Esta semana vi morir una paloma. Intentamos ayudarla dándole agua, pero no lo logramos. Desde entonces no he dejado de pensar en cuántos bebederos hay realmente para las aves en Culiacán.

Cuando hablamos de desarrollo urbano casi siempre pensamos en vialidades, vivienda, comercio, movilidad e iluminación, en hacer más cómoda la vida de las personas, y se nos olvida que una ciudad no deja de ser un ecosistema solo porque hayamos levantado edificios encima de él, cuando antes de nosotros ya había aves, iguanas, murciélagos y una red entera de vida sosteniendo este territorio al que llegamos después.

En esta temporada es común ver iguanas atropelladas mientras intentan cruzar las avenidas, y no es porque sean kamikazes, sino porque las iguanas son reptiles que no generan su propio calor corporal y dependen de fuentes externas para regular su temperatura, así que cuando el asfalto se calienta se convierte en la superficie más atractiva que tienen disponible para asolearse y hacer su digestión, y ahí es donde los autos las alcanzan.

La estación climatológica de la Facultad de Biología de la UAS registró 40 grados en Culiacán a finales de mayo, y para julio el Servicio Meteorológico Nacional ya reportaba ondas de calor con máximas de hasta 45 en buena parte del noroeste del país.

Nosotros podemos entrar a una casa, prender un ventilador o el aire acondicionado si alcanza el presupuesto; ellos no tienen esa opción en ningún momento del día. Y paradójicamente, entre la violencia y el calor extremo, nosotros también hemos ido perdiendo la libertad de habitar la calle: los parques permanecen vacíos buena parte del día y las avenidas dejaron de ser espacios de encuentro para volverse solamente lugares de paso, aunque a nosotros, a diferencia de la fauna que comparte esta ciudad, siempre nos queda la posibilidad de replegarnos a un refugio con sombra.

El modelo urbano que hemos construido durante décadas, pensado casi exclusivamente para la comodidad y el desplazamiento de las personas, no es sustentable ni siquiera para nosotros mismos, porque una ciudad que expulsa a la fauna que regula plagas, poliniza y mantiene el equilibrio del entorno termina, tarde o temprano, generando los mismos costos ambientales que dice querer evitar. Un estudio de indicadores de biodiversidad urbana aplicado a Culiacán lo deja todavía más claro: el 83.53% del suelo público no es permeable, el 98.82% del área analizada no se acerca al mínimo objetivo de proximidad a espacios verdes, y el 98.83% de los tramos de calle tiene arbolado insuficiente.

El IMPLAN de Culiacán dice trabajar en una visión de desarrollo más sostenible. El Programa de Desarrollo Urbano del Centro de Población 2026-2046 reconoce el calor extremo, la pérdida de cobertura vegetal y la vulnerabilidad climática como retos centrales, proponiendo fortalecer la infraestructura verde y crear corredores ecológicos. Pero es difícil no sentir que ya hemos estado aquí antes, porque en 2018, después de la tormenta tropical 19-E, el propio director del instituto reconoció que la ciudad venía siendo advertida sobre la urgencia de atender la deforestación y el exceso de pavimentación, y aun así, seis años más tarde, en 2024, el Consejo Municipal de Ordenamiento Territorial llevaba meses sin ser convocado por la alcaldía mientras planes que por ley debían actualizarse —el de Ordenamiento Metropolitano, el del Centro Histórico, el de Movilidad y Seguridad Vial— seguían atorados en algún cajón. Poco después, la propia consejera suplente del IMPLAN, Erika Pagaza, cuestionaría la superficialidad de varios conceptos del nuevo Plan Municipal de Desarrollo y la falta de comunicación efectiva durante el proceso que le dio origen. Es un patrón que se repite cada pocos años, casi con la misma cadencia con la que regresa el calor: el diagnóstico correcto, la promesa correcta, y después un silencio que dura hasta la siguiente advertencia. La sustentabilidad urbana no se decide en un documento aprobado por cabildo, sino en decisiones mucho más pequeñas y cotidianas, en si un árbol se ve como obstáculo para una banqueta o como refugio climático, en si un camellón se piensa solo como elemento estético o también como corredor para polinizadores, en si un bebedero para aves llega a considerarse infraestructura urbana con el mismo peso que una luminaria, y es justo en esa distancia entre lo que se firma y lo que se construye donde sigue muriendo la fauna que ya no tiene dónde más ir.

La paloma que vi esta semana no murió solamente por el calor, murió en una ciudad que nunca pensó que también tendría que diseñarse para ella.

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