Mtro. Jesús Rojas Rivera

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La preocupación por el deterioro del medio ambiente y los efectos del cambio climático no son nuevos. Hace más de treinta años, los gobiernos del mundo se interesaron por los daños irreversibles que la contaminación, la sobreexplotación de los recursos naturales y el cambio en la temperatura de nuestro planeta —que a partir de la era industrial ha subido 1.5 grados— estaban provocando.

En la Cumbre de Río de Janeiro en 1992 se pusieron las bases para el debate mundial sobre los efectos del cambio climático. En 1995, auspiciadas por la ONU, se reunieron varias representaciones nacionales en Berlín, Alemania; ahí nace la primera COP o “Conferencia de las Partes”, como un espacio para discutir, debatir y acordar una ruta de atención global para la mitigación, reducción y combate al cambio climático y sus perjudiciales efectos. Dos años después, en 1997, en Kioto, Japón, se celebra la tercera COP, la cual marcaría un nuevo rumbo en los acuerdos internacionales para la orientación conjunta de acciones específicas, políticas y compromisos para reducir la emisión de gases de efecto invernadero.

Treinta años después, los acuerdos de acciones conjuntas para mitigar los impactos ambientales han dado muchos giros. Algunos pueden verlos como positivos, otros como “buenas intenciones” y algunos más como parte de un discurso de legitimación política. Como todo en la agenda global, las cosas van cambiando: los líderes mundiales toman partido en bloques y apuestan por dirigir las visiones sobre lo “mejor” y lo “peor” respecto al cuidado del medio ambiente.

Más allá de los acuerdos de gobierno, están las acciones de organizaciones civiles y organismos no gubernamentales comprometidos en la lucha contra el cambio climático. Y esa es la otra COP: la que reúne a expertos, académicos, líderes sociales, representantes de pueblos originarios y a todo aquel que tiene alguna inquietud por hacer que este planeta sea prioridad en las acciones, por ser nuestro “hogar común”.

Es justamente bajo esa lógica de acción desde lo local que nace Fundación Raíces, una asociación civil orgullosamente sinaloense impulsada por la iniciativa privada. Viajo a Turquía con un encargo muy claro de su Presidente y Consejo Consultivo: traer a nuestro territorio las mejores prácticas globales en cuatro frentes estratégicos:

Sanar la tierra y retener el agua: Sinaloa enfrenta una de las crisis hídricas más severas de su historia moderna, con un impacto devastador tanto en el éxodo de comunidades rurales como en los ciclos de siembra. Nuestra meta en Antalya es aprender de modelos globales de reforestación intensiva usando especies endémicas de la selva baja caducifolia —como la apoma y el venadillo— para regenerar la retención de humedad en los suelos.

Ganadería sustentable y eficiencia hídrica: Somos un gigante agropecuario a nivel nacional, con más de 1.5 millones de cabezas de ganado. Sin embargo, esa misma vocación económica nos posiciona como una entidad con una alta huella de carbono y una enorme demanda de agua. Exploraremos esquemas de silvopastoreo y reducción de metano para modernizar el campo sin asfixiar sus recursos.

Impulso a la investigación científica y aplicaciones técnicas en nuestra localidad: En un país donde la inversión en ciencia difícilmente supera el 0.4% del PIB, Fundación Raíces busca crear incentivos y fondos para retener el talento de nuestros investigadores en universidades e institutos de Sinaloa y México, aplicándolo a soluciones climáticas locales. Queremos aprender cuál es la forma más eficiente y transparente de impulsar estas investigaciones.

Una red verde sin fronteras: Tejer alianzas con ONGs y centros de investigación globales para trasladar tecnología y conocimiento directamente a las comunidades sinaloenses, sin intermediarios partidistas, gubernamentales o agentes ajenos a nuestro legítimo interés social.

Con una breve parada en Madrid, de camino a Antalya en Turquía —sede de la COP 2026—, escribo esta columna emocionado y contento, pero sobre todo comprometido con esta gran responsabilidad.

Asumo la encomienda de Fundación Raíces con profundo entusiasmo y con la certeza de que, en muy poco tiempo, la sociedad civil organizada de Sinaloa será un referente de cómo actuar ante la crisis ambiental desde lo local. Como bien dice una de las voces más valiosas del proyecto: “todo gran cambio mundial comienza desde los pequeños cambios locales”.

Nos leemos en la siguiente entrega desde el corazón de la cumbre… y luego le seguimos.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO