El consumo de alcohol en la vida de Julio no llegó de golpe ni con estruendo. Se fue filtrando despacio, como se cuelan las costumbres en los hogares, casi sin pedir permiso.
Empezó cuando aún era un niño, en su propia casa, entre risas de adultos y vasos que pasaban de mano en mano.
“Vamos a decir que a los 10 años. El famoso huachicol que se manejaba: la jamaica con el piquetito. El andar repartiéndola entre los invitados y tomar un traguito. Eso de alguna manera fue generando una sensación agradable”.
Julio era tímido. Callado. Miraba más de lo que hablaba. Aquellos primeros tragos no solo le dejaron el sabor del alcohol, sino una sensación nueva: el atrevimiento. Descubrió que beber le quitaba el miedo, que le regalaba una valentía que no encontraba en sobriedad.
“Valor para acercarme a las muchachas, a conquistarlas”.
Sin alcohol no había esa confianza. Y así, lo que empezó como un juego infantil se convirtió en un aliado silencioso.
Viernes social
Creció, y con la juventud llegó el llamado “viernes social”: el día destinado a beber con los amigos. Al principio era solo eso, un día. Pero el calendario empezó a llenarse de excusas, hasta que ya no hubo días libres del alcohol. Para ese entonces ya era maestro de escuela.
“Al salir del trabajo en las tardes era el famoso ochito. Ahí me di cuenta que era alcohólico”.
El cuerpo y la mente comenzaron a cobrar factura. Llegaron las lagunas mentales, los vacíos imposibles de explicar. Luego, algo más oscuro: el miedo.
“Sentía que alguien iba a llegar y nos iba a carraquear. Entonces yo salía disparado, corriendo. Mis amigos se sorprendían porque los dejaba. Yo sentía que algo iba a pasar y se los decía. Ellos pensaban que estaba loquito”.
No era un episodio aislado. Era constante. Vivía en alerta, perseguido por amenazas que solo existían en su cabeza.
El accidente
Hasta que una noche, en medio de la borrachera, ocurrió un accidente.
“Tuve por ahí en mi borracherra un accidente ligero. Yo recuerdo que choqué un carro estacionado, pero llego a mi casa y trató de recordar dónde fue el accidente”.
No pudo. La memoria estaba en blanco. Solo quedaba la sensación del golpe, como un eco sin imagen. Días después, regresó a la cantina donde había bebido. Quiso reconstruir el camino, encontrar el carro dañado, cerrar el recuerdo.
“No llegó a mi mente el lugar exacto. Me dije: algo grave está pasando. Lagunas mentales”.
Dobre A
Fue entonces cuando buscó ayuda. Pensó que un psicólogo le ayudaría a controlar la manera de beber. Pero la respuesta fue otra: Alcohólicos Anónimos (AA). No fue fácil aceptar lo que escuchó ahí.
“Claro que no fue grato que me dijeran que tenía una enfermedad llamada alcoholismo. Yo, en un entorno de Educación, y no conocer de esa enfermedad. Yo estaba enfermo, estaba viviendo ese problema y no me daba cuenta”.
Llegó creyendo que serían tres meses. Una pausa breve para enderezar el camino. Esos tres meses hoy suman 13 años.
Los problemas
En lo laboral, el alcohol no lo despidió ni lo llevó a escándalos, pero sí lo detuvo.
“Me estanqué. No hubo proyección”.
En lo familiar, el daño fue más evidente. El desgaste fue tal que un día su mujer le pidió que se fuera.
“No me aguantaban. Estaba en un proceso neurótico porque el alcohol me hacía falta”.
Cara de diablo
Una escena y unas palabras marcaron a Julio: En su casa había un festejo, mesas con bebida, risas ajenas. Julio no tomaba. Ya estaba en Alcohólicos Anónimos. Solo se limitaba a observar. Dijo que una de sus nietas se acercó. Así reconstruyó el diálogo con la niña de 4 años, que no terminaba de aprender a hablar:
-¿Abuelo qué tienes?
Él respondió que nada: -¿Por qué?
–Porque tienes una cara como de diablo, le dijo la niña.
“Fíjese lo que vio la criatura. Lo que yo reflejaba sin decir nada. Una situación extremadamente neurótica por la falta de alcohol”.
Ese espejo infantil fue hiriente. Pero también honesto y él dejó la fiesta y fue al grupo de AA.
“Yo decía que el alcohol no me controlaba, sino que yo controlaba al alcohol. La ciencia médica dice que el primer síntoma del alcoholismo es la negación. No admitirlo”.
Hoy, desde la experiencia y la sobriedad, Julio levanta la voz para otros. Llama a hombres y mujeres, adolescentes, jóvenes y adultos, a buscar ayuda si la bebida empieza a alterar su conducta, su carácter, su vida diaria.
“Si tiene el problema y no acepta, se va a perder”.
Del 19 al 25 de enero es la 31 Semana Nacional “Compartiendo Esfuerzos” de Alcohólicos Anónimos y el Sector Salud. En el sur de Sinaloa, de San Ignacio a Escuinapa, hay 88 agrupaciones de AA, y alrededor 900 integrantes.
“Ciento setenta son mujeres… y hemos recibido hasta niños de 12 años”, dijo Guillermo R, delegado de Alcohólicos Anónimos en el sur del estado.
Julio aprendió, a fuerza de pérdidas, que pedir ayuda también es una forma de valentía.
Hoy Julio habla desde la cicatriz.

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