces solo detener la lectura y mirar el ventilador para percibir que el viento también refresca y no solo hiere la cicatriz a la que aprendí a nombrar como tuch.
En un giro provocado por una ráfaga se hizo trompo mi cadera, debido al envión sobre mis rodillas que había sido intenso. Recordé unas emociones de infancia cuando el juego se hacía doloroso. Jugaba futbol en la cancha de grava de la escuela primaria y las caídas hicieron hondonadas en mis rodillas. Las hondonadas se encarnaron y se hicieron costra, renegué de las cicatrices y me las arranqué percibiendo el crac de cuando se despegan de la piel. Mis rodillas manaron de nuevo y se hicieron agua sobre las espinillas. Algún día se les hará justicia a mis cicatrices, pero no será en ese recuerdo de infancia.
Y los pies, cerraré esta colección de emociones con los pies. Mis pies viven enterrados, nunca fui trasplantado y miro pasar a quienes migran como un árbol que se siente viejo, aunque todavía no se cuente entre los ancianos. Corren bajo mi copa un texto que es un río en el que apenas empapo mis raíces-pies y me estremezco, aunque mis raíces-pies tienen memoria de dolor nunca percibieron algo así, si acaso con algún texto que dictó Mahmud Traoré y que el fuego avivó el 27 de marzo del 2023.
Termino invitándoles que se asomen a la ventana dolorosa y lúdica que Lucía Calderas publicó con sexto piso, su texto experimental que migra de un lugar a otro lo pueden encontrar, si viven en Mérida, en Sempere.
@RuloZetaka

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