Por: Darian Monroy
Mentoría: Sergio Rodríguez-Blanco
“Me siento incluida, como en mi hábitat”, dice Mariana Selene Olvera, de 30 años. Es la primera vez que ella y su hija Scarlett entran a una sala de cine adaptada para infancias con sordera o autismo.
Es jueves al mediodía y Plaza Universidad, en la Alcaldía Benito Juárez de la Ciudad de México, despierta poco a poco. En el segundo piso, sin embargo, la rutina se rompe: Mariana y Scarlett, de 12 años, se acomodan para ver Los Cuatro Fantásticos en una sala acondicionada para niñas y niños con alguna discapacidad o neurodivergencia.
Scarlett nació con sordera. Su madre reconoce lo complicado que ha sido encontrar espacios públicos pensados para personas como su hija. Explica que en la Ciudad de México casi no hay salas que contemplen audiencias con pérdida total de audición, y mucho menos experiencias conjuntas de madre e hija: “Es muy difícil encontrar lugares. Ahorita ya siento que hay un poquito más de inclusión, de hecho, hasta en las escuelas se va avanzando”.
La sala no está completamente a oscuras. Las luces, a un 50 por ciento, bañan de claridad los pasillos y las butacas, como si el cine cuidara de cada persona que entra. El sonido, más bajo de lo habitual, no retumba en el pecho ni obliga a taparse los oídos. El frío del aire acondicionado también se reduce.
En ese ambiente, la proyección se convierte en un momento compartido. En las salas convencionales, en cambio, la oscuridad impide que Scarlett vea la interpretación que hace su madre en Lengua de Señas Mexicana (LSM). Mariana traduce cada diálogo y cada giro de la trama: “Mi hija es sorda, me tengo que sentar al lado de ella, entonces me pide que le interprete la película”, dice.
Recuerda la primera vez que fueron al cine juntas, en 2015, a ver Pixeles de Chris Columbus: “Esa vez la llevé, yo no sabía señas, pero le estaba actuando la película, en realidad fue complicado”. Tras un largo proceso de aprendizaje, hoy madre e hija se comunican en LSM. En funciones regulares, alumbradas solo por la pantalla, Scarlett puede seguir la trama, aunque con dificultad: “Mira mis manos y, a través de eso, voltea y ve la pantalla. Eso funciona todavía más”.
Mariana sabe que muchas familias evitan salir por miedo a la discriminación: “Dicen: ‘no, es que yo no voy a salir’”. Ella misma lo sintió, pero hoy se reconoce orgullosa: “Yo soy su portal, yo le debo abrir las puertas a este mundo”.
Un refugio contra la discriminación
En estas funciones relajadas, las puertas permanecen abiertas para entrar y salir sin prisa. En la dulcería, el servicio es ágil para evitar filas largas y ruidosas.

Familias en la sala de cine, en el ambiente de luces tenues de las funciones relajadas. (Foto: Darian Monroy)
Las llamadas funciones relajadas comenzaron en 2017 como pruebas piloto y, al año siguiente, ya estaban en cartelera en algunas salas de la Ciudad de México. La propuesta se gestó entre Fundación Cinépolis y la asociación civil Iluminemos por el Autismo. Esta última fue fundada en 2015 por Gerardo Gaya, padre de un niño con autismo. Explica que desde entonces han tejido redes con empresas, escuelas y comunidades para promover diagnósticos tempranos y sensibilización social. Su inspiración vino de ejemplos en otros países, como España, donde ya existían adaptaciones para espectáculos de teatro musical como El Rey León.

En las funciones relajadas, padres y madres ven la película compartiendo nachos y palomitas en familia (Foto: Darian Monroy)
Para Gaya, no se trataba solo de abrir salas, sino de garantizar la permanencia de quienes asisten: “Llevamos más de 350 pruebas piloto. Y lejos de ser un piloto, ya es una realidad porque ya se están programando continuamente”, dice Gaya.
Plantea que la inclusión en la cultura y el entretenimiento también pasa por reconocer a estas audiencias como un mercado: “Vernos como un mercado para proveer servicios de entretenimiento para personas autistas o neurodivergentes, y sobre todo dignificarlas como consumidores”.
Ese énfasis en la dignidad es, para él, lo que evita la exclusión: “Ya existe toda una oferta de valor que se ha desarrollado”.
El cuidado, el primer paso
Marco, trabajador de Cinépolis, se sienta en la primera fila como si dirigiera una orquesta. Antes de cada función, él y el resto del personal reciben capacitación especial. Su tarea es regular la luz, mantener estable el volumen y cuidar que la pantalla no emita destellos excesivos. Todo está pensado para que nadie sienta que debe soportar más de lo que puede.

