Caminamos, una al lado de la otra, hablando de él. Esta vez no compramos flores, sólo una veladora. Él siempre quería que los suyos tuvieran luz; también en la vida lo quiso así. Quería a los suyos sin ataduras, ligeros y libres. Que cada uno hiciera y disfrutara a su manera: «se hace camino al andar». Ella y yo hablábamos de eso, de la libertad que veíamos en él. Libertad. Caminábamos y decíamos que la libertad es engañosa, que vociferamos en su nombre: “lo hago porque quiero y porque soy libre y porque nadie me manda y porque me lo merezco y porque es mi derecho y porque lo puedo y porque lo valgo y porque me da la gana y porque para eso soy libre…” Proclamamos ese derecho universal, hacemos lo que queremos y otra vez nos sentimos igual con toda la libertad y sin ninguna verdad. Entre perdidos y huecos y deseando que alguien nos diga cómo, por dónde y por qué seguir. Nada más arriesgado que ser libres. Ella y yo nos preguntábamos si estuvimos listas para la libertad. Si fuimos capaces de cargar con inconmensurable encargo. Él tenía ese deseo. Nos faltó entender que la libertad cuesta y justo caminamos así sin entender siquiera por dónde buscarla. Él nos dejó ser, sin pedir nada, lo que no dijo es que cargaríamos también con el libre e inacabado deseo. Que podíamos pasar la vida sin entenderlo. Ahora, parece, que medio lo sabemos y aquí vamos caminando y mejor callando, tragándonos algunas verdades. Cada una, cada uno, lo entendió a su manera.

De eso hablábamos ella y yo, cargando la veladora y esquivando a uno que otro perro que salía al camino. Nos ladraban, parecía que nos desconocían. Seguro que eran perros nuevos; los viejos ya se habrían muerto o nosotras ya teníamos tiempo de no andar por el rumbo. Nada más triste que ser un perro viejo de pueblo, pues parece que el tiempo se encarga de quitarles la fiereza y deambular más lentos por las calles de siempre. Eso lo había leído hacía muchos años, y justo eso le decía yo a ella. Ella movió la cabeza, le pareció una tontería. Seguimos andando y nos dimos cuenta de que los animales andaban detrás nuestro; se hacían los despistados, pero bien que nos seguían moviendo la cola. Nos reímos, pues él nunca se entendió precisamente con los perros.

Nos paramos a cortar unas florecitas del monte, eran las que más le gustaban. Entonces, ella recordó el día que la visitó por última vez; quizá él ya sabía que sería la última, pero ella no. De haberlo sabido, ella le habría ofrecido una copita de coñac, ese que tanto le gustaba. Él acostumbraba a tomarlo de pierna cruzada, sentado en el equipal de cuero… nos había contado que probó el coñac cuando vivió en el norte, cuando se fue de mojado. Nos había contado que conoció a un poeta en un bar y que de la nada éste empezó a decir: «tengo una muñeca vestida de azul, con los ojos rojos y la mirada perdida…», el poeta hablaba y él se imaginó montones de cosas. Nos dijo que ese día vio a la muñeca vestida de azul, hermosa y frágil y no pudo evitar sentir tristeza por el poeta aquel. Ella y yo caminamos más lento y en silencio. De pronto, ella dijo que así era él, que siempre supo ver la belleza aún en las tierras áridas, yo asentí con la cabeza: sí, así era él, un ser feliz… De eso hablábamos ella y yo esa mañana cuando caminábamos por ese camino que él anduvo tantas veces y que un día ya no lo anduvo más. Hablábamos de lo desamparadas que quedamos pese a su forma infinita de alegría. Llegamos. Don Nacho abrió la puerta del panteón. Entramos y los perros, hicieron bien, se siguieron de largo. Nosotras ahí, adentro, encendimos la veladora y, viendo la luz, no volvimos a hablar más.

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