Por: Riza Sánchez R.
Mentoría: Zorayda Gallegos
Carlos Martorell Delgado revisa correos y artículos científicos en su computadora, instalada sobre un escritorio de madera, donde dedica parte de sus días al estudio y conservación de los pastizales de Oaxaca, uno de los ecosistemas más diversos del país. Esta tarde de agosto le toca trabajar en su oficina, un espacio pequeño y luminoso ubicado en el primer piso del edificio B de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Justo a su espalda, se encuentran los retratos enmarcados de Dalea sericea, Florestina pedata, Stevia efímera y Salvia axillaris, algunas de las 25 especies de plantas encontradas en un pastizal de Oaxaca, el más diverso de México.
Un investigador al servicio de los pastizales de Oaxaca
Martorell es un académico e investigador de 56 años que tiene a su cargo el Laboratorio de Ecología de Ambientes Limitantes de la Facultad de Ciencias de la UNAM, donde desde hace 25 años estudia junto con otros colegas los fenómenos biológicos de los pastizales sureños de México, particularmente en la región Chocholteca de Oaxaca.
A lado de su escritorio se levanta una estantería que alberga libros de ecología, estadística y tesis de alumnos que lo han acompañado a lo largo de su trayectoria. Un acervo que refleja no solo su labor como investigador, sino también su pasión y dedicación al estudio de los pastizales.
La travesía que realizó para llegar a los pastizales de Oaxaca, inició desde la licenciatura. En ese entonces, cuenta, él sabía que quería ser “biólogo de bota, no de bata”, y buscó orientar su carrera al trabajo de campo.
Sus primeros trabajos de investigación no estuvieron enfocados a los pastizales. Estudió, entre otros temas, las consecuencias ambientales del uso de la leña en una comunidad poblana, plantas que cosechan niebla en zonas áridas y hasta dinámicas poblacionales de cactáceas.
Fue justamente en uno de esos estudios, enfocado en una cactácea micro endémica denominada Biznaga de Hernández cuando descubrió la existencia de pastizales en Concepción Buenavista, y luego extensiones de pastizales en otros municipios como Tepelmeme, Tamazulapan y Tlapiltepec, que forman parte de la Mixteca Alta en el noroeste del estado de Oaxaca.

Carlos Martorell Delgado revisando literatura, atrás se encuentran algunas de las plantas encontradas en el récord de diversidad de pastizales en México. (Fotografía: Riza Sánchez).
Al principio, compartía el sesgo común de pensar que los paisajes sin árboles eran resultado de la degradación: “Solemos pensar que si no hay árboles es porque hubo alguna especie de pecado original ahí que acabó con los bosques”, explica. Sin embargo, sus investigaciones demostraron que esas praderas no evolucionaban hacia bosques, sino que se mantenían igual a lo largo del tiempo.
“Llevamos veintitantos años y no han salido los árboles porque no es un sistema que tenga árboles”, afirma.
La riqueza escondida en las praderas de Oaxaca
A partir del año 2000, Martorell decidió adentrarse en lo que describe como un “mundo diminuto”, un ecosistema donde él y otros investigadores han hallado una sorprendente diversidad de plantas y animales, muchas veces imperceptibles a simple vista por su tamaño.
El arduo estudio de estos pastizales, que ha realizado junto con sus colegas, les ha llevado a identificar 857 especies de plantas, de las cuales 26 están clasificadas en alguna categoría de riesgo según la Norma Oficial Mexicana 059. Dentro de esta búsqueda, el grupo de investigadores también descubrió una nueva especie, conocida popularmente como chipito morado.
Diego García Meza, técnico académico y especialista en interacciones ecológicas con hormigas, ha trabajado con Martorell desde hace 11 años. Explica que los pastizales albergan una gran variedad de organismos, como la zorra gris, el venado cola blanca y fauna introducida como el ganado-. También se encuentran reptiles como serpientes, lagartijas y la tortuga casquito.
En el caso de las aves, la más emblemática es el águila real, especie que, aunque está registrada en la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, utiliza los pastizales como parte de su territorio de caza.
Ambos subrayan que estas praderas forman parte de un corredor de grandes llanuras que se extiende desde Canadá hasta Zacatecas. “Aunque se fragmentan, los pastizales siguen encontrándose más hacia el sur de México, y su límite sur está en Oaxaca”, explica Martorell.
Pero no son las únicas, también existen praderas dispersas en estados como Querétaro y Tlaxcala, así como otros tipos de pastizales en diferentes zonas: los de gran altitud en el Pico de Orizaba, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, o las sabanas del Istmo de Tehuantepec y Yucatán.
Pastizales Chocholtecos de Oaxaca

Foto: Diego García.
