La disposición oficial para prohibir el consumo de comida chatarra en las escuelas, particularmente las del nivel básico y medio, tiene como objetivo esencial controlar los elevados índices de obesidad, desnutrición y enfermedades crónico degenerativas en la población que sustituirá a la actual fuerza laboral en el relevo generacional.

Durante décadas México y Estados Unidos se han disputado el primer lugar mundial en obesidad infantil y adulta, pero en los últimos años nuestro país ha destacado, particularmente en la población de menores, lo que representa un reto mayúsculo para el futuro por los altos costos que implica sostener a una población enferma y por lo tanto menos productiva.

El mayor reto al que se enfrentan las autoridades de salud no solo es disuadir a la población de alimentarse con productos chatarra, procesados o ultra procesados, mediante campañas en medios de comunicación, el etiquetado de los productos con sellos confusos o aumentando impuestos, sino revertir toda una tendencia de cultura alimentaria gestada durante décadas en este país.

La dieta tradicional mexicana se ha trastocado por la industria de los alimentos procesados, de la chatarra y por un abandono institucional que permitió su inserción en las instituciones educativas, donde se supone se debe promover el cuidado a la salud y la alimentación saludable.

En un estudio científico publicado por este autor en 2022, se establece que, por ejemplo, la ingesta tradicional de aguas preparadas con frutas, saludable y sin azúcares artificiales dañinos, fue sustituida por el refresco u otras bebidas altamente azucaradas y de ingredientes artificiales. El modelo tradicional-cultural fue trastocado, y el éxito de la suplantación se debió a que el refresco genera adicción y no representa mayor esfuerzo en la preparación.

La suplantación ciertamente incrementa el gasto familiar, sumado al deterioro en la salud, pero como es “hormiga” no es tan notorio. Por su parte los platillos condimentados y el picante, tradicionales también, están siendo sustituidos por los aditivos de la comida ultra procesada, y ese gusto por el chile la industria de la chatarra la aprovecha con productos como el flamin’ hot, que se agrega a una gran variedad de botanas y hasta se ofrece como condimento para la comida. De esta forma la afición por el picante cambia del modelo tradicional-cultural al industrial, con ganancias millonarias para las empresas y pérdidas igual de millonarias para el gobierno que trata los padecimientos y enfermedades generados por la mala alimentación.

Por mucho que moleste a empresas o ciudadanos la campaña del etiquetado de productos o la prohibición de la venta de alimentos chatarra en las escuelas, es imperante frenar el consumo de alimentos procesados, ultra procesados y botanas chatarra porque la población padece los estragos al estar enferma y obesa, mientras que el gobierno gasta en atender padecimientos mayormente prevenibles. El problema es la resistencia cultural, la forma en que el modelo alimentario industrial cada vez se mimetiza más con el tradicional, como ocurre con la ramen birria, por nombrar solo un ejemplo.

Esa resistencia cultural puede medirse con claridad en las escuelas, donde la prohibición se mezcla con la omisión, para generar válvulas de escape que prohíben pero al mismo tiempo promueven el consumo de comida chatarra, quedando bien con las autoridades sanitarias y de educación, así como con los integrantes de la comunidad educativa que demandan esos alimentos.

En las escuelas primarias de Culiacán, por ejemplo, es común observar vendedores de comida chatarra en la salida, o venta de refrescos y botanas en las casas aledañas a los planteles, cuyos propietarios llevan los productos hasta la barda de la escuela, como ocurre en la secundaria Agustina Ramírez, ubicada en El Palmito.

En otros planteles existe un juego de doble moral porque mantienen control sobre el lonche que las y los estudiantes llevan, pero al interior venden comida chatarra disfrazada de saludable. En una escuela primaria privada ubicada en Las Quintas se pide a estudiantes llevar comida saludable, y hasta prohibieron los festejos de cumpleaños bajo el argumento de evitar la introducción de alimentos prohibidos, pero en la tienda del plantel venden botanas aparentemente saludables (horneadas pero llenas de aditivos), galletas y helados de chocolate, porque eso genera más ganancias que vender fruta o verdura preparada.

Al final queda al criterio de cada plantel aplicar de forma total, parcial o disfrazada la norma oficial para controlar el consumo de alimentos chatarra o ultra procesados, y a pesar de la buena intención de la medida está destinada al fracaso, porque si algo nos enseña la cultura mexicana es que es buena para la simulación, y porque la alimentación, le guste o no al Estado, es un asunto personal, ligado a patrones culturales e inserciones industriales disfrazadas de modas o innovaciones.

Cargar de impuestos a esos productos es más factible para que sirvan como inhibidor del consumo, pero por lo que hemos estudiado hasta en los hogares de escasos recursos se gastan de mil a tres mil pesos mensuales en consumo de refrescos y otros productos chatarra, una inversión poco saludable que mantiene a la población de este país enferma, al gobierno erogando gastos inmensos en atender esos padecimientos y a una industria sin escrúpulos que escapa a impuestos, prohibiciones y campañas educativas, enriqueciéndose a costa de la salud humana.

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