Por: Elizabeth Vázquez / @maeliz_v
Foto: Yohan Rodríguez Saldaña / IG: @yohnfoto

 

“Ese domingo empezó diferente para mí”, recuerda Pablo, quien usualmente sale temprano de casa ese día:

“Los domingos me salgo de Uber para generar un ingreso extra. Normalmente salgo a las 6 de la mañana; entre 6 y 6:30. Ese día era el medio maratón de Guadalajara, entonces decidí salir más tarde, esperando que ya hubiera iniciado y que el tráfico no me afectara mucho”.

Entonces Pablo despertó, se lavó la cara, y se preparó para salir a las 7:30 en punto.

La ciudad aún estaba adormecida, sumergida entre la usual calma dominical. El aire mantenía una frescura matinal; mientras algunas calles lucían despejadas, a causa de la hora, otras partes de la ciudad comenzaban a llenarse del usual ajetreo que caracteriza a Guadalajara. No había nada fuera de lugar; nada fuera de lo común. Parecía un domingo más: el único detalle estaba en las rutas alteradas por la vía recreativa.

La primera señal de alerta llegó una hora después: Pablo estaba por recoger a un pasajero por la avenida Enrique Díaz de León cerca de las 8:30 de la mañana, cuando alcanzó a ver una columna de humo hacia el norte, por el lado de Zapopan. Se elevaba, altiva, en medio del cielo despejado, como un mal presagio. “Vi humo y pensé: ‘se está incendiando algo’, pero no le tomé importancia”. Simplemente continuó su trayecto, suponiendo que se trataba de una cuestión habitual, pues en una ciudad tan grande, el humo no siempre anuncia tragedia; a veces no es más que una llanta, o un lote baldío ardiendo. A lo mucho, un accidente menor.

Pablo buscaba acercarse hacia el Parián de Tlaquepaque, pues había acordado recoger a su madre en un mercado por la zona; eligió su siguiente viaje pensando en seguir esa ruta. Ahí se encontró con su segunda señal: Mientras iba saliendo del desnivel de Hidalgo hacia República, pasó junto a una camioneta blanca que se encontraba atravesada en una esquina y estaba rodeada por presencia policial. “Yo nada más dije: ‘ah, sabe qué habrá pasado’, y me seguí. Ahí yo todavía no sabía nada”, menciona, recordando que en ese momento no se preocupó mucho, porque no había recibido ninguna noticia y la ciudad todavía no mostraba signos de enfermedad evidentes.

Fue entonces cuando llegó la llamada: el primer signo oficial de que algo no estaba del todo bien. Su hermana había visto que hubo una balacera en Tequila y que comenzaban a registrarse bloqueos derivados de ello. Aunque la información aún era algo imprecisa, Pablo comenzó a hilar fragmentos de ello con lo visto durante su viaje. Finalmente, decidió que iría a recoger a su mamá cuanto antes: “Todavía no dimensionábamos la magnitud de lo que estaba pasando”, comenta ahora, al recordar las piezas sueltas que, en ese momento, todavía no encajaban dentro de un marco lógico.

Entonces encendió la radio, en búsqueda de más información respecto a lo que ocurría y comenzó a entender la gravedad del caso. “Me sentí muy sorprendido y con mucha incertidumbre por lo que estaba pasando, porque escuchaba que había bloqueos en calles por las cuales yo había pasado media hora antes, o una hora antes: me parecía increíble, porque yo había visto todo muy tranquilo. Empecé a sentir mucha presión por llegar por mi mamá y llevarla a casa”.

La calma anterior empezó a sentirse engañosa: se transformó en una tensión contenida. 

Cuando llegó al mercado y llamó a su madre para recogerla, ella, aún ajena a la situación, le contestó: “Sí, ya voy, nada más me falta comprar unas jícamas”. La escena era un contraste enorme con lo que comenzaba a escucharse en la radio: Pablo entendió que la información aún no alcanzaba al lugar.

Poco a poco los rumores comenzaron a circular entre puestos: conforme se acercaban al estacionamiento, Pablo y su mamá notaron que la situación se agravaba. Las cortinas metálicas de los locales comenzaban a caer, repiqueteando una tras otra, en una sinfonía sorda y repetitiva. Empezaban a escucharse pláticas apresuradas entre los comerciantes, insistentes: personas diciendo “ya vámonos, ya vámonos”. Las manos apresuraban el cierre de cajas y candados, y las voces, preocupadas, urgían el regreso a casa frente a la incertidumbre.

