Desde que las computadoras ocuparon un espacio primordial en los hogares y en la mayoría de las tareas humanas, incluso en las recreativas, la discusión en torno a los efectos negativos de su uso ha generado más infodemia que datos realmente constatados.
El bajo rendimiento escolar, la adicción a las pantallas, a la pornografía, el sedentarismo y las enfermedades asociadas al fenómeno, así como otros tantos “males” sociales, se han atribuido históricamente al uso de dispositivos electrónicos, desde la computadora hasta las nuevas generaciones de teléfonos móviles. Además, la internet también ocupa, desde su surgimiento, un escaño en la cúspide de descalificaciones y culpas de todo lo malo que ocurre.
El verdadero problema en términos sicosociales no está en la disposición desmedida de dispositivos electrónicos, de pantallas y conectividad a internet, redes sociales o mensajería instantánea, sino en su uso. Todos son herramientas, y así como un martillo puede servir para fabricar una mesa o para golpear a alguien en la cabeza y matarlo, los dispositivos electrónicos y la internet pueden ser útiles o destructivos. De esta forma más que satanizar a las mejoras tecnológicas, de acceso a la información y la comunicación, deberíamos centramos en su uso irresponsable, pero ahí es a donde nadie quiere voltear.
Según estimaciones de la Secretaría de Educación Pública (SEP), México ocupa el primer lugar en el uso de teléfonos móviles entre la población joven. El promedio global del tiempo destinado a estas pantallas es de 6 horas con 38 minutos, mientras que las y los jóvenes mexicanos mayores de 16 años pasan frente al móvil 7 horas con 32 minutos, el “equivalente a una jornada laboral” concluye la SEP. La juventud mexicana destina casi 8 horas al día en monitorear contenidos en su teléfono móvil, y la pregunta no debe ser si le hace daño o no, sino qué está viendo y por qué ocupa tanto tiempo frente a la pantalla.
No debería alarmarnos que la juventud pase una jornada laboral frente al móvil porque parte de la cultura mexicana está acostumbrada a las pantallas, sólo basta recordar cómo a la mayoría de las y los mexicanos nos sentaron frente al televisor para quedarnos quietos, los domingos por las mañanas o cuando no había clases, en un intento de mantenernos entretenidos. Así crecieron las generaciones pasadas, educadas por el televisor, lo que el teórico de la comunicación Giovanni Sartori, denominó video niños, de esta manera nos acostumbramos al entretenimiento que funge como niñera, como antídoto para las travesuras.
Sartori establece que un video niño, cuando se convierte en adulto, carece de autoridad moral para educar a sus hijos fuera de las pantallas, porque no lo reconoce como algo malo, y por eso tiende a normalizar su uso y, lo que es peor, a promoverlo. De esta forma es común observar a padres y madres que sueltan sus teléfonos a los niños, desde pequeños, para tenerlos quietos. Vamos a los restaurantes y nos horrorizamos de esas escenas, pero ¿recuerdan ustedes cómo los sentaban frente al televisor para tenerlos tranquilos, por qué es diferente ahora?
Recuerdo que en mi niñez la televisión abierta reinaba; para ver una caricatura de 15 minutos teníamos que observar media hora de anuncios comerciales, pero nos gustaba, nos manteníamos a la expectativa, tanto que aún canto algunos de esos anuncios, como buen video niño educado por una pantalla. Hoy, en la era del streaming, el internet y las plataformas de videos, la niñez y las juventudes quizás no aprenden y canten anuncios, pero sí replican bailes, retos virales, los famosos trending topics. Seguimos siendo manipulados, como monos entrenados cuyo amo es la pantalla, pero cuando ese entrenamiento sale de la norma, es decir, cuando alguien comete un agravio, entonces culpamos a los padres irresponsables que dejan a sus hijos horas frente a las pantallas.
Que la juventud mexicana dedique toda una jornada laboral al uso del móvil podría ser beneficioso si los contenidos fueran apropiados, como utilizar el martillo para fabricar la mesa, pero por la experiencia con universitarios puedo asegurar que la mayoría del contenido que observan es basura, puro entrenamiento sin sentido; y ahí es cuando el martillo se convierte en arma, porque ese contenido está ocasionando, como también se discute, que las generaciones de jóvenes y adolescentes tengan un coeficiente intelectual más bajo que sus antecesores.
Efectivamente, sobre la mesa está la discusión de que por primera vez en la historia de la humanidad las nuevas generaciones no están superando en coeficiente intelectual a sus predecesores, sino que están teniendo menos capacidades cognitivas, y ¿adivinen quién la culpa? Sí, las pantallas, el internet, los videos de bailes, pero nadie se ve en el espejo para aceptar que dejan a sus hijos o hijas pasar 8 horas frente al móvil, porque ese entretenimiento los mantiene quietos, en casa, a “salvo” y sin hacer travesuras.
Actualmente, con el auge de la Inteligencia Artificial (IA) y la apertura al uso gratuito de estos sistemas, también se discute si la humanidad pierde capacidades de razonamiento u otras cognitivas, porque la tarea de pensar y resolver se la estamos legando a la IA. Pero al igual que las computadoras, el internet, los teléfonos móviles y las aplicaciones de video o mensajes, la IA es una herramienta -muy útil por ciento-, es el martillo moderno, así que podemos dañar con ese martillo o lo podemos aprovechar para construir algo extraordinario.
“No es lo mismo la colaboración creativa que la delegación irresponsable”, me contestó una IA cuando hablábamos sobre estos paradigmas modernos. Y tiene razón, usar a la IA como asistente puede ser lo más útil que ha tenido la humanidad en su historia, pero siempre manteniendo la prioridad de reflexión, pensamiento, supervisión y creación, pero si le delegan todo por pereza o practicidad, entonces la herramienta sí podría hacernos daño, no porque sea malvada y tenga la culpa de todo (ya se la están echando, por cierto), sino porque en el uso no hubo supervisión (en el caso de los menores), mesura y responsabilidad ética.
En otra de las reflexiones con la IA comentaba que la usan principalmente para el entrenamiento, para hacer fotos y videos graciosos, de sí mismos, de cosas banales o de tendencia, relegando el gran potencial que posee para la búsqueda, el procesamiento y la asistencia. Y si todas las personas creen que la IA solo sirve para eso, así como los móviles solo sirven para ver videos y el internet para ver pornografía, entonces la culpa siempre se dirigirá hacia esos sistemas y no hacia su uso y quien la usa.
El indicador de que nuestra juventud pasa más tiempo frente al celular que en la escuela debería ser una llamada de atención hacia la supervisión, una oportunidad para ofrecer otras opciones de entretenimiento, no un pretexto para culpar al dispositivo que, además, se le asignan labores de crianza y calmante.

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