Por: Nuria González Elizalde, Directora general de Mexicanos Primero Sinaloa
X/Twitter: @MexicanosloSin @GlezNu.
Desde Davos, sede del Foro Económico Mundial, se habló del fin de un viejo orden mundial. Puede sonar lejano, incluso ajeno. Pero el mensaje del primer ministro de Canadá, Mark Carney, toca algo mucho más cercano de lo que parece, el momento en que dejamos de fingir que todo funciona y empezamos a mirar la realidad con mayor honestidad.
Ese viejo orden -entendido como el conjunto de reglas, instituciones y equilibrios que durante décadas dieron cierta previsibilidad al mundo- ya no funciona, y seguir fingiendo que lo hace es una forma de autoengaño. No se trata solo de geopolítica. Se trata de reconocer la vulnerabilidad para poder reconstruir fuerza. Y esa lógica aplica también en educación.
Ese mensaje, que podría parecer distante, se vuelve cercano cuando se mira desde la educación. También aquí se ha instalado una ficción, repetimos frases como “educación de calidad”, “prioridad nacional” o “nadie se queda atrás”, mientras muchas familias experimentan otra cosa, escuelas que no siempre abren, aprendizajes que no siempre llegan, trayectorias escolares frágiles que dependen más del contexto donde se nace que de un sistema que acompañe.
Hay una inercia que se volvió hábito, confiar en que el discurso políticamente correcto basta para que la realidad termine acomodándose sola.
Carney retoma una idea poderosa del pensador checo Václav Havel, los sistemas se sostienen no solo por la fuerza, sino porque muchas personas participan en rituales que saben que no son del todo ciertos. Mientras nadie quite el letrero, es decir, la apariencia de que todo funciona, la ilusión se mantiene. El problema es que, cuando la distancia entre discurso y realidad se vuelve demasiado grande, la ficción deja de proteger.
Eso es exactamente lo que ocurre cuando hablamos de educación sin mirar lo que pasa en las escuelas, las aulas, en los hogares o en los días sin clases que se van acumulando sin recuperar aprendizajes.
Desde distintos puntos del país se repite una escena conocida, informes, ceremonias y cifras que cumplen con lo administrativo, mientras lo esencial sigue pendiente. No siempre hay materiales suficientes ni condiciones adecuadas para aprender. Y, aun así, seguimos diciendo que todo marcha bien.
Aquí aparece una noción clave para entender lo que está en juego, la capacidad individual para aprender, comprender la realidad y tomar decisiones informadas. Sin esa capacidad, las niñas, niños y adolescentes crecen participando en un mundo que no terminan de comprender.
Dicho de otra manera, cuando a niñas, niños y adolescentes no se les garantizan condiciones y oportunidades para aprender, se les condena a reaccionar tarde, depender de diagnósticos ajenos y aceptar decisiones tomadas por otros.
Por eso la educación no es solo un asunto sectorial o técnico. Implica políticas públicas, instituciones, presupuesto, currículum y evaluación, pero también es un asunto profundamente político y humano, define qué capacidades se forman y qué oportunidades se abren. Ahí está la diferencia entre repetir discursos y construir futuro.
Cuando normalizamos rezagos en lectura, matemáticas o pensamiento crítico y aceptamos que perder meses o años de aprendizajes es “lo que tocó”; cuando dejamos que la escuela funcione a ratos, no estamos reduciendo la vulnerabilidad, la estamos heredando.
El mensaje que llega desde Davos no invita a compararnos con Canadá ni a importar modelos. Invita a algo más sencillo y exigente, dejar de fingir que el discurso y la apariencia bastan. Mirar con honestidad lo que sí tenemos y lo que no. Y, desde ahí, decidir qué capacidades queremos construir.
En educación, asumir la realidad implica aceptar que las interrupciones escolares, los rezagos acumulados y falta de condiciones adecuadas para aprender afectan de manera profunda las oportunidades de aprendizajes, desarrollo y participación, especialmente en contextos de desigualdad. Nombrar lo que no está funcionando, reconocer rezagos y decisiones que han debilitado el derecho a aprender es una condición necesaria para corregir y reconstruir.
Reconocer la realidad es apenas el primer paso. Lo que sigue es fortalecer la escuela y asegurar condiciones de aprendizajes fundamentales para que niñas, niños y adolescentes puedan avanzar.

Comentarios
Antes de dejar un comentario pregúntate si beneficia a alguien y debes estar consciente en que al hacer uso de esta función te adíeles a nuestros términos y condiciones de uso.