El miedo es una herramienta de manipulación social poderosa, es la mejor forma de controlar a la población, de establecer y legitimar restricciones y, en el caso que ocupa al país actualmente, de disponer sobre el cuidado de la salud de los ciudadanos.

Desde la perspectiva sociológica del biopoder, es notorio cómo la población ha salido en los últimos días a vacunarse contra el sarampión, covid e influenza. No es solo una conducta del autocuidado, un recordatorio de la pandemia de 2020 ó una mayor conciencia social, como algunos entusiastas vaticinan, la raíz es sistémica y refleja, además, al biopoder en acción.

Para el francés Michel Focault, el bipoder es la herramienta con la que un Estado controla y manipula la salud, reproducción, higiene hasta el cuidado corporal de sus ciudadanos, con la legitimación del bien público y utilizando argumentos convincentes como evitar la enfermedad. Bajo este enfoque puede entenderse cómo esa respuesta masiva que ha tenido la vacunación contra el sarampión en los últimos días también obedece a una estrategia masiva de manipulación gubernamental.

De ninguna manera niego que exista una crisis de contagios derivada de una escases de vacunación durante los últimos 8 años. Ciertamente entre la omisión criminal de un gobierno que priorizó otros gastos antes de la inoculación de la población, sumado a la pandemia que nos encerró en casa un par de años y cambió las directrices de la atención a la salud pública, miles de mexicanas y mexicanos, principalmente niños y jóvenes, quedaron con esquemas de vacunación incompletos, y a eso se debe en gran parte el actual brote masivo de sarampión.

Desde herramientas especializadas como las escuelas o los medios masivos de comunicación, los gobiernos ejercen el biopoder sobre las masas, para controlar la vida de las personas y con ello homogeneizar conductas y formas de ver y cuidar la salud personal. En ocasiones, debido a la resistencia natural hacia la autoridad, las y los ciudadanos se rebelan o dudan de la eficacia de las medidas del Estado para cuidar la salud, surgiendo movimientos como los antivacunas, los naturalistas, espiritistas u otros, todos con su propia verdad sobre el cuidado del cuerpo.

Para el Estado, que debe ejercer su autoridad mediante instrumentos específicos y cuando la situación lo apremia, como en el actual brote de sarampión, recurrir al miedo es un potente y ágil catalizador. Lo vimos en la pandemia de 2020, cuando con pocas explicaciones y cientos de dudas las personas fueron encerradas en sus viviendas porque salir era un riesgo de muerte.

De forma paradójica a lo ocurrido en 2020, hay más riesgo de muerte ahora en ciudades como Culiacán, con la violencia desbordada e incontrolable, que durante la pandemia del covid, cuando bastaba un cubrebocas, jafas y mucho gel antibacterial para estar protegidos. Pero en este escenario el gobierno no siembra el miedo, por el contrario, se esfuerza en insertar una narrativa de normalidad, que todo está bien, que salir es seguro, y acusa a los medios de comunicación -esos mismos que usa para sembrar otros miedos– de exacerbar la percepción de la violencia en las calles.

Sin perder el entusiasmo de que la gente está acudiendo masivamente a vacunarse contra el sarampión, hay que reflexionar sobre las tácticas estatales para “convencer” a la población de hacer largas filas o esperar por más de una hora para ser inoculado. Al igual que en 2009 con la pandemia de la influenza A (H1N1), y 2020, con el Covid-19, los medios de comunicación se están convirtiendo en contadoras de contagios, decesos y zonas de peligro. Bajo la misma lógica todos los días, en todos los espacios informativos, el eco del Estado resuena en la conciencia de cada ciudadano: no vacunarse es peligro de muerte o de enfermedad grave.

No existe un llamado al cuidado personal para que toda la población esté bien, porque en la visión individualista en la que desarrollamos nuestras vidas actualmente exhortar a la empatía pública es un grito al vacío. Es mejor el miedo a la muerte, a la enfermedad, esa que sí es personal y cuya simple alusión es hasta motivo de supersticiones.

La narrativa oficial, repetida sin conciencia crítica por los medios y las escuelas, las principales extensiones del poder hegemónico (según el análisis de Gramsci, otro gran teórico de la sociología), es que hay miles de infectados, cientos de hospitalizados, decenas de muertos y varios millares en riesgo por no contar con el esquema de vacunación completo contra el sarampión. No se habla de la causa, de la omisión que por años desestimó inmunizar a la población, tampoco de la desconfianza de ciertos grupos poblacionales hacia las vacunas; el mensaje es claro: vacuna o enfermedad grave.

De esta forma acudimos masivamente a los centros de vacunación habilitados en distintas ciudades del país, en un intento desesperado del gobierno por contener un brote que, desde la matemática epidemiológica, solo se detendrá si más del 95% de la población se vacuna, para alcanzar la denominada inmunidad de rebaño y regresar a los bajos niveles de contagio que tenía el país hace una década.

Como se mencionó, esa asistencia masiva no es por una mayor conciencia del autocuidado de la salud, de la confianza en las vacunas o en las campañas del gobierno, mucho menos es un sentimiento de empatía hacia el otro, es miedo, puro miedo. El mismo miedo de 2009 con la influenza A (H1N1), el de 2020 con el Covid-19. No es un miedo infundado, porque en ambos casos conocimos claramente el número de víctimas y hasta los daños colaterales, y también acudimos masivamente, desesperados, a buscar la vacuna que salvara nuestras vidas; pero sí es un miedo sembrado para “convencernos” de abarrotar los centros de vacunación y pedir al Estado que por favor nos cuide de ese monstruo que él mismo creó.

Desde la perspectiva del biopoder, que también establece que mediante el control de la corporalidad y la salud de los individuos se garantiza una inserción tranquila a la sociedad, una persona inmunizada contra el sarampión en los últimos días no solo podrá dormir tranquilo porque el monstruo se ha ido de su círculo, es un individuo que para el Estado se integra a una directriz de salud, un problema menos, un gasto mayor evitado, un sujeto controlado, alienado, es una demostración de poder.

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