Ecosistemas que sustentan vida
En estos ecosistemas, la actividad principal es la ganadería, lo que da lugar a un estilo de vida agropastoril que representa el principal medio de sustento para las comunidades de la región. Quienes se encargan de estas labores suelen pertenecer a grupos vulnerables: mujeres, niños y personas adultas mayores.
Los pobladores de Concepción Buenavista y de otros municipios cercanos aprovechan diversas plantas de la región, como el chipito morado, utilizado en remedios para problemas gastrointestinales, así como especies empleadas en la producción de mezcal o aguardiente. Incluso, algunas personas acuden a estos pastizales a cazar fauna silvestre para complementar su dieta.
Este tipo de ecosistemas desempeñan un papel fundamental en la captura y almacenamiento de carbono, además de reflejar la luz del sol (efecto albedo), destacan ambos académicos. Estas funciones contribuyen a combatir el cambio climático, permiten la recarga de los mantos acuíferos y ayudan a reducir la erosión del suelo.
Además, estas praderas ostentan un récord mundial de diversidad vegetal, compartido únicamente con otro pastizal en Laelatu, Estonia. El hallazgo se publicó en 2017 en Botanical Science, la revista científica de la Sociedad Botánica de México: “25 especies de plantas se dice rápido, pero si lo tratan de visualizar en realidad son un montón de cosas creciendo allí”, acentúa Martorell.
Este récord consiste en un decímetro cuadrado que encontraron aleatoriamente en una de las praderas que se encuentran en Concepción Buenavista.“Son 25 especies en un decímetro cuadrado, más o menos es la superficie de la palma de una mano sin contar los dedos”, expresa Carlos.
La pradera en donde se encontraba este cuadro de diez por diez centímetros fue objeto de políticas públicas de reforestación, es decir, abrieron zanjas, plantaron árboles y cercaron la zona, por lo que según ambos expertos ya no pudieron seguir estudiándolo.
Degradación de los pastizales
Una de las grandes amenazas que enfrentan los pastizales son las políticas públicas de reforestación a cargo de la Comisión Nacional Forestal (CONAFOR) y del programa “Sembrando vida” de la Secretaría de Bienestar, coinciden ambos expertos. Si bien estas acciones buscan mitigar la sequía hídrica y apoyar a los pobladores de Concepción Buenavista mediante incentivos económicos, también están provocando la degradación de los sistemas naturales.
Estos pastizales están siendo desplazados por la siembra de monocultivos de pinos (Pinus oaxacana), bajo la creencia de que, por tratarse de árboles podrían “atraer la lluvia y aumentar la disponibilidad de agua”, explica Martorell. Sin embargo, aunque estos pinos son especies nativas de Oaxaca, eso no significa que deba crecer en estos ecosistemas. Por eso, los investigadores aclaran que no se trata de un proceso de deforestación, sino de aforestación. “Es como querer sembrar árboles en una playa”, dice García Meza.
Su colega añade: “No tengo nada en contra de las reforestaciones, que es sembrar árboles en un lugar donde los árboles crecieron de manera natural, pero sí en contra de las aforestaciones que implica la destrucción de un ambiente natural”.
Además, advierten que estos árboles al ser de hojas permanentes (perennifolio), funcionan como un “sifón”, ya que a través de sus raíces extraen todo el tiempo agua del subsuelo, lo que pone en riesgo los recursos hídricos de la zona. Su presencia, además, altera el funcionamiento del ecosistema y afecta gravemente a los pastizales.
Martorell reconoce que la aforestación “es un problema bastante grave” que aún no han podido resolver y enfatiza lo difícil que resulta cambiar la mentalidad de la gente. Explica que como sociedad tenemos una arraigada creencia de que los árboles deben dominarlo todo: “Tenemos más de 100 años de educación en términos de que los árboles son lo que es deseable la cúspide de la conservación”.
También explica, que si bien estos programas federales buscan apoyar a la población, es importante considerar las características específicas de cada zona. “Tenemos un país muy diverso y tenemos que tener políticas muy flexibles que se adapten a las características de cada región y permitir seguir con los apoyos económicos a los productores, pero de una manera que no destruya el medio ambiente”, afirma.
García Meza también advierte que la actual emergencia climática ya repercute en estas praderas. Él cuenta que a lo largo de diez años ha observado una sequía persistente que ha hecho desaparecer algunas especies que antes eran comunes dando paso a otras nuevas. Además señala que los modelos climáticos para México pronostican un escenario aún más seco, lo que podría transformar estos pastizales, ya de por sí ubicados en zonas áridas en ecosistemas aún más secos: “En vez de un pastizal empezamos a tener algo más parecido a un desierto o un matorral”, concluye.
