Por: Luis Daniel Rodríguez, Investigador de Mexicanos Primero Sinaloa
X/Twitter: @LuisDanielRguez @MexicanosloSin
Cada 23 de mayo, el Día del Estudiante suele convertirse en una fecha para celebrar los logros, aspiraciones y sueños de adolescentes y jóvenes. Sin embargo, también representa una oportunidad para preguntarse si el sistema educativo realmente está garantizando condiciones para que esas trayectorias escolares puedan sostenerse y concluirse exitosamente. En Sinaloa, los datos muestran una realidad compleja: aunque el estado presenta avances importantes en acceso y escolarización, miles de adolescentes y jóvenes continúan enfrentando dificultades para permanecer y concluir sus estudios, particularmente en educación media superior y superior.
Los indicadores recientes de la Secretaría de Educación Pública muestran que Sinaloa mantiene un desempeño relativamente favorable en términos de acceso al sistema educativo. En el ciclo escolar 2024-2025, la cobertura en secundaria alcanzó 94.8%, mientras que en educación media superior fue de 87.4%, ubicando al estado en el segundo lugar nacional en este último nivel. En educación superior, la entidad también muestra un desempeño destacado (en comparación con otros estados), con una cobertura de 48%, colocándose igualmente en el segundo lugar nacional. De manera similar, la tasa neta de escolarización —que refleja qué proporción de jóvenes en edad normativa efectivamente cursa el nivel que le corresponde— también muestra resultados positivos: 83.1% en secundaria y 74.4% en media superior, donde nuevamente Sinaloa se encuentra entre las entidades mejor posicionadas.
Estos datos son relevantes porque evidencian que, al menos desde la perspectiva de la oferta educativa y del acceso inicial, Sinaloa ha logrado ampliar las oportunidades educativas para adolescentes y jóvenes. A diferencia de décadas anteriores, hoy una mayor proporción de jóvenes logra ingresar al sistema educativo obligatorio e incluso acceder a estudios superiores. Sin embargo, observar únicamente la cobertura o la escolarización puede generar una lectura incompleta de la realidad educativa estatal.
El principal desafío aparece cuando se analizan las trayectorias educativas más allá del acceso. Ahí emergen algunas tensiones que siguen limitando las oportunidades reales de miles de jóvenes. En secundaria, la tasa de abandono escolar en Sinaloa se ubicó en 3.2% durante el ciclo 2023-2024. Aunque el dato puede parecer moderado, representa miles de trayectorias educativas interrumpidas antes de concluir la educación básica. El problema se vuelve mucho más crítico en niveles posteriores, donde, tanto en educación media superior como superior, el abandono escolar se ubicó en 11.3% en ambos niveles, posicionando a Sinaloa en el lugar 29 y 28 nacional, respectivamente. Dicho de otra manera: 1 de cada 9 jóvenes que logra ingresar al bachillerato o a la universidad interrumpe su trayectoria educativa.
La situación se vuelve aún más preocupante al revisar la eficiencia terminal. Mientras en secundaria Sinaloa registra una eficiencia terminal de 90.9%, en educación media superior esta cifra cae hasta 71.2%, ubicando al estado en el lugar 29 nacional. En educación superior, la eficiencia terminal desciende todavía más, alcanzando apenas 55%. Esto significa que casi la mitad de quienes ingresan a la universidad no logra concluir sus estudios en el tiempo esperado. En un contexto donde la educación media superior y superior representan condiciones cada vez más necesarias para acceder a mejores oportunidades laborales y sociales, estas rupturas de trayectorias tienen consecuencias profundas tanto para los jóvenes como para el desarrollo del estado.
El problema no puede reducirse a decisiones individuales ni explicarse únicamente desde la idea de “falta de interés”. La evidencia disponible muestra que el abandono escolar suele ser el resultado acumulativo de múltiples factores: pobreza, necesidad de incorporarse tempranamente al trabajo, violencia e inseguridad en los entornos de vida, afectaciones socioemocionales, rezago académico y debilidades institucionales para acompañar oportunamente a estudiantes en riesgo.
En ese sentido, el Día del Estudiante debería servir no solo para reconocer a quienes permanecen en las aulas, sino también para visibilizar a quienes, por distintas condiciones, ven interrumpidos sus proyectos educativos. Porque detrás de cada porcentaje de abandono escolar hay jóvenes cuyos horizontes de oportunidad se reducen, trayectorias que se fracturan y derechos que el Estado no logró garantizar plenamente.
En una entidad que ha logrado ampliar el acceso educativo, el reto de fondo ya no consiste únicamente en abrir la puerta de la escuela o colocar a las y los jóvenes en la línea de salida. El verdadero desafío está en asegurar que el camino pueda recorrerse en condiciones dignas, seguras y sostenidas, para que las trayectorias educativas no se interrumpan antes de tiempo y las y los estudiantes realmente puedan llegar a la meta.

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