Los movimientos conservadores, que en la política o en la vida social habitual están tomando fuerza en varias partes del mundo, particularmente en lo que se conoce como Occidente, obedecen a cambios en la cultura que por más alarmantes o regresistas que parezcan son normales.

Ninguna cultura es estática, permanece con la misma moral, religión o normas con la que rigen la vida de sus individuos; todas son dinámicas, cambian con base en los paradigmas del tiempo, en las necesidades de avance, de transformaciones del establishment o de normas que ya no son toleradas u operacionales según el tiempo en que se vive.

Las culturas son autopoiéticas, según el sociólogo alemán Niklas Luhmann, es decir, se reproducen a sí mismas con base en lo que ellas le aportan al sistema social y lo que éste le regresa en materia de información y energía (según la Teoría de Sistemas del autor). De esta forma, tanto la cultura moldea al individuo como cada persona, familia, núcleo o grupo social influye en la dinámica cultural, creando esa capacidad de renovarse a sí misma continuamente (autopoiesis). La cultura, hemos mencionado en otras columnas, es la marca de todas las personas en este planeta, es nuestro libro de vida, el instructivo con el cuál nos dirán desde qué vestir o comer, hasta qué pensar, en qué creer y cómo debemos vivir.

A pesar de que el dicho popular califica a la ignorancia como falta de cultura, y solemos decir a una persona ignorante inculta, en realidad nadie escapa a la cultura, pues se nace, se vive y se muere en ella, según sus ordenamientos y caprichos; lo demás es solo desconocimiento. Además, tampoco existen culturas por encima de otras, ya que cada una es una forma de ver al mundo, de reconocernos en este plano, así que tampoco está bien nombrar “subcultura” a algo que nos parece inferior a nosotros, ya que ese mismo sentimiento de superioridad es un mandato cultural para defender a nuestro propio manual de vida.

Esos cambios culturales son entonces tan normales como los sermones que los adultos mayores suelen recetarnos sobre las bondades del pasado y la vida perdida del presente, es la resistencia a usar un teléfono inteligente porque “solo sirven para hablar”, a tener redes sociales, usar internet, consultar a la IA o conducir automóviles automáticos. Estos y cientos de ejemplos más son formas en que la cultura se resiste al cambio, pero cuando el joven “tira a loco” al anciano mientras lo sermonea y decide hacer su vida como le plazca, la cultura manifiesta su transformación, muestra la siguiente etapa de la vida social. Así ha ocurrido durante siglos, y continuará mientras existan humanos en este planeta.

Regresando al tema del conservadurismo, desde lo político con el avance de la ultraderecha por todo el mundo, o el ahora escandaloso movimiento de las tradwifes, que por cierto no es tan novedoso porque ya tiene algunos lustros, lo que estamos experimentando en realidad son otros cambios culturales, con sus resistencias y sus avances como es habitual, de tal forma en que a pesar de ser molesto para algunos lo que debemos entender es que es inevitable.

Cuando el pensamiento de izquierda, sobre todo en el ámbito político, comenzó a expandirse por el mundo, principalmente en la segunda mitad del siglo anterior, las personas de ideas contestatarias eran socialmente mal vistas, se les criticaba de regresistas, y de poner el riesgo la paz social. Pero avanzó, se posicionó y hasta gobernó.

Hoy, con ese modelo agonizante que en lo político no supo sostener lo que en la oposición sí fue: una autoridad socialmente respaldada (en todo el mundo), la ultraderecha le guiña un ojo a las personas y se cuelga precisamente de la cultura. Así se reviven los racismos, el discurso antimigrante, el odio a la diversidad sexual, el clasismo y muchos demonios sociales que sirven para culpar a los que son diferentes, de que esas diferencias son las que pusieron al mundo de cabeza, en la pobreza, con trabajos miserables, buscando el dinero por cualquier medio porque sin él, literalmente, se muere de hambre.

En la desesperación de que la vida es complicada y cada vez más cara de vivirla, las personas voltean al pasado en busca de respuestas, pero lamentablemente lo que encuentran son espejismos, fantasmas de abundancia y paz social. Los discursos de “volver a lo básico” aluden a que antes las personas eran más felices, que tenían trabajo, alimento y una buena calidad de vida; los hijos estaban bien educados y, en consecuencia, muchos de los “males” sociales del ahora no existían, y por eso ser una tradwife se presenta como la cura a parte de esos males, pues la mujer en casa, ocupada en la crianza de los hijos y la atención al marido (entre otros valores que promueve ese movimiento), evitaría que la sociedad colapse porque el modelo “liberal” solo liberó la “maldad social”.

Lo mismo ocurre con la política, donde gobernar con mano de hierro y crear cárceles como monumentos al combate de la delincuencia (como lo hacen en El Salvador), es lo que muchas personas desean y por lo que estarían dispuestos a votar si se presentara la oportunidad. Y así como uno a uno fueron cayendo varios regímenes para abrir paso a una izquierda seductora y crítica, ahora vemos cómo en el mundo cae uno por uno cada régimen de izquierda para abrirle paso a la ultraderecha, porque en el cambio drástico del modelo las personas buscan una solución a sus problemas, no verborrea de que el petróleo y los recursos son tuyos y debes defenderlos.

La gente quiere comer y vivir bien, tener un buen trabajo, seguridad al salir a la calle y buenos servicios públicos y de salud, no defender nuestra soberanía y escupirle al injerencismo político. Y en esas grietas del sistema político, que al final también son culturales, se cuelan los cambios que ahora buscan regresar a los valores del pasado para vivir como lo hicieron nuestros abuelos. Eso es una trampa, pero escribir sobre ese espejismo nos llevaría otra columna; lo que debemos asentar aquí es que solo es una ilusión, pero ¿también la izquierda nos enamoró con ilusiones no?

Con lo anterior planteado hay algo que debe quedarnos claro: la ultraderecha gobernará este país, las tradwifes tomarán fuerza en la cultura mexicana, y otros movimientos sociales que reivindican el pasado, que discriminan, segregan, criminalizan o culpan al que es distinto, continuarán creciendo en México porque al final son corrientes culturales, y así como existen cambios culturales que unos califican de buenos, habrá transformaciones que otros también creerán que son benéficas, aunque a nosotros nos horroricen.

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