Marco, trabajador de Cinépolis, regula los niveles de luz y audio durante una función adaptada. (Foto: Darian Monroy)
En ese ambiente, dice Mariana, niñas y niños pueden levantarse, correr, gritar o hacer stimming —movimientos o sonidos repetitivos comunes en personas dentro del espectro autista— sin miedo a miradas incómodas: “Si un niño me toca o me pellizca, ay, no, tranquilo, no pasa nada”, dice.
Mariana conoció estas funciones gracias a la madre de un compañero de escuela de su hija, que vive con autismo. Aunque no forman parte del público “objetivo”, encontraron aquí un espacio donde se sienten bienvenidas.
Luis Ramos, de la fundación Iluminemos por el Autismo, lo confirma: “Principalmente es el autismo, pero también damos la bienvenida a cualquier otra discapacidad o cualquier otra condición del neurodesarrollo”.
La ausencia de barreras de edad convierte estas funciones en un punto de encuentro diverso: “El autismo es una condición que está a lo largo de la vida de la persona, entonces todas nuestras actividades, incluso en nuestro curso de verano, no tenemos edad”, explica Ramos.

Personas voluntarias de Iluminemos por el Autismo interactúan con infancias asistentes, que pueden jugar y brincar durante una Función Relajada. (Foto: Darian Monroy)
Personas voluntarias de Iluminemos por el Autismo interactúan con infancias asistentes, que pueden jugar y brincar durante una Función Relajada. (Foto: Darian Monroy)
Desde 2017, las funciones relajadas se han extendido a ciudades como Veracruz, Yucatán, Querétaro, Nuevo León y el Estado de México. Más que proyecciones, son espacios seguros, donde la historia en pantalla dialoga con la que se vive entre butacas.
Cine sin barreras
Mabel Virginia Barrera López, de 46 años, es madre de Edgar Onésimo, un niño de seis años que vive con autismo grado uno. Relata: “Aquí entre padres de familia, empatizamos y compartimos nuestras experiencias, nos pasamos los números de teléfono para estar en contacto. Hasta se forja amistad, porque tenemos similitudes en nuestras situaciones de vida”.
A Edgar le encantan los superhéroes. Antes de venir investigó qué película vería con su madre y su hermana: “Pues esta vez yo busqué en Disney, vi que había muchas películas”, cuenta emocionado. Disfrutó la acción, aunque confiesa que hubo una escena triste que lo conmovió. Para él, como para muchas niñas y niños, el cine se convierte en un viaje de emociones y descubrimientos.
Gaya distingue tres tipos de audiencias para las funciones: “Quien no las necesita, quienes las ven como su única opción y quienes las viven como una etapa transitoria”. Edgar, por ejemplo, también va al cine regular, pero sus padres valoran la posibilidad de elegir.
La clave, insiste Gaya, es que las primeras experiencias sean positivas: “Si yo meto al cine a mi hijo a una función normal y le va muy mal, probablemente no queramos volver. Pero con la Función Relajada se puede lograr ese objetivo de ir progresando poco a poco”.
Estudios como Disney han sumado algunos de sus estrenos a estas funciones, con lo que la cartelera se amplía y permite que familias como la de Edgar accedan a los mismos títulos que en cualquier otra sala, pero en un ambiente accesible.
Se programan las funciones en el primer horario del sábado y del domingo, cuando la plaza apenas despierta y los pasillos están tranquilos. La elección no es casual, dice Gaya: a esa hora hay menos gente, menos ruido y menos prisa, lo que ayuda a que la experiencia sea realmente un respiro para las familias.
Para quienes impulsan estas funciones, también se trata de transformar la manera en que la sociedad convive con las personas con autismo. “Cuestionar lo que creemos y entendemos de la discapacidad y empezar a verlo desde otra perspectiva”, explica Gaya. Recuerda que la verdadera fragilidad no está en la condición, sino en las barreras y prejuicios que el entorno impone.
Un ejemplo de la discriminación que enfrenta Scarlett en su día a día lo comparte su madre: “Tan solo al subir a un juego mecánico, mientras les dan instrucciones, se escucha decir: ‘Ay, no, es que no sabe cómo’. En actividades deportivas, también surgen comentarios como: ‘¿Cómo le voy a dar esta indicación al niño si no sabe, no me escucha, no oye el silbato? ¿Cómo?’. Entonces, ahí sientes como un ‘uy’, como si fuera una limitante”.
La apuesta, aclara Gaya, no debería limitarse al cine: “También en el teatro, también en el súper, en nuestro día a día”. Porque al abrir espacios accesibles no solo se transforma la experiencia de las familias, también se sensibiliza a la sociedad, dice.
La inclusión, finalmente, no se limita a la pantalla: se construye entre las butacas, en la dulcería, en las luces encendidas. Para Gaya, de lo que se trata es de provocar “ecosistemas positivos de inclusión”. Y cada familia escribe una parte de la historia.

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