Del aula al territorio: la inmersión en los pastizales
Para estos académicos, es importante retribuir el conocimiento adquirido sobre los pastizales a la comunidad de Concepción y a los otros municipios como una forma de hacer frente a estas políticas. La idea no es erradicar las políticas de reforestación, aclara, sino más bien dirigirlas a que sean compatibles con la conservación de estos pastizales a la par de dar beneficios a las personas.
“Esto no quiere decir que no haya que apoyar a las comunidades con proyectos de esta naturaleza. Podría funcionar bien en la zona si se consideran las características de la región”, aclara Martorell.
Diego a su vez, menciona que también han buscado dialogar con las personas encargadas de los programas de reforestación y con las autoridades de la región sobre la importancia de conservar estas praderas y hacer énfasis en que son sistemas naturales.
Tras diversas charlas con los pobladores que recurren a estos programas, Martorell dice que ha notado que también existe un componente socioeconómico: “Muchas veces dicen: `ni modo, vamos a sembrar árboles porque es lo que me permite a mí ganar un dinero”.
García Meza comparte que antes de la pandemia, era común trabajar con los niños de Concepción. Organizaban rallies científicos en las praderas, donde les mostraban las distintas especies de plantas y les explicaban todo lo que sabían sobre estos ecosistemas. “Les enseñábamos lo que nosotros conocemos: tanto el origen de los pastizales, la diversidad que podemos encontrar, las plantas, los animales, etc. Al final, se llevaban unos libros relacionados con pastizales o con ciencia en general”, cuenta.
Después de la pandemia, dice que fue complicado retomar estas actividades debido a la carga académica y otros proyectos en los que se enfocaron, uno de ellos es generar más información sobre otros pastizales que se encuentran en otros estados de la república, como en Querétaro y Tlaxcala.
Aunque, sigue en sus planes continuar integrando a las infancias y adultos de Concepción Buenavista en la conservación de estas praderas.
“Tenemos muchos amigos en la comunidad, tenemos cierto compromiso de seguir colaborando y dando información hacia la comunidad”, menciona Martorell.
Además, han trabajado en la difusión del conocimiento mediante pláticas y materiales publicados en su página de Facebook, Laboratorio de Ecología de Ambientes Limitantes, con el objetivo de seguir mostrando lo valioso que son estas praderas y la importancia de conservarlas. Martorell explica: “Hemos hecho vídeos, hemos dado pláticas y demás. La gente sale muy entusiasmada, porque tiene sentido; ellos mismos han visto lo que les decimos”.
También han intentado incorporar algunas de estas zonas al programa denominado Pago por Servicios Ambientales (PSA) que consiste en brindar incentivos económicos a los dueños de tierras en donde se generan estos servicios a cambio de llevar buenas prácticas de manejo y conservación.
Actualmente brindan asesorías para la gestión de proyectos para el manejo sustentable de estos pastizales. Uno de ellos es el de ganadería regenerativa como una alternativa para el uso en conjunto con mujeres de la región. Su próximo objetivo es participar en las actividades del Año Internacional de los Pastizales y Pastores 2026, declarado por la ONU, a través de actividades de divulgación y difusión de información.
Al final, cuando a ambos se les pregunta “¿Por qué siguen ahí (en las praderas de Concepción Buenavista)?, ¿Qué los motiva a seguir estudiandolos?”. Ambos se quedan meditando la respuesta por unos momentos sentados con la mano en la barbilla, en especial Carlos que incluso solicitó tiempo e hizo una lista.
Los dos coinciden que, estos pastizales no solo tienen un valor ecológico, sino también emocional. Las experiencias que han tenido tanto dentro de la comunidad y los momentos que han pasado “tirados de panza” durante días completos viendo las diminutas plantas que crecen en estas praderas, han sido muy gratificantes.
Diego García, quien ha estado inmerso durante toda su formación académica en estos ecosistemas, comparte que ha sido toda una aventura adentrarse en estos territorios de Oaxaca. “Me ha dado todo lo que soy profesionalmente hablando, desde mi licenciatura hasta ahorita que estoy terminando mi doctorado (…) le debo todo lo que soy como académico”.
Para Carlos Martorell, una de las principales motivaciones para seguir estudiando estos ecosistemas es la posibilidad de poder conservar paisajes únicos: “(Contemplar) la belleza de un mundo microscópico, en donde uno ve a los chapulines pasar por ahí como una manada de búfalos”, dice, es parte de lo que lo impulsa a continuar.

Diego García Meza y Carlos Martorell Delgado en su oficina, en el Laboratorio de Ecología de Ambientes Limitantes, Facultad de Ciencias, UNAM. (Fotografía: Riza Sánchez).

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