Culiacán, Sin.- Los carteles se veían desde lejos. Frente al Ayuntamiento de Culiacán, la avenida Álvaro Obregón comenzó a teñirse de morado. Había rabia, pero también abrazos, risas nerviosas y miradas cómplices. Un humo de limpia, de protección para el camino, comenzaba a envolver a las asistentes.

Este domingo 8 de marzo, mujeres de todas las edades comenzaron a reunirse para marchar rumbo al Palacio de Gobierno. Algunas llegaron en grupos de amigas, otras en familia y muchas más solas. Todas con un mismo objetivo: conmemorar una fecha que busca visibilizar la violencia, recordar a las víctimas y exigir que no se repita.

Yoeli adornó su rostro con brillantina morada. A sus 29 años, esta era la primera vez que marchaba como sobreviviente.

Hace un año y dos meses, su expareja la agredió de maneras que ni siquiera puede narrar sin que su rostro se desencaje y la voz se le rompa. Ella, al igual que miles de mujeres en Culiacán, decidió tomar el autobús junto a sus hijos para alzar la voz y celebrar que hoy sigue aquí, que no se convirtió en una estadística más y que, a pesar de la revictimización sufrida por parte de las autoridades, esas que se supone están para protegerla, su agresor hoy cumple una condena.

Estuve a punto de ser una cifra más entre un mar de gente y oídos sordos, y hoy estoy aquí. Celebro que estoy viva y luchando también por los derechos de mis hijos, para que ellos no tengan que marchar un 8 de marzo sin su madre”.

En Sinaloa, la violencia contra las mujeres sigue marcando la conversación pública. Entre septiembre de 2024 y el cierre de 2025, al menos 140 mujeres fueron asesinadas en el estado, de acuerdo con cifras de la Fiscalía General del Estado (FGE). De ellas, 90 fueron tipificadas como feminicidio, mientras el resto se investigó como homicidio doloso.

Además, 2025 concluyó como el segundo año con más feminicidios desde que este delito se tipificó en 2012. El primero fue 2017, cuando en Sinaloa se registró un incremento del 34 por ciento en homicidios.

Después de hoy, mañana voy a tener cien mil amenazas de que deje al gobernador en paz, pero ya estoy harta. No me voy a callar. No me importa ser la próxima, no me voy a quedar callada hasta que le den la justicia que mi hermana se merece”, dijo Alma Daniela, hermana de Vivian Karely Aispuro.

La joven de 26 años fue asesinada por el presunto feminicida Oswaldo Nathanahel el 22 de marzo de 2025 y, hasta este momento, la sentencia no ha llegado. Vivian Karely fue la segunda víctima del supuesto agresor: el 22 de abril de 2023, Tabatha Tozzi, su entonces pareja sentimental, también fue asesinada en Estados Unidos.

Este año también hubo muchas niñas acompañadas de sus madres. Algunas cargaban carteles que ellas mismas habían hecho.

Una de ellas gritaba con fuerza: ¡Quiero vivir sin miedo!

Porque la violencia también tiene rostros infantiles en Sinaloa: Alexa, Leydi, Regina y Danna Sofía, niñas que el año pasado murieron a causa de las balas.

El primer contingente estaba conformado por mujeres con necesidades médicas o alguna forma de discapacidad, así como por infancias. Les seguían los colectivos de búsqueda, madres buscadoras y familiares de víctimas en búsqueda de justicia.

El tercer bloque era general, para todas las que iban con sus amigas o solas. Finalmente, un grupo de “morritas” avanzaba en bicicletas, scooters, patines o acompañadas de sus mascotas.

Durante la marcha, los gritos, los cantos y el baile animaban a las manifestantes. Bastaba con que una gritara: ¡El que no brinque es macho!, para que todas comenzaran a saltar.

También se escucharon consignas como:

No somos una, no somos cien, pinche gobierno cuéntanos bien”.
¡El que no brinque es Rocha!”.
La policía no me cuida, me cuidan mis amigas”.

Las mujeres continuaron caminando hasta llegar al Palacio de Gobierno, el último destino.

En el trayecto, mujeres organizadas con pasamontañas o pañuelos guiaban la marcha con megáfonos, marcando el ritmo de los contingentes.

Al llegar, en la explanada había un pequeño templete con micrófono, puestos con productos de emprendimientos de mujeres y una exposición colectiva de arte.

Pero no había mucho tiempo para pausas.

Las mujeres con sus carteles, las fotografías de quienes fueron asesinadas o siguen desaparecidas, subieron las escalinatas de un Palacio cerrado.

Formaron un círculo de contención. Algunas se hincaron en el piso, llorando por las suyas. Otras observaban en silencio, dejando que el dolor las atravesara.

Paulina también marchaba por primera vez. Durante años no entendía por qué las mujeres salían a marchar. El movimiento le parecía ajeno, hasta que la violencia la alcanzó.

Me costó mucho reconocerme como víctima. Hoy estoy aquí porque me siento abrazada y acompañada. Ya entendí”.

Mientras algunas permanecían frente al Palacio, en la explanada se quemaba madera. Era una especie de limpia y cierre del ciclo: el humo que buscaba purificar y el fuego que intentaba arrasar con todo aquello que las lastima.

Desde el templete también hubo denuncias públicas. Una manifestante tomó el micrófono para señalar a la diputada con licencia de Morena, Almendra Negrete, en un conflicto político que en los últimos días ha escalado incluso a tribunales.

Pero más allá de las denuncias y los discursos, muchas mujeres seguían de pie frente al Palacio.

El humo de la madera quemada subía lento sobre la explanada.
La marcha había concluido.

Pero el eco de las consignas seguía flotando en la avenida:

queremos vivir.

 

 

 

 

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