En cuestión de minutos, la atmósfera urbana se transformó: un velo oscuro se cernía, silencioso, sobre la ciudad. El rumor que buscaba explicar la situación pasó de boca en boca: se propagó hasta convertirse en un zumbido, que se adueñó de las calles. Guadalajara se transformó en una colmena, sacudida de repente; con el movimiento, las abejas dejan de volar en círculos ordenados y emprenden un vuelo precipitado buscando resguardo. Así, los autos aceleraban, las personas andaban y las conversaciones se acortaban a despedidas breves. En el mercado, Pablo no vio a nadie gritar o alterarse en ningún momento. Las personas sólo se movían más rápido. “En esa media hora la ciudad se quedó vacía”, declara.

De regreso con su mamá, al pasar por avenida Javier Mina, notaron que ya se había desmontado la vía recreativa. “Pasamos por ahí, y nos dimos cuenta de que la quitaron a las 10 de la mañana”. Su madre lo dijo con claridad: “No, sí está pasando algo grave. Para que quiten la vía recreativa, algo grave está pasando”.

El trayecto de regreso a casa les tomaría cuarenta minutos, y ahora, Pablo lo describe como algo extraño:

“Desapareció el tráfico. Todos rápido se fueron a casa. Ibas escuchando la radio, y que ahora gasolinera quemada cerca de Terraza Oblatos. Y nosotros estábamos a 5 minutos de ahí. No había tráfico, pero sí mucha tensión”.
Finalmente llegaron y encendieron la televisión para ver las noticias y abrieron los grupos de WhatsApp familiares, sólo para encontrarse con una ola de desinformación que amplificó la angustia de ambos: el papá de Pablo todavía se encontraba en su lugar de trabajo, y en ese momento, la situación comenzaba a desbordarse en rumores, audios con advertencias y videos inquietantes a nivel nacional.

“Fue muy complicado porque me llegaba algo y preguntaba tres, cuatro, veces a tres, cuatro personas. Revisaba muchas fuentes para saber si era cierto o no lo que pasaba, porque era una cosa brutal de noticias, de mensajes, de audios, de imágenes… Y ahorita con la inteligencia artificial, pues no sabías qué era lo que realmente estaba pasando”.
El domingo, la incertidumbre que azotó al país no solo venía de los hechos, sino que también del no saber qué creer.

Para Pablo, ya habían pasado más de dos horas desde que el humo apareció en su horizonte por primera vez cuando finalmente comprendieron el motivo de los bloqueos y los incendios. Al enterarse, el impacto fue más profundo: “Cuando nos enteramos de qué estaba pasando, fue de miedo, porque sabíamos que era algo muy peligroso lo que había sucedido”. Lo que había comenzado como una mañana de domingo familiar, de trabajo y de mercado, se convirtió rápidamente en una realidad colectiva, atravesada por la violencia organizada, con consecuencias que exceden cualquier parámetro.

El lunes, Pablo y su familia no salieron de sus casas. “Fue como volver a esos escenarios de la pandemia, cuando no pasaba ni un alma en la calle”. La única diferencia, es que ahora las calles vacías no son más un signo de cuidado sanitario, sino que ahora son evidencia del miedo.

El martes Pablo retomó sus actividades y rutina habituales, pero hasta hoy, algo sigue sin sentirse del todo bien:

“Hay cosas que habitualmente pasaban de forma cotidiana en la ciudad, pero ahora alertan. Pasa una ambulancia y volteas, escuchas una patrulla y volteas rápido”.

La normalidad se encuentra rota; para los habitantes de la ciudad, cada sonido puede significar una posible amenaza. “Esto fue algo nunca antes visto. Habíamos visto bloqueos en zonas carreteras, pero no dentro de la ciudad. Ahora lo veías a la vuelta: olías el humo. A esta magnitud va a ser difícil que se normalice; la violencia está entrando mucho en la cultura local”.

El domingo empezó diferente para Pablo, que salió a trabajar un poco más tarde para evitar el tráfico del medio maratón. Para Pablo, que terminó manejando entre calles que, en para la tarde, se convertirían en un campo de guerra para muchas personas: Actualmente, se reporta un saldo aproximado de 62 personas fallecidas en el estado, incluyendo ataques a fuerzas de seguridad, bloqueos de carreteras e incendio de comercios, señalan cifras oficiales publicadas por el New York Times.

“Esperaría que esta sí haya sido la solución a la realidad tan complicada que se vive en nuestro país. Pero sé que quizá no va a ser así. Yo espero que la violencia baje, pero la verdad lo dudo mucho”.

El humo que vio por la mañana no solo marcó el principio de un desajuste nacional. También dejó una incomodidad que permanece en todos y todas hasta el día de hoy: la de saber que vivimos en una normalidad frágil, capaz de romperse por cosas que nos son completamente ajenas. De saber que todo puede venirse abajo sin que lo sepamos, mientras conducimos, escuchamos el radio y pensamos que se trata, simplemente, de otro incendio más en nuestra ciudad.

 

Este trabajo fue realizado por ZONADOCS, que forma parte Territorial Alianza de Medios. Para consultar el contenido original, dar clic aquí