El verano de 2026 trajo consigo lluvias que permitieron acumulados importantes en las presas del estado de Sinaloa. Se pudiera decir que, por lo menos en este año, no tenemos problema de sequía. El agua cayó del cielo, lo que hace falta es un cultivo que tenga rentabilidad.
En Sinaloa se siembran una gran variedad de granos, hortalizas y frutales. En los granos se incluyen principalmente el maíz, frijol, garbanzo, trigo y sorgo, se produce también en menor dimensión ajonjolí, cártamo, girasol y otros. Dentro de las hortalizas se produce tomate, chile, pepino, ejote, berenjena, calabaza, tomatillo, cebolla, incluyendo también papa que no es una hortaliza, pero comparte características de producción y mercado más similares a las hortalizas que a los granos. Y frutales como mango, limón, naranja, sandía, melón, papaya y guayaba principalmente.
Dentro de cada uno de los cultivos mencionados hay diversos tipos o variedades lo que hace el abanico de opciones de productos muy nutrido. El problema entonces no recae en los cultivos a producir que nos permite esta zona, debido a su clima especifico y tipos de tierra. Tampoco en la capacidad de los productores de cosechar un fruto sano, de excelente calidad y con muy buenos rendimientos. Ni en la infraestructura necesaria y mano de obra especializada para llevar a cabo altos volúmenes de producción y acomodarlos de manera casi inmediata en los mercados destino en cada rincón de México, Estados Unidos y Canadá.
La limitante más importante termina siendo los mercados. Sinaloa es un estado que se ha especializado en producir alto volumen de muy buena calidad, pero lo que lo distingue a fin de cuentas es el volumen. No hemos sabido los agricultores como sacarle el suficiente provecho a esa calidad excepcional que se produce aquí y nos hemos dedicado a surtir mercados cada vez más exigentes, donde el consumidor final termina pagando altos precios por los productos, pero eso no termina reflejándose en el productor directamente.
Las cadenas logísticas, de intermediarios, comercializadores, financieros y transformadores se llevan la gran tajada del pastel. Lo que le queda al productor se va en proveedores, sueldos, impuestos, cuotas, inversiones, deudas, financiamiento, etc. El negocio agrícola está en producir mucho, porque los márgenes de utilidad son muy reducidos. Es un modelo de negocio que requiere de mucho flujo, con muy alto riesgo y poco margen.
Los últimos años han sido excepcionalmente complejos para todos los cultivos, obviamente unos más que otros y dentro de los productores hay quienes están más consolidados y fuertes y quienes no lo están. Se han juntado climas complicados, con poca agua disponible, con un tipo de cambio asombrosamente bajo, con altas tasas de financiamiento, con alzas importantes de precios de insumos indispensables, con mercados muy competidos, con cambios generales en el consumo global, con políticas públicas que han entorpecido y complicado la actividad aun más.
Tenemos un clima difícil, un mercado voraz, un consumidor desinteresado, una cadena desbalanceada, competencia canibalística, un sistema de producción desgastado y un gobierno que lo entorpece y complica todavía más.
Por eso en Sinaloa hoy en día la pregunta es ¿y qué sembramos? Hay tierras, agua, hay infraestructura, equipo, hay conocimiento, capacidad, inversión, vocación, proveedores, especialistas, hay todo. Pero por alguna razón, o varias, no estamos alineados de manera correcta con los mercados.
El mercado puede ser muy bondadoso o muy cruel, y estos últimos años la agricultura en Sinaloa ha visto su peor cara. Por eso el objetivo fundamental de los gobiernos es implementar políticas públicas que crean confianza y estabilidad para promover el desarrollo económico y la libre competencia con reglas claras y estado de derecho para lograr el bienestar de su gente. Y eso en México está sucediendo todo lo contrario.
El gobierno debe de entender claramente las necesidades de los productores, pero primero que nada tiene que entender qua cada zona, cada cultivo y cada unidad productiva son muy distintas. Es casi imposible que una política pública unificada general sirva para todo el país. Por eso el gobierno debe tener la capacidad, no solo de escuchar, pero más importante de comprender y de no solo presentar y anunciar soluciones, sino llevarlas a cabo de manera exitosa.
Ya no es tiempo de inventos, de ocurrencias, de nostalgia. Tenemos que entender a los mercados, aceptar las opciones, identificar oportunidades estratégicas, diseñar un plan y ejecutarlo exitosamente, tenemos que dejar a un lado lo que nos retiene y enfocarnos en lo que nos impulsa.
Para eso es indispensable hacer que se escuche nuestra voz. Tener un objetivo claro y que los organismos amplifiquen el mensaje y se encarguen de que se escuche fuerte y claro, para eso existen. Y que los productores hagan lo que les toca. No ceder hasta ver cumplidas nuestras demandas.
Esta gran crisis debe ayudar a forzarnos a hacer los cambios necesarios para salir más fortalecidos de ella o sino terminará por sepultarnos.

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