En su libro de ensayos Mirarse de frente, la escritora estadounidense Vivian Gornick habla de la alienación en distintos sectores laborales, principalmente en el mundo de los escritores dentro de las universidades americanas. Gornick relata su paso, como escritora residente, por diversos campus universitarios americanos: en el primero al que llega nadie quiere reunirse, nadie quiere debatir o conversar, pero todo mundo quiere crear una apariencia de que están unidos, como si la institución estuviera deprimida. Luego la mandan a una universidad más activa llena de fiestas con cocktails, cena con muchos invitados extranjeros,pero todo el tiempo la conversación se mantiene en lo superficial.
Ambos son escenarios que limitan la vida interior de Gornick, de manera que la frustración aparece. Entonces, ella cae en cuenta de que el problema no es la interacción o la convivencia, los espacios de soledad o su falta, sino la ausencia de un espacio que pueda generar la expresión de su vida interna. Es decir, la soledad no parece consistir en no tener con quien conectar, sino en la imposibilidad de generar vínculos ni siquiera cuando se está rodeado de personas.
En esas mismas universidades por las que pasó Gornick fue naciendo el internet. No ocurrió como respuesta a sus ensayos. Más bien surgió como una necesidad de los estudiantes y de los académicos, quienes lo utilizaron para crear lazos entre personas que se sentían solas, que querían hablar con alguien que tuviera las mismas aficiones, o para establecer un contacto de intercambio de conocimiento. Y como con cualquier herramienta pasamos de una época de iluminación y compartir a una en la que no podemos tener acceso a todo el material que se nos prometió simple y llanamente porque ahora las plataformas de música o de películas responden a intereses particulares.
Ahí es cuando me acuerdo de la idea de los cenotafios, las tumbas vacías, o cruces, que hay en cualquier lugar donde atropellaron, asaltaron con consecuencias letales, o cualquier otro hecho violento que hizo que una persona dejara de existir. Para los culichis los cenotafios son cicatrices. Pero en la antigua Grecia estos buscaban generar una entidad física, una tumba sin cuerpo, para aquellas personas que caían en volcanes o se ahogaban en lo más profundo del mar.
Lo que ahora tenemos como internet, con más conexiones y facilidades, parece ser un cenotafio de lo que fue a mediados de los dosmiles, antes de las llegadas de las plataformas de streaming. Porque en aquella época el internet se sentía, en muchas ocasiones, como un sitio prohibido donde podíamos disfrutar la vida: el internet era un cúmulo de páginas descentralizadas de las redes sociales a las cuales acudía uno a pasar el tiempo; también estaban los sitios de las empresas, o los de las películas o de loscantantes que nos gustaban; navegar en internet era como estar caminando por una ciudad en la que se ofrecían todos los productos gratuitos, o hasta cierto punto podías probarlos (para saber si querías pagarlos o piratearlos). En el 2012 se armó todo un movimiento para defender a ese internet de la Ley SOPA (Stop Online Piracy Act/ Acta para Detener la Piratería Online), que estaba siendo aprobada por el gobierno de Estados Unidos, utilizando un programa que solicitaba acceder a la página incontables veces, hasta que, en grupos grandes, tumbabas el servidor. Ahora se utiliza ese mismo programa para tumbar páginas de noticias a lo largo de todo el mundo.
Hace unos días Matthew Prince, co-fundador y CEO de Cloudflare, mostró los resultados de su empresa sobre las mediciones de tráfico generadas por bots y agentes con Inteligencia Artificial, sólo para burlarse de que lo que presagió ocurriera antes de lo previsto: él había pensado que estos agentes dominarían, al menos, la mitad del tráfico en línea para finales de 2027. Pero a mediados de 2026, ya tienen el 50 por ciento de las actividades que hay en internet. Es decir, la mitad de las entidades con las que interactuamos en línea, ya sea en redes sociales o en cualquier otro lugar, son robots. Robots sin cuerpo.
A partir de la implementación de lo que llamamos Inteligencia Artificial en muchos procesos cotidianos, y que en realidad es machine learning, ya tenía rato que se hablaba o se suponía que el internet había muerto. Con esto se referían a que aquel terreno fértil, lleno de debate, de problemas y de ilegalidad, un viejo oeste cibernético, ya no existía; pero esto también implica que ahora se puede articular este espacio democrático en el que se podían comentar para evitar actividad emergente. Hace unos meses, por mi trabajo, estábamos buscando un proveedor de marketing digital y dimos con una empresa argentina que tiene un producto de creación de leads por medio de LinkedIn. Tuve una videollamada con el encargado de ventas, quien me mostró un software, manejado con machinelearning, el cual manipula tu lista de contactos de LinkedIn y va interactuando con todos ellos, uno a la vez, simulando que eres tú quien les habla.
En ese momento me entró una idea tenebrosa.
“Una duda, fuera de la explicación”, pausé la charla con el vendedor. “¿Es posible que alguno de los contactos que responda tenga activado el mismo software y, dado el momento, estén las dos inteligencias artificiales hablando entre ellas?”
El vendedor dudó: “Sí es posible. Aunque en teoría el programa tiene que detectar si quien le responde es una persona real o no”.
Philip K. Dick se está revolcando en su tumba.
Eso es lo que es el internet muerto, ya no como teoría sino como certeza. Es la posibilidad de que la mayoría de las interacciones en redes sociales, desde los comentarios en una publicación sobre tu banda favorita o algún político que te cae mal, desde los movimientos de hate a favor de una u otra película, no sean más que artificios programados y ejecutados de manera sistematizada por alguna parte interesada. Es decir, que no hay diálogo. Sólo interacción con un espejo.
Es posible que la mayor parte del internet se vuelva un parque de atracciones que nos venda la idea de que estamos conviviendo. Pero que nos deje sin ninguna prueba de ello. Tan sencillo como lo que mencionan artistas populares: que ahora comprar media física es una especie de resistencia. El artista de videojuegos Hideo Kojima incluso lo dijo con estas palabras: “Eventualmente incluso la información digital no será poseída por individuos bajo su propia iniciativa. Cuando haya un cambio o incidente grande en el mundo, en un país o en un gobierno, en una idea, en una tendencia, el acceso a la información puede que sea cortado. No tendremos la facilidad de acceder gratuitamente a las películas, libros y música que hemos amado”.
Mi roomie, entre risas, comenta que pronto deberemos hacer como en Fahrenheit 451 y memorizarnos los libros para protegerlos de su inminente destrucción. Pero, ¿quién rescatará los videos de YouTube de las tardes que nos íbamos a la orilla del Tamazula a brincar y a tontear, como si nos fuera la vida en ello? ¿A alguien le interesará reconstruir la huella digital de un artista que le gustaba en los dosmildiez, pero de quien ya no se sabe qué pasó con su trayectoria? ¿Alguien rescatará el artículo sobre la muerte de un amigo, de algún portal local de noticias que ya no es actualizado? ¿Alguien se preocupará por los escritos del blog de una joven que falleció en un accidente automovilístico?
¿Y, finalmente, qué pasaría si a alguien se le hiciera muy sencillo tumbar el cenotafio del internet dosmilero para ahorrar memoria en un servidor?

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