Por: Fernanda Gálvez
Mentoría: Rafael Cabrera

En un salón donde las paredes son espejos y el piso es de madera, un grupo de mujeres se reúnen para moverse. Con cuencos de fondo y la voz suave de quien las guía, ellas pasan de la postura de yoga de la montaña al perro boca abajo. Inhalan profundo y, con la exhalación, cambian de posición. La luz tenue ha transformado la atmósfera en un espacio acogedor, donde se olvida el caos de la Ciudad.

La práctica ocurre dos días antes del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Isela Quintana, Katia Flores y Evelyn “Evy” Moreno, quienes forman parte del grupo de danza contemporánea, Hebra, y convocaron a otras mujeres a ser parte del encuentro titulado: “Movimiento. Memoria. Manifiesto”. Un juego de palabras que surge de nombrar lo que atraviesa su experiencia como mujeres, dice Evy.

Isela Quintana, bailarina, docente y coreógrafa de danza contemporánea, fundó Hebra en conjunto con dos de sus amigas hace diez años. Ella cuenta que la idea nació de la inquietud de las tres por tener un espacio para bailar y montar piezas escénicas en libertad. Con el tiempo, dice Quintana, Hebra pasó a ser un proyecto personal en donde puso en juego su pasión por la docencia.

Ahora Hebra lleva casi siete años manejándose como “un espacio donde la gente puede venir y ser quien es a través del movimiento, un lugar de continuo aprendizaje y de mucha escucha entre todas las personas que estamos convergiendo aquí”, dice Isela Quintana.

Respirar para vivir

El encuentro propone seis clases vinculadas al cuerpo, el movimiento y la expresión. Las imparten seis mujeres invitadas por las organizadoras, quienes explican que lo hicieron con el interés de habilitar un espacio donde pudieran compartir sus conocimientos y que se dieran a conocer más desde su profesión.

Pilates fue una de las prácticas que se impartieron en el encuentro. Camila Garnica, instructora, propone que, a partir del pilates, se tenga mayor consciencia de la respiración, pues dice que así el cuerpo conecta y responde diferente.

“Hacer yoga salvó mi vida”, Ana Nieves. Fotografía: Fernanda Gálvez.

Ana Nieves, quien asistió al encuentro para dar la segunda clase, Yoga Vinyasa, cuenta que lleva tres años compartiendo esta disciplina y que lo hace porque para ella, el yoga fue algo que la ayudó a liberar tanto su cuerpo como su mente. Espera, dice, que para quienes toman sus clases, el yoga también resulte liberador.

Cuerpo y libertad

La mañana del 6 de marzo del 2026 es fría, pero dentro del salón de baile, los cuerpos de 15 mujeres generan un calor abrigador. Entre pies descalzos, oídos atentos y miradas que se cruzan entre sí, las clases transcurren una tras otra.

Es el turno de Le Gata, una bailarina originaria de Costa Rica, quien está a punto de compartir “Otro cuerpo: contemporáneo”, un taller de danza y partnering, técnica basada en el trabajo físico con otros cuerpos, que propone moverse a partir del encuentro y el reconocimiento colectivo.

En la clase de danza contemporánea, las asistentes exploraron su movimiento con el de otras mujeres. Fotografía: Fernanda Gálvez

Durante una hora las mujeres utilizan sus cuerpos como puntos de apoyo para sostenerse entre ellas. Guían sus movimientos a partir del contacto físico. Se manipulan a través del tacto y, como si cada parte de su cuerpo estuviera llena de ojos y oídos, se mueven acompasadas sin decir una palabra. En ese silencio, los cuerpos hacen acuerdos para acompañarse suavemente.

“Estamos muy acostumbradas a que nos toquen, pero no desde un lugar sano ni seguro ni bonito”, se le escucha decir a Le Gata a mitad de la clase, e invita a sus alumnas a dejarse sostener, a ser guiadas, a aprovechar el cuidado que sus compañeras les ofrecen para trabajar su danza.

Isabel Narezo, artista escénica que asistió como participante al encuentro, cuenta que durante las clases tuvo la sensación de sentirse acuerpada, reconfortada, escuchada, sostenida y en un espacio seguro, y añade: “Ahorita me siento suave, tranquila, en paz, lista para el día”.