Entró un nuevo equipo a la liga y de repente arrasó con todo. Juegos, campeonatos, jonrones, más carreras, mejor picheo, MVP, récords, todo. Una vil locomotora.

Los otros equipos no supieron cómo reaccionar ante tal fuerza tan devastadora. Argumentaron trampa, protestaron los juegos, hicieron berrinche, patalearon, se gritaron, trataron de ganarles en su juego, pero nada les funcionó. Simplemente fueron vapuleados y entre tal paliza se volvía más difícil distinguir lo legitimo del chanchullo.

Ante tal nivel de derrota, se reunieron los dirigentes de cada uno del resto de los equipos a pensar como poderle ganar al equipo guinda (aclaro que no son mis Tomateros) y se les ocurrió un gran plan. Juntar a todos los equipos de la liga en uno solo para poder hacer un gran equipo. Una gran alianza. Un gran trabuco que les pudiera ganar a los campeones absolutos. Un equipo multricolor.

Pero para conformar este nuevo equipo de ensueño iniciaron con el pie izquierdo. De la forma incorrecta. En lugar de elegir al mejor jugador para cada posición, lo que hicieron fue que se repartieron o rifaron las posiciones del campo, donde a cada equipo les tocaría poner o nombrar al jugador que eligieran. Pusieron reglas internas solamente para satisfacerse a sí mismos.

Y para sorpresa de nadie, sucedió lo contrario a lo deseado. Cada color eligió al más buena onda, al que paga, al bully, y se conformó un nuevo equipo de cuotas que no fluía ni dentro ni fuera del campo. Un Frankensteein, sin identidad propia, nadie entendía de donde eran, ni cuál era su color, ni sus raíces, ni su motivación, ni su historia, ni sus valores. Armaron un lineup con puro octavo bat y un bullpen con puros relevistas. La mayoría veteranos que habían pasado hace años su mejor época.

Cada jugador iba solo a salir en la foto, a buscar la gloria personal, a presumir el uniforme y firmar autógrafos. No se eligió al mejor para jugar cada una de las posiciones y así tener un equipo competitivo, fuerte y hábil. Quedó en el roster el que pagó por su lugar, el hijo del coach o a quien más favores le debía al manejador a que lo eligió.

El resultado fue un total desastre y el equipo guinda no solo volvió a arrasar, sino que además de verse todavía más invencible, con las mieles de la victoria se encargó de poner a su propia gente en la presidencia de la liga, al anotador, a los umpires, al de mantenimiento y hasta a los espectadores.

Ahora la cosa está todavía más complicada. Además de tener un equipo invencible, soberbio y arrogante, el presidente de la liga los favorece acomodándoles las reglas. Los umpires les marcan las jugadas apretadas a su favor. El anotador les pone carreras de más. El de mantenimiento del campo se encarga de que tengan en su dogout todas las amenidades, mientras que el equipo contrario tenga lo peor. Y a los espectadores les regalan el boleto, incluidos una torta y un refresco si van a echarles porras vistiendo los colores de su equipo, hasta mandan camiones a traerlos.

Ante esta situación los coaches de todos los demás equipos se vuelven a reunir y deciden una nueva estrategia: Volver a hacer lo mismo. Solamente que ahora quieren imitar sus trampas. Quieren intentar comprar también al umpire y al anotador, doparse, usar bates arreglados y prohibidos, traer cachirules, lo que sea que estén haciendo los otros con tal de poderles ganar.

La desesperación por dejar de perder y por sentir que toda la liga se les está yendo de las manos los ciega y los motiva a volver a intentar los mismos trucos que no funcionaron una y otra vez esperando resultados distintos.

Pero siguen sin escuchar nuevas ideas, sin dejar entrar a jugadores más jóvenes, renovados y con estilos de juego distintos. Siguen sin ir a entrenar, sin ir al gimnasio, sin alimentarse correctamente, sin tener disciplina, sin probar jugadas nuevas, sin cambiar de posiciones, ni el orden al bat. Sin convencer a sus aficiones. Sin cambiar de mentalidad.

Y no se trata de ser idealista o moralista o santo o iluso. Se trata de pensar en la mejor estrategia para poder tener la mayor posibilidad de ganar. Empezar a construir un equipo con mentalidad ganadora. Un equipo que se conozca y se tenga confianza dentro y fuera del campo. Donde cada uno haya ganado su posición a base de esfuerzo, disciplina, resultados, capacidades y habilidades. Un entorno donde se respeten las reglas y se cumplan. Un equipo donde el corazón y el alma sea el mismo grupo y no la estrellita. Donde cada uno haga lo que le corresponda y juegue el papel que le corresponda. Que tengan mentalidad y espíritu ganador. Pero no solo por positivismo, sino porque es posible ya que han entrenado para ello.

No siempre entra el mejor lanzador, ni el más famoso. A veces entra el que tiene la mayor capacidad de sacar un out en específico. El que tenga mejores condiciones para ganar una batalla puntual.

Espóiler!! No estoy hablando de beisbol. ¿Y si no empezamos ahora, entonces cuándo?

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