Mucha expectativa creó este pasado sábado 28 de febrero que estuvo en Culiacán la presidenta Claudia Sheinbaum y sostuvo una reunión privada con productores del campo, que se llevó a cabo en las instalaciones de la Asociación de Agricultores del Río Culiacán (AARC). El motivo fue escuchar directamente sus demandas y construir un esquema de comercialización que lleve rentabilidad al agricultor, sin alterar el mercado de consumo.

¿Entonces para qué tiene un secretario de Agricultura? ¿No es este su trabajo?

La demanda es un tanto vieja: un precio justo para nuestras cosechas, que ha sido recurrente año tras año. Desde la firma del TLC en 1992 se sabía que México iba a tener muchas áreas de oportunidad de crecimiento económico, pero también un gran perdedor: la producción de granos, ya que Estados Unidos es mucho más competitivo que nosotros por condiciones climáticas, sistema de producción y fuertes subsidios. Sin embargo, creció la producción de maíz en esos años, pasando de 14 a 27 millones de toneladas.

Fuimos capaces de lograrlo por dos factores principales: el primero fue la tecnología y el conocimiento. El segundo factor fue el apoyo o subsidio constante del gobierno federal para compensar las disparidades competitivas que ponen al productor mexicano en desventaja, buscando no afectar al consumidor final.

En la parte tecnológica tuvimos un gran avance: mejores semillas, fertilizantes, productos fitosanitarios, técnicas de riego y cultivo, maquinaria, etc., que nos ayudaron a incrementar los rendimientos por hectárea. Todavía podemos mejorar y hay que continuar buscando alternativas más efectivas, más económicas y menos dañinas al medio ambiente, y sobre todo a nuestros suelos, que son la base de la producción agrícola.

Por la parte de los subsidios y comercialización es donde no hemos avanzado mucho. Incluso hemos retrocedido bastante con la desaparición de ASERCA. Seguimos siendo dependientes del gobierno federal, y este, a su vez, primero promete, luego inventa nuevas reglas y termina ejecutando cuando quiere y como quiere. Esta es una antigua práctica recurrente cada ciclo y cada vez más excluyente, complicada, lenta y opaca.

Casi cada platillo incluye tortilla, tostada, totopo, sope, etc., que son la base de nuestra alimentación y de nuestra identidad cultural. Además de que el precio no lo ponemos nosotros, debido a acuerdos y tratados internacionales.

El precio internacional que maneja la Bolsa de Chicago no es un precio justo. Se basa en especulaciones y en tratos de antemano, generalmente ejecutados por grandes compañías trasnacionales de compraventa y logística, así como brokers que poco o nada tienen que ver con la producción. Es negocio solo para unos cuantos. Tan es así que incluso los productores estadounidenses están pasando una crisis similar a la nuestra y que el consumidor final no termina viendo un beneficio por la baja de precios.

México necesita ser autosuficiente en el alimento básico que consume, por cuestión de seguridad nacional. Además, el tipo de maíz que aquí consumimos es diferente al que se produce y cotiza en el resto del mundo. Nosotros basamos nuestro consumo humano en maíz blanco no transgénico, cuando el que se cotiza y fija el precio a nivel mundial es maíz amarillo transgénico, cuyo principal uso es alimento de ganado, biocombustibles e industria.

Esto es ampliamente reconocido, incluso por el actual gobierno, ya que el año pasado aprobaron una reforma a la ley para prohibir la siembra de transgénicos e incluir y proteger al maíz como símbolo de identidad nacional.

Entonces, ¿dónde está la lógica? Que, por un lado, nos prohíben sembrarlo en México, nos dicen que es nuestra identidad nacional, que el transgénico es malo para la salud y que contamina nuestra diversidad genética, pero por otro lado nos inundan de maíz transgénico subsidiado por Estados Unidos.

¿Cuál es la solución sostenible? Lo ideal es que trabajemos, todos los involucrados, en una solución permanente donde no seamos dependientes, a mediano y largo plazo, de los apoyos y subsidios para mantenernos en la actividad. Potencializar la productividad y eficientar costos. Donde busquemos mercados que aprecien la calidad del grano sinaloense y apliquemos valores agregados a nuestro producto para hacerlo mejor que el resto y salir del commodity.

Que se revise seriamente toda la cadena de producción de la tortilla con la finalidad de encontrar fugas o áreas de oportunidad para hacerla más eficiente, desde los insumos del campo, sistemas de producción efectivos, comercialización, almacenaje, transporte, transformación, nuevos mercados, innovación, etc., hasta el cliente final.

Solo así encontraremos una solución de largo plazo y no estar recurrentemente, año con año, en la misma circunstancia. Así que la pregunta es: ¿Realmente, después de la visita de la presidenta, se construirá un esquema innovador de comercialización que haga frente a los retos del presente, tal cual vienen prometiendo que harán desde hace más de un año? ¿O continuará la política del famoso “atole con el dedo”?

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